Volver al blog

Sentir demasiado con TDAH: la empatía que te destruye

Con TDAH no solo te distraes: sientes la tristeza ajena como propia, absorbes habitaciones enteras. La empatía sin filtro agota de una forma que no se ve.

tdah

Ves una noticia de un accidente en la televisión y durante el resto del día no puedes quitártela de la cabeza. No conoces a nadie. No tiene que ver contigo. Pero tu cerebro la ha adoptado como si fuera tuya.

Un amigo te cuenta que está pasando una mala racha y cuando cuelgas el teléfono tú también estás mal. Físicamente mal. Como si la racha fuera compartida y no simplemente escuchada.

Entras a una habitación donde hay tensión entre dos personas y lo notas antes de que nadie abra la boca. Lo notas en el pecho. Un peso que no has elegido llevar pero que ya es tuyo.

Eso no es ser muy sensible. Eso es TDAH.

¿Por qué el TDAH hace que sientas todo lo ajeno como propio?

La respuesta corta: porque tu cerebro no tiene filtro emocional.

Ya sé que cuando alguien dice TDAH piensa en el niño que no para quieto, en las llaves perdidas, en abrir el correo y cerrar la pestaña sin leerlo. Y sí, todo eso también. Pero la parte que menos se habla, la que más daño hace en el día a día, es la desregulación emocional con TDAH: ese sistema que en un cerebro neurotípico pone volumen razonable a lo que sientes, y en el tuyo lo pone a tope siempre.

Y resulta que ese mismo sistema que amplifica tus propias emociones también amplifica las ajenas.

Tu cerebro recoge señales emocionales del entorno con una precisión y una intensidad que la mayoría de la gente no tiene. La entonación de una frase. El silencio incómodo entre dos personas. La forma en que alguien dice "estoy bien" cuando claramente no está bien. Lo captas todo. Y no solo lo captas. Lo sientes.

No es intuición mágica. Es un sistema de procesamiento emocional sin amortiguador que trabaja a velocidad máxima.

El problema no es sentir. Es no poder apagar el interruptor.

Sentir empatía no es el problema. El problema es que no hay botón de pausa.

Una persona sin esta particularidad puede sentir pena por una noticia triste, procesarla, y seguir con su día. Su cerebro tiene esa transición incorporada. El tuyo no.

Tu cerebro agarra la emoción ajena, la amplifica como hace con todas las emociones, y no la suelta. La llevas contigo horas. Días a veces. Rumiando sin poder parar, dándole vueltas, preguntándote si podrías haber dicho algo diferente, si hay algo que puedas hacer, si está bien esa persona, si le habrás fallado de alguna forma.

Y mientras tanto tu propia vida está esperando que aparezcas.

Es agotador. No de una forma espectacular. De esa forma sorda y constante que se parece al burnout del masking: no colapsa de golpe, se drena poco a poco hasta que un día te preguntas por qué estás tan cansado si hoy no has hecho nada especialmente difícil.

Lo que has hecho es sentir. Que para tu cerebro es exactamente igual de costoso que hacer.

Absorber ambientes: cuando entras a una habitación y ya es tuya la tensión

Hay algo que poca gente con TDAH nombra pero que casi todos reconocen cuando lo oyen: la capacidad de absorber el estado emocional de un espacio entero.

No hace falta que nadie te cuente nada. Entras a la oficina y sabes que algo ha pasado. Llegas a una cena familiar y en treinta segundos ya has captado quién está molesto con quién. Te sientas en una sala de espera y cuando sales estás más ansioso que cuando llegaste, sin saber muy bien por qué.

Por qué: porque tu cerebro estaba leyendo el ambiente de forma continua, procesando microseñales, y cargando con el peso emocional de todo lo que había en esa habitación.

No lo has elegido. No tienes forma de elegir no hacerlo. Solo puedes darte cuenta de que ha pasado, y entender por qué cuando llegas a casa después de ciertas situaciones sociales necesitas quedarte en silencio un rato largo antes de poder funcionar con normalidad.

No eres antisocial. Estás recargando.

¿Esto tiene algo de bueno?

Sí. Y no quiero ignorarlo.

La misma característica que te destroza cuando absorbes la tristeza ajena también te hace muy bueno en cosas concretas. Notas cuándo alguien no está bien antes de que lo diga. Eres el tipo de persona con quien la gente quiere hablar cuando tiene un problema porque sientes que les escuchas de verdad, porque les escuchas de verdad. Generas confianza sin esfuerzo aparente porque la gente nota que su estado te importa, no como performance sino como algo real.

Eso tiene valor. Mucho.

El problema es que nadie te enseña a gestionarlo. Nadie te dice que esa empatía tiene un coste energético real y que ignorarlo durante años tiene consecuencias. Acumulas la carga emocional ajena encima de la tuya propia, que ya de por sí va al volumen máximo por defecto, y en algún momento el sistema se sobrecarga.

Lo que pasa cuando llevas demasiado tiempo sintiendo todo

El resultado no siempre es un colapso dramático. A veces es más sutil.

Empiezas a evitar ciertas conversaciones no porque no te importe esa persona, sino porque ya sabes lo que te va a costar energéticamente y no tienes reservas. Te desconectas de las noticias no porque seas indiferente, sino porque tu cerebro no distingue entre "información que puedo usar" y "carga emocional que debo absorber" y necesita el descanso. Te vuelves más irritable con las personas de casa, que no han hecho nada, porque son los que están cerca cuando finalmente sueltas lo que has estado cargando todo el día.

Y luego te sientes culpable. Porque eres el que siente demasiado y aun así a veces falla a las personas que tiene cerca. Esa contradicción también es parte del pack.

Si a esto le añades la tendencia del TDAH al aburrimiento existencial, que hace que necesites estímulo constante pero el estímulo emocional ajeno te agote, tienes el bucle completo: buscar conexión, absorber demasiado, necesitar aislamiento, sentirte culpable por aislarte, buscar conexión otra vez.

No es un fallo de carácter. Es un patrón que tiene nombre y tiene explicación.

Qué puedes hacer con esto (sin que suene a consejo de revista)

No voy a decirte que medites quince minutos cada mañana y el problema se resuelve. Sería una mentira simpática.

Lo que sí me ha funcionado a mí y he visto funcionar en otras personas es esto: tratar la empatía como lo que es, una capacidad con un coste energético real, y gestionarla como gestionas cualquier otro recurso limitado.

No es que tengas que dejar de sentir. Es que puedes aprender a poner tiempo entre la señal y la carga. Cuando alguien te cuenta algo pesado, puedes estar presente en ese momento y luego, conscientemente, darte permiso para soltar lo que no es tuyo cuando la conversación termina. No siempre funciona. Pero el simple hecho de nombrarlo, de decirte "esto que estoy sintiendo no es mío, es de esta persona y se lo devuelvo mentalmente", cambia algo.

También ayuda entender que necesitar tiempo de descompresión después de situaciones sociales intensas no es un defecto. Es mantenimiento. Tu sistema necesita procesar lo que ha cargado antes de poder volver a funcionar a pleno rendimiento.

Y ayuda saber que eres así. Que no exageras. Que lo que sientes es real aunque la causa sea ajena. Esa validación, aunque venga de ti mismo, hace una diferencia que no es pequeña.

Si estás reconociendo esto en ti y quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro, el test de TDAH que hice tiene 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No diagnostica, pero en diez minutos te da un mapa bastante claro de lo que está pasando ahí dentro.

Relacionado

Sigue leyendo