Mi primer alumno facturó más que yo y fue el mejor día de mi carrera
Crees que enseñar online va de vender cursos. Pero el día que alguien aplica lo que le enseñaste y te supera, entiendes que el negocio real es otro.
No fue el primer lanzamiento que te salió bien. Ni la primera vez que facturaste algo decente. El mejor día de tu carrera como emprendedor será cuando alguien a quien ayudaste te escriba diciendo que le va mejor que a ti.
Y en vez de envidia, sentirás alivio.
Porque eso significa que lo que hiciste funciona. No en tu cuenta bancaria. En la de otra persona. Y eso cambia completamente la ecuación.
¿Cuándo deja de tratarse de lo que vendes y empieza a tratarse de lo que provocas?
Hay una fase del emprendimiento online en la que eres "el tío que vende cosas por internet". Así te defines. Así te ves. Haces algo, lo pones a la venta, y si compran, bien. Si no, siguiente.
Tu métrica de éxito es la facturación. Tu métrica de fracaso, también.
Y lo que vendes puede estar bien. La gente repite. Pero tú no tienes ni idea de lo que pasa después de la compra. Alguien le da al botón, ves un +39 euros en el dashboard, y ahí termina tu historia.
Hasta que un día alguien te dice en persona: "Oye, lo que me enseñaste me cambió la forma de trabajar." Y algo hace clic. No el interruptor del TDAH, que ese funciona cuando le da la gana. Un clic distinto. Más profundo.
Esas personas no son líneas de facturación. Son resultados.
Y cuando te das cuenta de eso, ya no puedes volver a mirar tu negocio igual.
¿Importan más las visitas o lo que pasa después?
Hay un momento en el que te obsesionas con los números de entrada. Más visitas. Más tráfico. Más gente. Más. Como si la cantidad fuera lo que importa.
Puedes tener 700.000 visitas y cero ventas. Y la lección obvia es que necesitas un sistema, una lista, un canal propio. Pero la lección de fondo, la que tarda más en calar, es otra.
Las visitas son un input. Las ventas son un output. Pero lo que de verdad importa es lo que pasa después de la venta. Lo que la persona hace con lo que le has dado. El resultado que consigue. El negocio que monta. Los euros que factura seis meses después.
Eso no sale en los analytics.
No hay ningún panel de Google que te diga "oye, esa persona que se apuntó en marzo ha montado un negocio que funciona". Ningún dashboard que mida el impacto real. Lo único que tienes es un mensaje a las tres de la mañana de alguien que no podía esperar al día siguiente para contártelo.
Y ese mensaje vale más que cualquier pico de tráfico.
¿Se puede enseñar algo que tú mismo sigues aprendiendo?
Esta es la pregunta que más frena. El síndrome del impostor del que enseña.
Porque no eres un gurú con todas las respuestas. Eres alguien que emprende con TDAH desde hace años y se ha pegado más hostias que un portero de discoteca en Nochevieja. Has tenido proyectos que fracasaron. Has pasado por burnouts. Has tenido miles de visitas y cero euros.
Y precisamente por eso puedes enseñar.
No porque hayas descubierto el secreto del éxito. Sino porque has cometido todos los errores posibles y sigues aquí. Y cuando alguien aplica lo que le enseñaste y le va mejor que a ti, lo que te está diciendo de verdad es: "Me ahorraste tiempo. Me ahorraste hostias. Lo que tardaste años en aprender, yo lo apliqué en meses porque me lo diste mascado."
Eso es brutal si lo piensas un segundo.
No te está diciendo que seas un genio. Te está diciendo que tus cicatrices sirvieron para algo. Que convertiste tus errores en un atajo para otra persona.
¿Por qué enseñar es el modelo que más escala y menos se entiende?
Hay modelos de negocio que escalan con dinero. Metes más pasta, sacas más rendimiento. El SaaS escala así. El ecommerce también.
Enseñar escala diferente. Escala con impacto.
Alguien aplica lo que aprende, le va bien, y se lo cuenta a tres personas. Esas tres se apuntan. Una de ellas monta algo que funciona, y se lo cuenta a otras tres. No es marketing. Es contagio.
No necesitas un funnel de siete pasos con upsells y cross-sells y todas esas palabras que suenan a autopsia de venta. Necesitas que lo que enseñas funcione. Eso es todo.
Suena simple. Y lo es. Lo complicado es llegar ahí. Porque para que lo que enseñas funcione, primero tiene que haberte funcionado a ti. Y para eso, tienes que haberlo probado. Y roto. Y reconstruido. Y vuelto a romper.
Cuando montas una lista de correo después de entender que las visitas no pagan facturas, no es un movimiento de marketing. Es un cambio de filosofía. Dejas de buscar audiencia y empiezas a buscar personas. Personas con nombre, con problemas reales, con negocios que pueden crecer si alguien les da las herramientas adecuadas.
¿Qué se siente cuando tu alumno te supera?
Se siente raro. Un segundo. Medio segundo. Hay un microsegundo en el que tu cerebro dice "hostia, me ha superado". Y luego se apaga. Porque inmediatamente después llega el orgullo. El auténtico. El que no se puede fingir.
No necesitas que se quede contigo. Necesitas que siga creciendo. Porque eso es lo único que le da sentido a todo esto.
No a las visitas. No a los lanzamientos. No a las cifras bonitas.
Esto: alguien que usa lo que le enseñaste y construye algo mejor de lo que tú tenías cuando empezaste.
Ese es el mejor día de tu carrera. Y probablemente también el mejor modelo de negocio que vas a encontrar: hacer cosas que provoquen que otros hagan cosas mejores.
Tengo 9 directivos en mi empresa. Ninguno cobra nómina. Si emprendes solo y necesitas voces que te digan la verdad a las tres de la mañana, te cuento cómo lo monté.
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