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Volver a casa de tus padres con TDAH: el paso atrás que duele

Tenías tu piso, tu rutina, tu vida. Y de pronto estás de vuelta en tu habitación de la infancia. Con TDAH, volver a casa de tus padres duele el doble.

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Tenías tu piso, tu rutina, tu vida. Pero algo falló y ahora estás de vuelta en tu habitación de la infancia, mirando el techo que mirabas con quince años, con el mismo póster medio despegado y una sensación de derrota que no te cabe en el pecho.

Volver a casa de tus padres con TDAH es un golpe al ego que pocos entienden.

Porque no es solo la logística. No es solo meter tus cosas en cajas otra vez. Es la historia que te cuentas sobre ti mismo. La de que no eres capaz. La de que todo el mundo avanza y tú das vueltas en círculos. La de que esto ya lo habías superado.

Y encima, tu madre te pregunta a qué hora vas a cenar.

¿Por qué volver a casa de tus padres con TDAH duele el doble?

Porque para llegar a vivir solo, tú tuviste que pelear el triple.

Alguien sin TDAH se muda. Hace un cambio de domicilio. Se organiza. Punto. Pero tú, para mantener un piso, tuviste que luchar contra tu propio cerebro cada día. Pagar las facturas antes de que se te olvidaran. Acordarte de comprar papel higiénico antes de que se acabara, no después. Mantener una rutina de limpieza cuando tu cabeza no entiende el concepto de "mantenimiento".

Vivir solo con TDAH es como hacer malabares con cuchillos. Parece que lo llevas bien hasta que un día se te cae uno. Y luego otro. Y luego todos.

Que se te acumule la ropa sucia. Que pierdas la noción del dinero. Que no abras el correo en tres meses. Que un día mires a tu alrededor y pienses "¿cómo he llegado hasta aquí?".

Y ahora que estás de vuelta, todo eso se convierte en prueba. Prueba de que no eras capaz. De que no estabas preparado. De que los demás tenían razón cuando decían que eras un desastre.

No es verdad. Pero tu cerebro se lo cree.

La trampa de "antes lo hacías bien"

Aquí viene la parte que más jode.

Cuando vuelves a casa de tus padres, todo el mundo asume que es un retroceso. Tus amigos, tu familia, tú mismo. "Pero si ya vivías solo, ¿qué ha pasado?"

Lo que ha pasado es que mantener una vida adulta funcional con un cerebro que no regula la dopamina es agotador. No es que no puedas. Es que el coste energético de hacerlo es brutal. Y a veces el combustible se acaba.

Puede ser que perdiste el trabajo. O que la convivencia con tu compañero de piso se fue al garete porque dejabas los platos cuatro días seguidos. O que simplemente el dinero no daba. O que tu propia mudanza fue un caos que te desmontó la rutina entera y nunca llegaste a reconstruirla.

Da igual el motivo concreto. Lo que importa es que para ti no es "un bache". Es la confirmación de algo que llevas toda la vida sospechando: que no puedes hacer lo que otros hacen sin esfuerzo.

Spoiler: sí puedes. Pero necesitas entender cómo funciona tu cabeza primero.

Volver a las dinámicas de siempre

Lo peor de volver no es la mudanza. Es volver a ser hijo.

De pronto tienes a alguien comentando a qué hora te levantas. Preguntándote si has comido. Diciéndote que recojas tu cuarto. Y todo eso, que a los quince te parecía pesado, a los veintitantos o treintaytantos te destroza.

Porque tú ya no eres ese chaval. Has vivido solo. Has pagado facturas. Has tenido una vida. Pero el entorno te devuelve a un rol que ya no te queda.

Y si encima tu familia nunca ha entendido tu TDAH, la cosa se complica. Porque vuelven los comentarios de siempre. "Es que si te organizaras mejor..." "Es que si pusieras más ganas..." "Es que tu primo Pablo se fue a vivir solo con veintiuno y ahí sigue."

Tu primo Pablo no tiene un cerebro que decide a las dos de la madrugada que es buen momento para reorganizar el armario en vez de dormir. Pero eso no se dice en la cena familiar.

El peso del diagnóstico tardío (o la falta de él)

Si encima te diagnosticaron tarde, o si aún no tienes diagnóstico, volver a casa tiene una capa extra de dolor.

Porque miras hacia atrás y piensas en todas las veces que intentaste hacer las cosas bien y no pudiste. En todos los trabajos que perdiste, en todas las relaciones que se rompieron, en todas las oportunidades que dejaste pasar porque tu cerebro no cooperaba.

Y ahora estás en el mismo sitio donde empezó todo. Literalmente. En la misma habitación.

Esa culpa del "¿y si me hubieran diagnosticado antes?"

No es nostalgia. Es un recordatorio constante de todo lo que no sabías.

No es un paso atrás. Es una parada técnica.

Mira, voy a ser directo contigo.

Volver a casa de tus padres no significa que hayas fracasado. Significa que necesitabas un sitio donde aterrizar. Y eso es inteligente, no cobarde.

Un piloto que tiene problemas en el aire no sigue volando hasta estrellarse. Aterriza. Revisa. Repara. Y vuelve a despegar.

Tú estás en la fase de revisar. Y eso está bien.

Lo que no está bien es quedarte en el bucle de la culpa. Ni dejar que la vergüenza te paralice. Ni creer que porque estés en tu habitación de la infancia, eres el mismo chaval perdido de entonces.

No lo eres. Ahora tienes algo que antes no tenías: información. Sabes, o estás empezando a saber, cómo funciona tu cerebro. Y eso cambia todo.

Volver a casa no es el final de la historia. Es el capítulo donde el protagonista coge aire antes del siguiente intento.

Y esta vez, con las instrucciones del juego leídas.

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