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El embotellamiento con TDAH: 20 minutos que son una vida

El tráfico detenido activa el peor modo del cerebro TDAH: sin movimiento, sin estímulo, sin escape. Y el cortisol que acumulas no lo baja llegar.

tdah

Llevas quince minutos sin moverte.

No quince minutos en los que avanzas despacio. Quince minutos literales sin mover el coche ni medio metro. Delante de ti: un mar de pilotos rojos. Detrás: lo mismo. A los lados: lo mismo. Estás dentro de un tetris que no avanza y tú eres la pieza que no encaja en ningún sitio.

Tu cerebro, mientras tanto, está entrando en pánico.

No porque vayas tarde. No porque hayas hecho algo mal. Sino porque un cerebro con TDAH necesita movimiento, estímulo, acción. Y lo único que hay aquí es el coche de delante que no se mueve, la radio repitiendo las mismas noticias de hace media hora, y un cartel de publicidad de un banco que llevas viendo desde que llegaste.

¿Por qué el embotellamiento es especialmente difícil con TDAH?

Porque no puedes hacer nada.

Eso es lo que lo convierte en una pesadilla neurológica. No es el aburrimiento en sí. Es la combinación de no poder moverte, no poder irte, y tener el cerebro exigiendo estímulo a gritos.

En una cola de Correos, al menos puedes cambiar de peso de pie. Puedes mirar a la gente. Puedes salirte si decides que no merece la pena. Como explico en por qué hacer cola es tan difícil con TDAH, tu cerebro en reposo forzado entra en modo emergencia. Pero en la cola tienes cierto margen de maniobra.

En el embotellamiento, no tienes nada. Estás encajonado en una caja de metal, rodeado de otras cajas de metal, y la única opción es quedarte quieto.

Para un cerebro neurotípico eso es incómodo. Para un cerebro con TDAH es casi insoportable.

La dopamina, que ya de por sí llega de forma irregular, se desploma. No hay novedad. No hay movimiento. No hay ningún estímulo que justifique estar despierto. Y tu cerebro responde a eso como respondería a cualquier amenaza: activando el sistema de alerta.

El resultado: frustración que escala sola, aunque no haya ningún motivo real para estar furioso.

Los veinte minutos que parecen dos horas

Con TDAH, el tiempo no se mide en minutos. Se mide en estímulos.

Cuando no pasa nada, el tiempo se dilata

Llevas ocho minutos parado. Tu cerebro dice que llevas cuarenta. Esa discrepancia no es dramatismo. Es neurología.

Y encima lo sabes. Sabes que son ocho minutos. Sabes que no es para tanto. Sabes que la gente que va delante también está parada y no parece que se les esté cayendo el mundo encima. Y aun así ahí estás, con el pie izquierdo golpeando el suelo, las manos apretando el volante más de lo necesario, mirando el indicador de cambio de carril como si eso fuera a solucionar algo.

El ritual del cambio de carril

Vamos a hablar del cambio de carril.

Porque si tienes TDAH y has estado alguna vez en un embotellamiento de verdad, sabes perfectamente de qué hablo. Llevas dos minutos en el carril izquierdo cuando te parece que el carril derecho avanza más. No hay evidencia objetiva. Es una sensación. Pero la sensación es suficiente. Te cambias al carril derecho.

El carril derecho para.

El carril izquierdo avanza tres metros.

Te vuelves al carril izquierdo.

El carril izquierdo para.

Y así cuarenta y siete veces, en un ritual inútil que no te hace llegar antes pero que le da a tu cerebro la ilusión de que está haciendo algo. Que no estás completamente paralizado. Que tienes algo de control sobre la situación.

No lo tienes. Pero la sensación de acción, aunque sea inútil, es lo único que tu cerebro puede generar en ese momento para no explotar.

Lo mismo pasa con el claxon. Tocar el claxon en un embotellamiento es absurdo. Todo el mundo lo sabe. El tío del coche de delante sabe que hay un embotellamiento. No se ha quedado parado porque le apetece. Tocar el claxon no va a mover el tráfico. No sirve para nada.

Y aun así, lo tocas. Porque tu cerebro necesita liberar la presión de alguna manera. El claxon es el equivalente a dar un puñetazo a la almohada: no soluciona nada, pero en el momento se siente necesario.

La trampa del cortisol

Aquí está el problema real, más allá del mal rato.

Cuando tu cerebro entra en el modo urgencia del embotellamiento, tu cuerpo produce cortisol. La hormona del estrés. Y el cortisol no es gratis. Tiene un coste.

Llegas al trabajo, al médico, donde sea que ibas, veinte minutos tarde. Pero no llegas solo tarde. Llegas con el cortisol disparado. Llegas irritable. Llegas con la cabeza llena de ruido. El cerebro con TDAH ya tiene dificultades para regular las emociones, y encima le añades media hora de estrés acumulado en un espacio cerrado.

La primera reunión del día, la primera conversación, la primera decisión: todas las pagas con intereses. No porque seas mal profesional ni mala persona. Sino porque llegaste con el sistema nervioso al límite y no has tenido tiempo de bajar la activación.

Mientras que el compañero que también llegó tarde, pero que se quedó tranquilo escuchando la radio, llega con la tensión en un nivel normal.

No es justo. Pero es lo que hay.

Lo que puedes hacer (y lo que no)

No te voy a decir que respires hondo y practiques la calma. Eso es como decirle a alguien con vértigo que suba al tejado y piense positivo.

Pero sí hay cosas que marcan la diferencia.

Los auriculares con cable (o el Bluetooth del coche) son tu mejor arma. Un podcast que te enganche, un audiolibro, un programa de radio que te interese de verdad. No música de fondo: algo que requiera un poco de atención. Porque tu cerebro necesita ese estímulo para no volcarse en la situación de fuera. Si le das algo a lo que agarrarse, el embotellamiento pasa a ser el fondo y el podcast pasa a ser el primer plano.

Salir antes. No para llegar antes: para llegar sin margen. El embotellamiento con tiempo de sobra es tolerable. El embotellamiento cuando vas justo de tiempo es insoportable. No porque cambien los minutos atascado: son los mismos. Cambia la presión. Con tiempo de sobra, tu cerebro puede relajarse un poco. Sin tiempo, está en modo pánico doble.

Aceptar que vas a cambiar de carril. Y hacerlo conscientemente una vez, con señal, cuando tengas una razón real. En vez de hacerlo cuarenta veces por reflejo. No es que no lo puedas hacer: es que si te anticipas, reduces el automatismo.

No toques el móvil. Ya sé que lo estás pensando. Ya sé que el embotellamiento parece el momento perfecto para leer ese mensaje que llevas ignorando. Pero conducir con TDAH ya es suficientemente complicado sin añadir una pantalla. Y un atasco no es técnicamente un momento seguro: el tráfico puede moverse de golpe.

Llegas igual de tarde, pero en qué estado llegas

Eso es lo que determina realmente si el embotellamiento fue un desastre o solo un inconveniente.

Si sales del atasco con el sistema nervioso activado, los dientes apretados y la cabeza llena de lo que tenías que decirle al tío del carril contiguo, pagas ese coste durante horas. Y lo pagas tú, pero también lo pagan los que están a tu alrededor.

Si sales del atasco habiendo escuchado cuarenta minutos de algo interesante, llegas tarde pero en condiciones.

El tiempo perdido es el mismo. Lo que no es igual es cómo llegas.

No es un consejo de productividad ni de positivismo barato. Es mecánica. Tu cerebro con TDAH no tiene regulador de cortisol incorporado. Tienes que dárselo tú desde fuera.

El embotellamiento no se puede evitar. Pero la espiral de cortisol, a veces, sí.

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Si los atascos, los semáforos en rojo y los tiempos de espera te afectan más de lo que deberían, puede que tu cerebro funcione diferente. Haz el test de TDAH: 43 preguntas basadas en escalas clínicas, diez minutos, y un punto de partida para entender qué está pasando.

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