David Bowie y TDAH: el genio que necesitaba reinventarse para sobrevivir
David Bowie cambió de identidad como quien cambia de camiseta. El mundo lo llamó genio. Un neurólogo lo llamaría otra cosa.
David Bowie fue Ziggy Stardust, el Duque Blanco, el Thin White Duke, un crooner de jazz, un artista electrónico, un actor. Cambió de identidad como quien cambia de camiseta.
El mundo lo llamó genio.
Un neurólogo lo llamaría otra cosa.
Bowie nunca fue diagnosticado de TDAH. Vamos a dejarlo claro desde el principio. Pero si coges la lista de patrones que definen un cerebro con déficit de atención e hiperactividad y la pones al lado de su biografía, la coincidencia es de esas que te hacen levantar la ceja.
Reinvención constante. Incapacidad de quedarse en un solo estilo. Búsqueda obsesiva de novedad. Saltar de disciplina en disciplina como si cada una fuera un juguete nuevo que se queda viejo a los tres meses. Energía creativa que parece no tener fondo. Y una relación con las drogas que huele a búsqueda desesperada de estímulos.
Suena familiar, ¿no?
¿Por qué David Bowie necesitaba reinventarse cada pocos años?
La mayoría de artistas encuentran un estilo que funciona y se quedan ahí. Es lo lógico. Si algo vende, si el público lo quiere, si la crítica lo aplaude, ¿para qué cambiarlo?
Bowie no podía.
Literalmente. No podía quedarse quieto en una identidad.
Ziggy Stardust le dio fama mundial. Llenaba estadios. Los fans se volvían locos. Cualquier artista con dos dedos de frente habría exprimido ese personaje hasta que dejara de funcionar. Bowie lo mató en pleno éxito. En un concierto en el Hammersmith Odeon de Londres, en 1973, anunció que era el último show de Ziggy. Los fans lloraban. La industria no entendía nada.
Y él ya estaba pensando en lo siguiente.
Porque eso es lo que hace un cerebro que necesita novedad. No puede quedarse en la zona cómoda aunque la zona cómoda sea un estadio lleno de gente gritando tu nombre. El estímulo deja de funcionar. Lo que antes te encendía ahora te aburre. Y el aburrimiento, para un cerebro así, no es incomodidad. Es dolor físico.
Así que Bowie hizo lo que haría cualquier cerebro hambriento de dopamina: quemar lo que funcionaba y construir algo nuevo encima de las cenizas.
Ziggy murió. Nació Aladdin Sane. Luego el Thin White Duke. Luego Berlín. Luego el pop ochentero. Luego el drum and bass. Luego el jazz. Cada tres o cuatro años, un Bowie completamente diferente. Como si cambiara de cerebro entero.
No era estrategia de marketing.
Era supervivencia.
¿Genio o cerebro que no puede parar?
Lo que pasa con Bowie es lo mismo que pasa con Picasso. El mundo mira desde fuera y ve genialidad. Ve a un visionario que se adelantaba a su tiempo. Y sí, claro que había talento. Talento brutal. Pero detrás del talento había algo más: un cerebro que no le dejaba quedarse quieto ni aunque quisiera.
Bowie no solo hacía música. Pintaba. Actuaba. Diseñaba moda. Producía a otros artistas. Se metía en tecnología cuando internet era un bebé y creó una de las primeras páginas web de un artista. Fundó su propio sello discográfico. Se inventó los "Bowie Bonds", unos bonos financieros basados en sus royalties que hicieron historia en Wall Street.
¿Quién hace eso?
Alguien cuyo cerebro salta de una cosa a otra con una velocidad que no le deja aburrirse pero tampoco le deja descansar. Alguien que necesita estímulos nuevos como otros necesitan oxígeno. Alguien que empieza un proyecto, lo domina, se aburre, y necesita el siguiente. Ya. Ahora. Sin pausa.
Eso, en el contexto correcto, se llama genio.
En el contexto equivocado, se llama "no puede centrarse en nada".
La parte de Bowie que nadie quiere imitar
Todos quieren ser Ziggy Stardust. Nadie quiere ser el Bowie de los setenta en Los Ángeles.
Porque ese Bowie vivía a base de cocaína, leche y pimientos rojos. Literal. Esa era su dieta. Pesaba cincuenta kilos. Dormía dos horas. Decía que estaba poseído y tenía alucinaciones. Hablaba de magia negra sin ironía. Sus amigos pensaban que no iba a llegar a los treinta.
¿Búsqueda de estímulos? Bowie no buscaba estímulos. Los perseguía con un lanzallamas.
Y eso también encaja. Porque un cerebro que necesita novedad constante, que se aburre del éxito, que no encuentra suficiente dopamina en lo que para cualquiera sería más que suficiente, a veces busca los estímulos en sitios peligrosos. Las drogas. Las relaciones caóticas. Las decisiones que desde fuera parecen autodestructivas pero desde dentro son lo único que hace que el cerebro se calle un rato.
Bowie sobrevivió. Se mudó a Berlín. Dejó las drogas. Hizo la trilogía berlinesa con Brian Eno, que muchos consideran su mejor trabajo. Pero no sobrevivió porque encontrara calma. Sobrevivió porque encontró un estímulo nuevo: una ciudad destruida, un estudio rudimentario, un sonido que nadie había explorado. Su cerebro tenía algo nuevo que masticar.
Siempre necesitaba algo nuevo que masticar.
¿Qué nos enseña la reinvención constante?
Que la necesidad de cambiar no es inestabilidad. Es un cerebro que funciona diferente.
El mundo te dice que encuentres tu camino y te quedes en él. Que seas constante. Que la consistencia es la clave del éxito. Y para muchos cerebros, eso funciona. Pero para otros, la consistencia es una cárcel. No porque sean vagos. No porque sean caprichosos. Sino porque su cerebro está cableado para buscar novedad. Para explorar. Para quemar y reconstruir.
Bowie no era inconsistente. Era radicalmente fiel a la única constante de su cerebro: necesitar algo nuevo.
Y cada vez que el mundo le decía "quédate donde estás, funciona", él giraba en la dirección opuesta. No por rebeldía. Por necesidad.
Si alguna vez te han dicho que no puedes centrarte, que saltas de proyecto en proyecto, que empiezas cosas y no las acabas, que eres incapaz de mantener una línea recta, puede que no sea un defecto. Puede que sea un cerebro que necesita más de lo que le ofrecen.
No está mal para alguien que "no podía centrarse en nada".
Si te identificas con esa necesidad de cambio constante, con esa sensación de que tu cabeza siempre quiere más, puede que merezca la pena entender cómo funciona tu cerebro.
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