James Cook vs Cristóbal Colón: dos obsesiones que cambiaron el mapa
Colón insistió 10 años hasta cruzar el Atlántico. Cook completó tres viajes hasta que el tercero lo mató. Mismo patrón, dos océanos.
Cristóbal Colón insistió diez años hasta que le dejaron cruzar el Atlántico. James Cook completó tres viajes al Pacífico hasta que el tercero lo mató. Dos obsesiones. Dos océanos. El mismo patrón.
Y el patrón es el que importa.
Porque cuando miras la historia de la exploración, hay un perfil que se repite una y otra vez. Gente que no puede soltar una idea. Gente que persigue algo con una intensidad que roza lo irracional. Gente que arriesga todo lo que tiene (incluida su propia vida) porque su cerebro ha decidido que esa cosa es lo único que importa en el mundo.
Y sí, estamos hablando de rasgos que hoy asociamos con el TDAH. Especulando, porque nadie les hizo un test en el siglo XV ni en el XVIII. Pero el patrón está ahí, y merece la pena mirarlo de cerca.
¿Qué tenían en común Colón y Cook?
A primera vista, casi nada.
Colón era un genovés autodidacta que se pasó una década llamando a puertas que no se abrían. Le dijeron que no en Portugal. Le dijeron que no en España. Le dijeron que sus cálculos estaban mal (y lo estaban, por cierto). Y él seguía insistiendo. Año tras año. Corte tras corte. Rechazo tras rechazo. Hasta que en 1492 los Reyes Católicos dijeron "vale, tío, vete".
Cook era un británico de origen humilde que empezó como aprendiz en una tienda de comestibles y acabó cartografiando medio Pacífico. Su primer viaje fue un éxito brutal. El segundo fue aún mejor. Y cuando volvió a casa como héroe nacional, con un retiro cómodo asegurado, ¿qué hizo? Pedir un tercer viaje.
El tercer viaje que lo mató.
Dos personas de épocas distintas, países distintos, circunstancias distintas. Pero el mismo motor interno: una obsesión que no se apaga.
La obsesión que no acepta un "no"
Colón y la obsesión con una idea
Cook tenía una obsesión diferente pero igual de imparable: cartografiar lo desconocido. Cada viaje era más ambicioso que el anterior. Primero Tahití y Nueva Zelanda. Luego la Antártida. Después el paso del Noroeste. Siempre más lejos. Siempre más difícil. Siempre un "¿y si hay algo más allá?" que no le dejaba quedarse quieto.
Eso suena a muchas cosas. Pero sobre todo suena a un cerebro que necesita un estímulo cada vez más grande para sentirse activado. El primer viaje fue revolucionario. El segundo, extraordinario. Pero para el tercero ya no bastaba con lo extraordinario. Necesitaba lo imposible.
¿Cómo se relacionaban con la autoridad?
Aquí es donde la cosa se pone interesante.
Colón necesitaba a los reyes. Sin su financiación, no había viaje. Así que aprendió a moverse en la corte, a negociar, a convencer. Pero en cuanto sus pies tocaban un barco, era otra persona. Tomaba decisiones unilaterales. Desobedecía instrucciones. Improvisaba rutas. Su relación con la autoridad era puramente transaccional: la necesitaba para salir del puerto, pero una vez en el mar, solo existía su criterio.
Cook tenía el respaldo de la Royal Society y del Almirantazgo británico. No necesitaba convencer a nadie de que le dejaran explorar. Pero igual que Colón, una vez en el agua, sus órdenes pasaban a ser sugerencias. En el tercer viaje empezó a tomar decisiones que contravenían directamente sus instrucciones. Desviaciones. Rutas imprevistas. Paradas no planificadas.
Ambos compartían algo que cualquiera con rasgos de TDAH reconoce: la incapacidad de seguir un plan cuando tu cerebro ha decidido que hay algo más interesante que hacer. Da igual que el plan lo haya aprobado una reina o la Royal Society. Si la obsesión tira para otro lado, el plan se reescribe sobre la marcha.
¿Qué pasa cuando la obsesión TDAH te lleva más lejos de lo que deberías ir?
Esto es lo que nadie te cuenta de las grandes historias de exploración.
Colón hizo cuatro viajes al Nuevo Mundo. El primero fue glorioso. El segundo, caótico. El tercero, un desastre administrativo. Y el cuarto fue directamente triste. Para el tercer viaje, Colón se había vuelto tiránico. Los colonos bajo su mando se rebelaron. La situación era tan mala que la Corona envió a un juez que literalmente lo encadenó y lo mandó de vuelta a España en un barco. Encadenado.
Cook siguió un arco inquietantemente parecido. En sus dos primeros viajes era conocido por tratar a las tripulaciones nativas con un respeto inusual para la época. Pero en el tercer viaje algo cambió. Empezó a aplicar castigos desproporcionados a sus propios marineros. Se volvió irascible, impredecible. Los que navegaron con él en los tres viajes dijeron que no reconocían al hombre del tercero.
El 14 de febrero de 1779, Cook murió en Hawái en un enfrentamiento con los nativos que probablemente podría haberse evitado si hubiera tomado una decisión menos impulsiva.
Esto es lo que pasa cuando la obsesión no tiene freno. Los exploradores con TDAH que cambiaron el mundo comparten algo más que la audacia: comparten el deterioro. La misma intensidad que los empujó a hacer cosas que nadie había hecho es la que los destruyó cuando dejaron de poder gestionarla.
Y no es una cuestión de fuerza de voluntad. Es un cerebro que no tiene interruptor. Que no sabe decir "ya es suficiente, volvamos a casa".
Dos legados, un mismo patrón
Colón cambió la historia del mundo. No llegó a las Indias (sus cálculos estaban fatal), pero conectó dos continentes que no sabían que existía el otro. Murió convencido de que había llegado a Asia. Nunca lo supo.
Cook cartografió más territorio que ningún explorador de su época. Confirmó que no existía el gran continente austral que los europeos llevaban siglos imaginando. Mapeó islas que ni aparecían en los mapas. Y murió en una playa hawaiana a los cincuenta años.
Ambos cambiaron el mapa del mundo. Literalmente. Y ambos acabaron destruidos por lo mismo que los hizo grandes.
La historia de cómo el TDAH cambió la exploración no es una historia de superpoderes. Es una historia de cerebros que funcionan de una manera particular, y de lo que pasa cuando esa forma de funcionar se canaliza hacia algo enorme. A veces el resultado es revolucionario. A veces es trágico. Y en el caso de Colón y Cook, fue las dos cosas a la vez.
Lo que esto te dice si tu cerebro funciona así
No hace falta cruzar un océano para reconocer el patrón.
Es el proyecto que no puedes soltar aunque todos te digan que lo dejes. Es la idea que te persigue a las tres de la mañana. Es esa cosa que sabes que es irracional pero que tu cerebro ha decidido que es la prioridad número uno del universo.
La diferencia entre Colón y Cook, y tú, es que tú tienes algo que ellos no tenían: la posibilidad de entender por qué tu cerebro hace lo que hace. De ponerle nombre. De aprender a gestionar la intensidad antes de que te lleve demasiado lejos.
Porque la obsesión sin freno es lo que hundió a Colón y mató a Cook. Pero la obsesión comprendida, gestionada, canalizada, es lo que descubre continentes.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro se engancha a una idea y no sabe soltarla, puede que no sea terquedad. Puede que sea la forma en que tu cabeza está cableada. Y entenderlo cambia todo.
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