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Disney vs Jobs: dos visionarios que el colegio habría descartado

Disney era el soñador cálido que creaba mundos. Jobs era el perfeccionista frío que los pulía. Dos cerebros imposibles, dos imperios, un sistema que los descartó.

tdahfamosos

El colegio de Walt Disney le dijo que no tenía imaginación.

El primero que despidió a Steve Jobs fue su propia empresa.

Y los dos terminaron construyendo imperios que siguen existiendo décadas después de que ellos murieran. Así que o el sistema se equivocó con los dos, o hay algo en ese tipo de cerebros que el sistema no sabe qué hacer con él.

Yo tengo mi teoría.

¿Qué tienen en común un ratón animado y un iPhone?

A primera vista, nada. Disney hacia magia con lápiz y papel. Jobs hacia magia con circuitos y aluminio. Uno te hacía soñar. El otro te hacia querer su producto aunque no supieras explicar por qué.

Pero debajo de esa diferencia de estilo hay un patrón que se repite.

Walt Disney fue despedido del Kansas City Star porque su editor dijo que "le faltaba imaginación y no tenía ideas originales". En serio. Eso le dijeron al tío que inventó a Mickey Mouse, que creó el primer largometraje animado de la historia y que construyó Disneyland de cero cuando todo el mundo le decía que era una locura absoluta.

Su primera empresa, Laugh-O-Gram Studios, quebró. Se quedó sin dinero. Tuvo que dormir en su oficina. Y siguió.

Steve Jobs fue adoptado. Tuvo dificultades en el colegio. Abandonó Reed College a los seis meses porque no veía el punto de seguir pagando una carrera que no le decía nada. Y cuando por fin construyó Apple hasta convertirla en una empresa real, la junta directiva le echó. Le echaron de la empresa que él mismo había fundado.

Dos fracasos estrepitosos. Dos personas que el sistema escupió. Y dos casos de esa obstinación que, cuando la ves desde fuera, parece locura, pero que por dentro se siente como la única opción posible.

El soñador y el perfeccionista

Aquí es donde Disney y Jobs dejan de parecerse.

Walt Disney era cálido. Carismático. La gente quería trabajar con él. Tenía esa capacidad de contagiar entusiasmo, de hacer que los animadores creyeran que estaban construyendo algo que importaba, que sus dibujos eran más que dibujos. Su obsesión era la fantasía. Crear mundos que no existían. Hacer que lo imposible pareciera real. Puro visionario de la fantasía, como explico con más detalle aquí.

Jobs era lo contrario en forma, aunque no en fondo.

Frío. Exigente. Célebre por sus arranques de rabia cuando algo no estaba a la altura. La gente le tenía respeto mezclado con miedo. Sus cambios bruscos de dirección eran legendarios: podía aprobar un diseño el lunes y tirarlo a la basura el miércoles porque había cambiado de idea. Su obsesión no era crear mundos imaginarios. Era perfeccionar este. Tomar algo que existía, sea un ordenador, un reproductor de música, un teléfono, y hacerlo tan bien que ya no pudieras imaginar la vida sin él.

Disney inventaba la fantasía. Jobs perfeccionaba la realidad.

Y sin embargo, los dos compartían algo que el sistema educativo no sabe qué hacer con ello.

¿Por qué el colegio descarta exactamente a los que luego cambian las cosas?

La obstinación.

Esa convicción irracional de "el mundo está equivocado y yo tengo razón" que, desde fuera, parece arrogancia o terquedad, pero que desde dentro es lo único que te permite seguir cuando todo el mundo te dice que pares.

Disney siguió adelante con Blancanieves cuando la industria entera lo llamó "la locura de Disney". Nadie creía que nadie fuera a pagar para ver un largometraje animado. Él siguió. La película recaudó el equivalente a más de 400 millones de dólares actuales y cambió el cine para siempre.

Jobs volvió a Apple en 1997 cuando la empresa estaba al borde de la quiebra. Noventa días de caja. Eso era lo que le quedaba. Entró, lo reorganizó todo, lanzó el iMac, el iPod, el iPhone y el iPad, y convirtió Apple en la empresa más valiosa del mundo.

Esta clase de obstinación no se enseña en el colegio. De hecho, el colegio la penaliza. El alumno que no acepta la respuesta del profesor. El que sigue haciendo la misma pregunta de formas distintas. El que no puede sentarse y callarse y copiar lo que dice la pizarra.

Ese alumno que molesta. Ese alumno que no encaja.

Ese alumno, muchas veces, tiene un cerebro que funciona diferente. Y ya sabemos lo que el sistema hace con esos cerebros.

La diferencia que nadie ve en el momento

La gente recuerda los éxitos. El castillo de Cenicienta. El "stay hungry, stay foolish" de Jobs. Los logos, los productos, las películas.

Nadie recuerda que Disney tuvo que hacer las animaciones de Blancanieves con dinero prestado. Que en algún momento del proceso no sabía si iba a poder pagar a su equipo al final de la semana.

Nadie recuerda que Jobs, después de que le echaran de Apple, fundó NeXT, fracasó en ventas, y tuvo que vender Pixar para mantenerse a flote. Pixar. El estudio que luego produciría Toy Story.

El hiperfoco obsesivo de Jobs en el diseño, esa capacidad de pasarse semanas pensando en el ángulo exacto de una esquina de un producto, no era un rasgo simpático. Era algo que agotaba a todo el mundo a su alrededor. Y al mismo tiempo, era exactamente lo que hacía que sus productos fueran distintos a todo lo demás.

La obsesión creativa de Disney, esa incapacidad de conformarse con "suficientemente bueno", esa hiperactividad mental que le hacía empezar proyectos nuevos antes de acabar los anteriores, no encajaba en ningún organigrama sensato. Y al mismo tiempo, era lo que le permitió ir de un estudio quebrado a construir uno de los imperios de entretenimiento más grandes de la historia.

Ambas cosas. A la vez. Siempre.

¿Qué tipo de cerebro tienes tú?

Hay gente que se identifica más con Disney. El soñador. El que tiene ideas a las tres de la mañana. El que llena cuadernos de proyectos que nadie más entiende del todo. El que necesita crear, inventar, imaginar. El que cuando está en modo hiperfoco creativo desaparece del mundo durante días.

Y hay gente que se identifica más con Jobs. El perfeccionista. El que no puede dejar algo a medias si sabe que puede mejorarse. El que tiene una visión muy clara de cómo deberían ser las cosas y le resulta físicamente imposible resignarse a que sean de otra manera. El que provoca reacciones fuertes en los demás porque su exigencia no entiende de términos medios.

Ninguno de los dos es "mejor". Son dos formas distintas de tener ese cerebro que no para, ese que el sistema no sabe dónde poner.

Lo que sí tienen en común es esto: los dos encontraron un terreno donde su cerebro era una ventaja y no un problema. Disney en la animación y la fantasía. Jobs en el diseño y la tecnología. Y en ese terreno, lo que antes parecía un defecto se convirtió en su arma más potente.

El colegio les habría descartado a los dos. Y los dos habrían seguido igual.

Porque ese tipo de cerebros no necesita que el sistema los apruebe.

Solo necesita encontrar su terreno.

Si te reconoces en alguno de los dos (o en alguna mezcla rara de ambos), puede que valga la pena entender cómo funciona exactamente tu cabeza.

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