Quiero estar presente pero mi cerebro se va: TDAH y presencia
Estás ahí físicamente pero tu cabeza está en otro sitio. Con TDAH, estar presente se convierte en una pelea constante contra tu propio cerebro.
Estás con tu hija en el parque. Físicamente estás ahí. Mentalmente estás en 4 sitios distintos. Y te odias por ello.
Ella te enseña una piedra que ha encontrado. Tú dices "qué bonita" mientras piensas en ese email que no has contestado, en la reunión del jueves, en si has dejado la vitrocerámica encendida, y en una idea que se te acaba de ocurrir para un proyecto que ni siquiera has empezado.
Y lo peor no es que te distraigas.
Lo peor es que lo sabes. Lo ves. Eres consciente de que tu hija te está hablando y tú estás asintiendo en piloto automático. Y eso te revienta por dentro.
¿Por qué no puedo estar presente con TDAH?
Porque tu cerebro no tiene filtro de relevancia.
En un cerebro neurotípico hay un sistema que dice "esto es lo importante ahora, lo demás puede esperar". Una especie de portero de discoteca mental que deja pasar a los VIP y manda a la cola a los demás pensamientos.
En un cerebro con TDAH, ese portero se ha ido a por tabaco y no ha vuelto. Entra todo. A la vez. Sin orden, sin prioridad, sin criterio. La piedra de tu hija compite con el email del trabajo, que compite con la lista de la compra, que compite con un recuerdo de algo que dijiste hace 6 años y que a lo mejor sonó raro.
No es que no te importe estar presente. Es que tu cerebro no te deja quedarte. Quieres estar ahí. Con todas tus fuerzas. Pero tu cabeza ya se ha ido tres veces antes de que termines de pensarlo.
¿Por qué duele tanto?
Porque la gente confunde presencia con intención.
Creen que si no estás presente es porque no quieres. Porque no te interesa. Porque prefieres pensar en tus cosas. Y tú te lo acabas creyendo. "Soy un padre horrible". "Soy una pareja horrible". "No sé querer bien".
Pero no es intención. Es neurología.
Tu cerebro funciona con dopamina. Y la dopamina no entiende de obligaciones morales. No sabe que estar presente con tu hija en el parque es más importante que pensar en el proyecto del viernes. La dopamina va a donde encuentra estímulo. Y a veces, el estímulo no está en la piedra bonita. Está en el pensamiento nuevo que acaba de aparecer sin avisar.
Es lo mismo que pasa cuando tu pareja te habla y tu cerebro se va a otro sitio. No es falta de amor. Es un cerebro que no tiene regulador de atención.
Y lo más jodido es que cuanto más te esfuerzas en estar presente, más energía gastas. Y cuanta más energía gastas, más fácil es que tu cerebro busque una salida. Es como intentar sujetar agua con las manos. Cuanto más aprietas, más se escapa.
¿Se puede hacer algo o estamos sentenciados?
Se puede. Pero no con lo que te dicen por ahí.
"Sé más mindful". "Haz meditación". "Deja el móvil". Sí, claro. Dile a un cerebro que no puede quedarse quieto que se quede quieto. Es como decirle a alguien con miopía que mire mejor.
Lo que funciona es entender cómo trabaja tu cerebro y dejar de pelearte con él.
Tres cosas que a mí me han servido:
Reducir el ruido antes, no durante. Si llego al parque con la cabeza llena de tareas pendientes, voy a estar pensando en tareas pendientes. Así que antes de salir de casa, suelto todo. Lo escribo en una lista. No para hacerlo, sino para que mi cerebro deje de sujetarlo. Es como vaciarle los bolsillos. Si no carga nada, puede estar más aquí.
Darle un ancla al cerebro. No basta con decir "quiero estar presente". Necesitas algo concreto. Fíjate en los detalles. El color de la piedra. Lo que dice tu hija. Cómo huele el parque. Dale a tu cerebro algo específico a lo que agarrarse, porque si no le das tú el estímulo, él se lo busca solo.
Perdonarte cuando fallas. Porque vas a fallar. Va a haber días en los que tu cabeza se vaya y no vuelva. Y lo último que necesitas es añadir culpa encima de la distracción. La culpa no te hace más presente. Te hace más miserable. Y un cerebro miserable se distrae todavía más.
¿Y si nunca consigo estar presente del todo?
Probablemente no lo consigas. No al 100%. No como en las películas, donde el padre mira a su hija a los ojos y todo se detiene y suena una música bonita de fondo.
Tu versión va a ser distinta. Va a ser estar presente 3 minutos, irte, volver. Estar, irte, volver. Y eso está bien. Eso cuenta.
Porque presencia no es perfección. Presencia es volver. Una y otra vez. Aunque te hayas ido. Aunque hayas estado pensando en algo completamente absurdo durante los últimos 40 segundos.
El problema no es irse. El problema es no volver. Y tú vuelves. Cada vez que te das cuenta de que te has ido y eliges volver, eso es presencia. Imperfecta, intermitente, humana. Pero presencia.
Tu hija no necesita que estés al 100% cada segundo. Necesita que vuelvas. Que cuando te pille en otro planeta, vuelvas, la mires y le digas "a ver, enséñame esa piedra otra vez".
Eso vale más que cualquier presencia perfecta de manual.
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