¿Tengo TDAH o simplemente soy vago? La pregunta que te atormenta
"Si de verdad quisieras, podrías." Te lo dicen todos. Y tú te lo crees. Pero vagancia y TDAH se parecen por fuera y son demoledores por dentro.
"Si de verdad quisieras, podrías."
Te lo han dicho mil veces. Tu madre, tu jefe, tu pareja, tu profesor de mates en segundo de ESO. Y la peor parte no es que te lo digan. La peor parte es que tú mismo te lo crees.
Porque por fuera se ve igual. El tío que no hace las cosas porque le da pereza y el tío que no las hace porque su cerebro no coopera tienen el mismo resultado: nada hecho. La tarea sin terminar. El proyecto abandonado. La lista de propósitos de año nuevo que muere el 8 de enero.
Pero por dentro es completamente distinto. Y esa diferencia invisible te puede destrozar la vida si nadie te la explica.
¿Cómo saber si es TDAH o simplemente eres vago?
Vamos a lo gordo, sin rodeos.
La vagancia tiene un componente que el TDAH no tiene: la paz.
La persona vaga no hace las cosas y se queda tan ancha. No le importa especialmente. Podría hacerlo, sabe que podría hacerlo, y elige no hacerlo. Se queda en el sofá viendo una serie y está a gusto. No hay culpa, no hay sufrimiento, no hay un monólogo interno de tres horas machacándole por no haber sacado la basura.
La persona con TDAH no hace las cosas y se autodestruye. Quiere hacerlas. De verdad quiere. Está pensando en hacerlas todo el rato. Puede que hasta tenga el documento abierto, la tarea delante, la mochila puesta. Pero hay algo entre ella y la acción. Una barrera invisible que nadie más ve, pero que para ti pesa como un muro de hormigón.
Y mientras no la haces, tu cerebro no descansa. No estás "disfrutando de no hacer nada". Estás sufriendo por no poder hacer algo. Que es justo lo contrario de la vagancia.
¿Por qué nos confundimos?
Porque el resultado visible es el mismo.
Tu jefe ve que no has entregado el informe. Tu compañero de piso ve que no has fregado. Tu pareja ve que llevas tres semanas diciendo que vas a llamar al dentista y no lo has hecho.
Nadie ve lo que pasa dentro. No ven que has pensado en ese informe 47 veces hoy. Que cada vez que te sientas a escribirlo, tu cerebro se va a otra parte como un gato que ve un puntero láser. Que no es que no te importe. Es que tu cerebro funciona con dopamina, no con disciplina, y la tarea del informe genera la misma dopamina que leer la guía telefónica de Albacete.
La vagancia es "no me apetece y no lo hago".
El TDAH es "quiero hacerlo, necesito hacerlo, sé que debería hacerlo, y aun así mi cerebro se niega a cooperar".
Si alguna vez has llorado de frustración porque no conseguías empezar algo que para cualquier otra persona es trivial, eso no es vagancia. Los vagos no lloran por no hacer cosas.
¿Y si llevo toda la vida pensando que soy vago?
Bienvenido al club. Somos muchos.
Yo me pasé 30 años creyendo que era un vago
Y me esforzaba. Vaya si me esforzaba. Me levantaba a las 6. Me hacía listas. Probaba métodos, apps, calendarios, rutinas. Y funcionaban. Tres días. Cuatro con suerte. Luego todo se desmoronaba otra vez y yo volvía al punto de partida, pensando que el problema era que no quería lo suficiente.
Cuando me diagnosticaron TDAH, no sentí alivio inmediato. Sentí rabia. Rabia de pensar en todos los años que me había llamado vago. Todos los años que había asumido que el problema era de carácter, de actitud, de voluntad. Como si pudieras solucionar una miopía esforzándote en ver mejor.
¿Por qué duele tanto confundirlos?
Porque la narrativa del vago te culpa. Y la culpa se acumula.
Cuando crees que eres vago, cada fracaso es culpa tuya. Cada proyecto sin terminar es una prueba más de que no vales. Cada vez que alguien te dice "es que no te lo tomas en serio", se te graba un poco más la idea de que eres defectuoso.
Y empiezas a compensar. A decir que sí a todo. A trabajar el doble. A dormir la mitad. A construir una versión de ti que funcione a base de fuerza bruta, como arrancar un coche empujándolo cuesta arriba todos los días porque nadie te ha dicho que existe el motor de arranque.
Eso no es vagancia. Eso es supervivencia. Y tiene un coste que se paga en ansiedad, en agotamiento, y en esa sensación constante de que estás haciendo trampa porque nadie sabe lo que te cuesta hacer las cosas que para los demás son automáticas.
¿Qué hago con esta información?
No te autodiagnostiques por un artículo de internet. Eso sería como diagnosticarte una enfermedad por los síntomas que has buscado en Google a las 3 de la mañana. Spoiler: según Google, siempre te estás muriendo.
Pero sí puedes hacerte preguntas honestas:
- ¿Quiero hacer las cosas pero no puedo, o no quiero y no las hago?
- ¿Sufro mientras no las hago, o estoy tranquilo?
- ¿Me pasa con todo, o solo con lo que no me motiva? (pista: si puedes pasarte 6 horas seguidas con algo que te interesa pero no puedes dedicar 10 minutos a algo "aburrido", eso tiene nombre).
- ¿Llevo toda la vida así, o es algo reciente?
- ¿Funciono a base de urgencia, presión y último momento?
Si has contestado "sí" a varias de estas, puede que lo que tú llamas vagancia sea un cerebro que funciona diferente. No peor. Diferente. Y entenderlo no te convierte en alguien que busca excusas. Te convierte en alguien que por fin deja de pelearse contra sí mismo sin saber por qué.
Tu cerebro no es vago. Tu cerebro es un motor que necesita un combustible específico. Y nadie te dio el manual.
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