Rosalía: obsesión creativa, raíces flamencas y un cerebro en llamas
Rosalía estudió 8 años de flamenco clásico y luego reinventó el género entero. Su trayectoria huele a hiperfoco creativo puro.
Una chica de diecisiete años se matricula en el Taller de Músics de Barcelona para estudiar flamenco clásico. Ocho años. Ocho años de bulerías, soleás, palmas y técnica pura. La clase de formación que la mayoría abandona a los seis meses porque es lenta, repetitiva y frustrante.
Ella no la abandona. La devora.
Y luego, con todo ese conocimiento encima, hace algo que nadie esperaba: lo destroza todo. Coge el flamenco clásico, lo mete en una batidora con electrónica, reggaetón, R&B y estética de videoclip cinematográfico, y saca El Mal Querer. Un álbum conceptual basado en una novela occitana del siglo XIII. Porque claro, eso es lo que hace alguien normal con ocho años de flamenco.
Rosalía Vila Tobella no tiene un diagnóstico público de TDAH. Eso queda claro desde el principio. Pero su trayectoria tiene tantos rasgos compatibles que ignorarlos sería hacer trampas.
¿Ocho años de flamenco es disciplina o es hiperfoco?
La respuesta fácil es disciplina. Y no sería incorrecta. Estudiar flamenco clásico durante ocho años requiere constancia, repetición, aguante. Todo lo que supuestamente un cerebro disperso no puede hacer.
Pero hay un matiz que cambia todo. Rosalía no estudiaba flamenco como quien hace una carrera porque toca. Lo estudiaba como quien está poseída. Sus profesores del Taller de Músics han contado que era una alumna voraz. Que absorbía todo. Que preguntaba más que nadie. Que practicaba hasta que los demás se iban y ella seguía ahí.
Eso no es disciplina convencional. Eso es un cerebro que ha encontrado el estímulo adecuado y se ha lanzado de cabeza. Es el mismo patrón que ves en Michael Phelps nadando 80.000 metros a la semana. No es que quieran. Es que no pueden no hacerlo. El cerebro ha decidido que esto es lo suyo y no hay negociación posible.
Y la prueba está en lo que vino después. Porque si fuera disciplina pura, después de ocho años habría seguido haciendo flamenco tradicional. Habría montado un espectáculo clásico, habría girado por los festivales de siempre, habría tenido una carrera respetable dentro del género.
Lo que hizo fue prender fuego al género y construir algo nuevo encima de las cenizas. Eso no es disciplina. Eso es un cerebro que necesita novedad como el oxígeno.
El Mal Querer: cuando un álbum parece un trastorno obsesivo
Vamos a hablar de lo que es El Mal Querer, porque la gente lo reduce a "el disco de Malamente" y eso es como decir que El Quijote es un libro sobre un señor con un caballo.
Rosalía cogió Flamenca, una novela occitana del siglo XIII sobre una mujer atrapada en un matrimonio abusivo. La leyó. La estudió. La diseccionó. Y la convirtió en un álbum conceptual de once canciones donde cada track corresponde a un capítulo de la historia.
Cada canción tiene su propio universo sonoro. Cada videoclip tiene su propia estética visual, cuidada al milímetro. Desde la coreografía hasta el color de las uñas. Nada es accidental. Todo está pensado con una obsesión por el detalle que haría llorar a un cirujano.
Y aquí es donde el patrón se vuelve revelador. Porque ese nivel de detalle no es normal. No lo es para un primer álbum comercial. No lo es para una artista de veinticinco años. No lo es para nadie que no tenga un cerebro que, cuando se engancha a algo, es incapaz de dejarlo a medias.
Es la misma energía que Lady Gaga pone en cada era musical. La reinvención total. La necesidad de que cada proyecto sea un mundo completo. La incapacidad de hacer algo y decir "bueno, ya está bien así". No. Tiene que ser perfecto. Tiene que ser total. Tiene que ser excesivo.
Motomami: el giro que nadie pidió y todo el mundo necesitaba
Si El Mal Querer era flamenco reimaginado con electrónica y concepto literario, Motomami era un meteorito de otro planeta.
Reggaetón. Dembow. Jazz experimental. Bachata. Bulería. Todo en el mismo disco. Todo mezclado con una actitud de "me da igual si esto tiene sentido, mi cerebro lo necesita". Y la estética: motos, casco rosa, futurismo anime, como si alguien hubiera metido a una cantaora flamenca en una película de ciencia ficción japonesa y le hubiera dado las llaves.
El cambio de El Mal Querer a Motomami es tan radical que parece obra de dos artistas diferentes. Y ese patrón de reinvención compulsiva es algo que aparece una y otra vez en cerebros que necesitan novedad para seguir funcionando.
No es capricho. No es estrategia de marketing. Es un cerebro que se aburre de lo que ya ha hecho y necesita territorio nuevo para sentirse vivo. David Bowie hacía exactamente lo mismo. Ziggy Stardust, Aladdin Sane, The Thin White Duke. Cada disco era una persona nueva. Bowie no podía repetirse. Rosalía tampoco puede.
Las colaboraciones como mapa de un cerebro inquieto
Bad Bunny. Travis Scott. Billie Eilish. Pharrell. J Balvin. Ozuna. James Blake. Oneohtrix Point Never.
La lista de colaboraciones de Rosalía parece el historial de Spotify de alguien con TDAH a las tres de la mañana. No hay un patrón lógico. No hay una línea clara. Hay un cerebro saltando de estímulo en estímulo, conectando mundos que nadie había pensado conectar.
Y lo fascinante es que funciona. No son colaboraciones forzadas. Son combinaciones que no deberían funcionar pero que salen redondas porque hay un cerebro detrás que tiene la capacidad de ver conexiones donde otros solo ven incompatibilidad.
Eso es pensamiento divergente en estado puro. La capacidad de coger dos cosas que no tienen nada que ver y encontrar el punto donde se cruzan. Es una de las características más consistentes de los cerebros con TDAH. Y en Rosalía, está a la vista de todos, en cada feat, en cada producción, en cada giro inesperado de su carrera.
La intensidad que se nota desde fuera
Hay algo en las entrevistas de Rosalía que llama la atención. Cuando habla de su música, cambia. La velocidad a la que habla aumenta. Las ideas se atropellan unas con otras. Salta de un tema a otro y vuelve como si su cabeza fuera tres conversaciones simultáneas intentando salir por la misma puerta.
Y luego están los directos. La energía en el escenario. La forma en la que cada actuación parece costarle todo lo que tiene. No es una artista que ahorra energía. Es una artista que lo da todo cada vez, como si no existiera la opción de ir al 60%.
Esa intensidad constante, esa incapacidad de hacer las cosas a medias, es compatible con un cerebro que necesita volumen alto para funcionar. El escenario como regulador emocional. La creación como forma de canalizar una energía que, sin salida, se convierte en caos interno.
No es muy diferente de lo que le pasa a muchos músicos que muestran rasgos de TDAH. El arte no es solo expresión. Es regulación. Es la diferencia entre un cerebro que explota hacia dentro y uno que explota hacia fuera en forma de música.
¿Por qué importa hablar de esto?
No importa porque Rosalía tenga o no tenga TDAH. Eso es asunto suyo y de quien ella decida.
Importa porque su historia rompe el estereotipo del "disperso que no acaba nada". Ocho años de flamenco clásico. Un álbum conceptual basado en una novela del siglo XIII. Videoclips que son cortometrajes. Giras mundiales a los veintitantos. Un Grammy Latino. Y la capacidad de reinventarse por completo sin perder la esencia.
Eso no encaja con la imagen del TDAH que te venden. La del niño que no se está quieto. La del adulto que no puede mantener un trabajo. La de la persona que empieza todo y no termina nada.
Porque a veces, lo que parece desorden desde fuera es un tipo diferente de orden desde dentro. Un orden que no sigue líneas rectas sino espirales. Que no avanza paso a paso sino a saltos. Que no es predecible pero sí es consistente en su intensidad.
Y hay miles de personas ahí fuera que funcionan exactamente así y que nunca se han parado a pensar que su cerebro podría tener un manual de instrucciones diferente. Que la razón por la que no encajan en el modelo estándar no es que estén rotos, sino que están usando un sistema operativo distinto.
Rosalía no lo ha dicho. Pero su forma de crear, de vivir, de existir en el mundo, es un recordatorio de que los cerebros más interesantes rara vez son los más ordenados. Y que a veces, lo que parece caos es simplemente una forma de funcionar que el mundo todavía no ha aprendido a leer.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro va demasiado rápido, que saltas de idea en idea sin poder evitarlo, que tu intensidad asusta a los demás y a ti mismo, quizá sea hora de entender por qué.
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