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Los deberes de tus hijos cuando tú también tienes TDAH

Ayudar con los deberes cuando tú también tienes TDAH es ayudar con algo que a ti también te cuesta. Y encima disimularlo.

tdah

Son las cinco de la tarde.

Tu hijo tiene deberes de mates. Fracciones. Le dices que ahora vas. Te sientas. Abres el libro. Y en algún momento entre leer el enunciado y empezar a explicarlo, tu cerebro se ha ido a otro sitio sin avisarte.

No a un sitio en concreto. A varios a la vez.

Tu hijo te mira esperando que termines la frase.

¿Por qué los deberes son tan difíciles cuando tú también tienes TDAH?

No es que no sepas el temario. Eso no es el problema.

El problema es que sentarte a explicar algo durante veinte minutos seguidos requiere exactamente el tipo de atención sostenida que tu cerebro gestiona peor. Mientras hablas, tu cabeza detecta el ruido de la televisión del vecino, recuerda que hay ropa en la lavadora desde ayer, ve el vaso de agua a medio llevar en la esquina de la mesa y se pregunta de dónde ha salido ese vaso.

Y tu hijo se distrae. Claro que se distrae. Tiene nueve años.

Pero tú te distraes más que él.

Eso es lo que nadie te cuenta cuando eres padre o madre con TDAH: que los momentos que más exigen concentración de los dos al mismo tiempo son los más difíciles. No porque no quieras ayudarle. Sino porque los dos estáis intentando mantener el hilo con herramientas que no están diseñadas para esta tarea.

El enunciado que no entiendes

Hay una escena específica que te va a sonar.

Tu hijo te pasa el libro abierto por el ejercicio de lengua. Lees el enunciado. Lo lees bien, te aseguras. Y aun así, cuando terminas, no tienes del todo claro qué te está pidiendo. Algo de analizar una oración. O de separar sujeto y predicado. O de identificar el complemento directo, que en su momento lo supiste pero ahora no estás seguro de si se lo puedes explicar sin meter la pata.

Tu hijo espera.

Tú relees el enunciado por segunda vez con cara de que ya lo tienes controlado.

No lo tienes controlado.

Hay algo que activa la culpa en ese momento de una forma muy concreta: no es solo que no recuerdes la gramática del colegio. Es que se supone que esto lo tienes que saber. Eres el adulto. Él tiene diez años. Y sin embargo estás ahí, repasando mentalmente si el predicado lleva verbo o si es al revés, intentando no transmitir que en realidad estás tan perdido como él.

Disimularlo es agotador

Porque hay un esfuerzo paralelo que nadie ve.

Mientras intentas ayudarle, también estás gestionando que no note que se te ha ido la cabeza dos veces desde que empezasteis. Que no vea que has tardado diez segundos en responder una pregunta sencilla. Que no perciba que tú también tienes que releer el problema dos veces para entenderlo.

Disimular cuesta energía. Y cuando ya llevas un rato haciéndolo, esa energía se acaba.

Ahí es cuando llega la irritación. No con él, técnicamente. Pero sí con la situación. Con el ejercicio. Con la letra pequeña del libro. Con el hecho de que son las cinco de la tarde y tú ya estás en reserva y todavía queda toda la tarde por delante.

La culpa que genera el TDAH en padres es difícil precisamente porque no viene de no querer hacerlo. Viene de intentarlo y que aun así salga mal. Eso es diferente a ser un padre descuidado. Es distinto. Pero en ese momento, con tu hijo mirándote esperando que termines de explicarle las fracciones, la diferencia no te consuela demasiado.

Lo que pasa cuando tu hijo también tiene TDAH

Si encima tienes la sospecha de que tu hijo también funciona diferente, la dinámica cambia de otra manera.

Por un lado, hay algo que se humaniza. Cuando él se distrae con el lápiz que está rodando por la mesa en vez de escucharte, no te cuesta entenderlo. Sabes exactamente qué está pasando en su cabeza. No lo estás juzgando. Lo estás reconociendo.

Pero también es verdad que dos cerebros con TDAH intentando hacer deberes juntos es una negociación constante entre estímulos. Él se distrae. Tú te distraes. Alguien dice algo que a ninguno de los dos le venía a cuento y de repente lleváis tres minutos hablando de otra cosa y el ejercicio sigue sin terminar.

Si el TDAH tiene una base genética importante, y la tiene, no es raro que lo que ves en él te recuerde a cosas que tú también has vivido. Puedes leer sobre eso en el post sobre si el TDAH se hereda, aunque lo que aquí importa no es la ciencia sino lo que sientes cuando lo reconoces en él.

Estrategias que funcionan en la práctica

No hay ninguna que resuelva el problema del todo. Pero hay algunas que ayudan.

La primera es dejar de intentar ser el profesor. Tu papel no es explicarlo perfectamente. Es acompañarle mientras él lo trabaja. Eso cambia mucho la dinámica porque baja la presión de los dos.

La segunda es poner un tiempo límite real. "Veinte minutos y lo que esté, está." Tu cerebro aguanta mucho mejor un sprint corto que una tarde abierta sin final definido. Y el suyo también.

La tercera, y esta es la que más cuesta aceptar, es reconocer cuándo no puedes. Hay tardes en que tú has llegado ya tan al límite de tu capacidad de procesamiento que sentarte a hacer deberes va a acabar mal para los dos. No por falta de amor. Por falta de recursos en ese momento concreto. Si en esa tarda él puede trabajar solo o con otro apoyo, eso no es rendirse. Es ser honesto sobre cómo funciona tu cerebro.

Y si tienes pareja o alguien que pueda repartir esa carga, hablar sin vergüenza de qué partes de la tarde no puedes gestionar tú es mucho más útil que intentar aguantar y que explote.

Lo que sí puedes dar que otros no pueden

Hay algo que un padre o madre con TDAH le puede dar a un hijo que está aprendiendo a gestionar su propio cerebro, y que ningún libro puede enseñar.

La experiencia de verle a él que no siempre puede tampoco.

Que se distrae. Que pierde el hilo. Que a veces el ejercicio tarda el doble porque algo exterior ha ganado la batalla de la atención. Y que aun así sigue. No perfectamente. Pero sigue.

Eso normaliza algo que para un niño con TDAH es muy difícil de procesar: que su cerebro no es un cerebro roto. Es un cerebro diferente. Y que los adultos con ese mismo cerebro también tienen días en que las fracciones se resisten y el enunciado hay que leerlo tres veces.

Un padre que lo disimula todo transmite que hay que disimularlo.

Un padre que en algún momento dice "a mí también se me ha ido la cabeza, vamos a empezar de nuevo" transmite otra cosa completamente distinta.

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Si llevas tiempo preguntándote si lo que describes aquí va más allá de la crianza difícil, el test de TDAH que tengo en la web son 43 preguntas basadas en escalas clínicas. Para adultos. Diez minutos. Entender cómo funciona tu cerebro es el primer paso para dejar de exigirte lo que no te corresponde exigirte.

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