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Jim Carrey vs Robin Williams: dos cerebros hiperactivos, dos caminos

Uno con el cuerpo, otro con las palabras. Jim Carrey y Robin Williams, dos cerebros que no paraban, dos formas de no poder apagarse.

tdahfamosos

Hay un momento en una entrevista antigua de Robin Williams donde el presentador intenta hacerle una pregunta.

No puede.

Williams le corta. Adopta tres acentos distintos. Hace una referencia a Shakespeare, otra a Star Trek y otra a un partido de béisbol, todo en veinte segundos. El presentador se ríe sin entender del todo qué acaba de pasar. Williams tampoco para.

No podía parar. Literalmente.

¿Qué pasa cuando un cerebro va a 300 por hora?

La respuesta depende de a qué cerebro le preguntes.

Jim Carrey y Robin Williams son dos de las personas más graciosamente intensas que han existido. Dos tipos que, si los pones en una sala, hacen que la sala entera se mueva. Dos cerebros que la ciencia hoy describiría con palabras como "hiperactividad", "impulsividad" y "dificultad para regular el estado de ánimo".

Dos cerebros con TDAH, básicamente.

Pero aquí viene lo interesante: son radicalmente distintos. Lo que los une es la energía. Lo que los separa es el canal por donde esa energía sale.

Carrey la sacaba por el cuerpo.

Williams la sacaba por la boca.

Jim Carrey: el cuerpo como idioma

Si has visto cómo Jim Carrey describe su TDAH, sabes que no lo cuenta como un diagnóstico. Lo cuenta como un rasgo de carácter que tuvo que aprender a manejar. O a usar.

De niño, su padre hacía una cosa que probablemente muchos profesores hubieran considerado una pesadilla pedagógica: le dejaba hacer el payaso en clase. Si Carrey conseguía que sus compañeros se rieran durante los últimos diez minutos, el padre le daba permiso. Como recompensa.

El resultado fue un chaval que aprendió que su energía física descontrolada, esa que no sabía a dónde ir, podía convertirse en algo útil.

Y vaya si lo convirtió.

Carrey no hace comedia con palabras. La hace con el cuerpo entero. Las muecas, las caídas, las transformaciones. En "La máscara" parece que tiene catorce articulaciones de más. En "Ace Ventura" convierte su espalda en un personaje secundario. No actúa. Se lanza.

Del 0 al 100 sin pasar por el 50.

Eso es lo que tiene un cerebro que no conoce el modo intermedio. No puedes estar medio contento, medio enfadado o medio en el personaje. O estás dentro o no estás. Y Carrey aprendió a tirarse dentro de cabeza.

La infancia no fue fácil. Pobreza, el padre perdió el empleo, vivieron en una furgoneta durante un tiempo. La comedia no era un hobby. Era una salida de emergencia. Una forma de que el caos interno tuviera algún sitio a donde ir que no fuera autodestrucción.

La energía de Carrey con el TDAH

Robin Williams: la mente como motor

Williams era diferente.

No es que su cuerpo estuviera quieto, que no lo estaba. Pero lo suyo era verbal. Era la velocidad mental. La capacidad de conectar cosas que no tienen nada que ver y encontrarles la lógica interna. La improvisación como superpoder.

En el set de "El genio del mal" o en los rodajes del primer "Aladdin", cuentan que el equipo técnico tenía que grabar en múltiples cámaras simultáneamente porque Williams improvisaba tan rápido que si te perdías la toma no había forma de repetir exactamente lo mismo. Cada actuación era distinta. Cada vez más material del que se podía usar.

Lo de "no puedo apagarlo" no era metáfora. Era descripción técnica de cómo funcionaba su cerebro.

Y al mismo tiempo, obtuvo el Oscar por "Good Will Hunting". Un papel tranquilo. Sereno. Un terapeuta que escucha más de lo que habla. El contraste más brutal posible con todo lo que Williams era en vida real.

Eso dice algo importante: la hiperactividad verbal no es incapacidad para la profundidad. Es un modo por defecto que se puede modular. Que cuesta un esfuerzo brutal modularlo. Pero que se puede.

¿Por qué los dos acabaron con depresión?

Aquí viene la parte que nadie suele contar cuando habla de famosos con TDAH.

Carrey habló abiertamente de su depresión. Williams la tuvo también, junto con adicciones que empezaron como forma de apagarse un poco. De bajar las revoluciones un momento. De encontrar el interruptor que el cerebro no tenía.

No es casualidad.

Cuando tu cerebro va siempre a toda velocidad, el precio lo paga el sistema nervioso. El colapso después de la actuación. El silencio que duele porque no sabes qué hacer con él. La dificultad para encontrar satisfacción en algo normal cuando tu referencia de normalidad es la intensidad máxima.

El humor era el regulador. La forma de convertir el ruido interno en algo que los demás podían recibir. Pero los reguladores se agotan. Y cuando se agotan, lo que queda debajo no siempre es bonito.

Como dice la neurociencia del cerebro y la dopamina: no es que a estas personas les sobre energía. Es que su cerebro busca constantemente la siguiente descarga de dopamina, y si no la encuentra en el trabajo, la busca en otro sitio. A veces en sitios que hacen daño.

El reverso de la moneda del cerebro que no para.

Dos caminos, un mismo punto de partida

Lo fascinante de Carrey y Williams es que los dos salieron del mismo lugar y llegaron a sitios completamente distintos.

Dos cerebros que no podían estar quietos.

Dos formas de canalizar eso: el cuerpo y las palabras.

Dos legados que nadie que haya tenido TDAH puede ver sin reconocer algo familiar.

Carrey te hace reír porque su físico es un instrumento que toca sin límite. Williams te hace reír porque su mente conecta cosas que a ti te llevaría una semana conectar y él lo hace en tres segundos.

Pero los dos, cuando las cámaras se apagaban, tenían que volver a ser una persona normal en un mundo que funciona a velocidad normal. Y eso, con un cerebro así, no es fácil.

No es fácil con diagnóstico. Y sin él, es todavía más duro.

¿Y tú?

¿Tu intensidad sale más por el cuerpo o por la cabeza?

No digo que seas Jim Carrey ni Robin Williams. Digo que si reconoces esa sensación de ir a mil mientras el mundo funciona a ochenta, o de tener un volumen interno que los demás no escuchan, o de que el humor es tu forma de no explotar, entonces sabes de qué va esto.

No hay un camino único. Hay el tuyo.

Si alguna vez te has preguntado si tu forma de funcionar tiene nombre, este test lleva menos de diez minutos y puede darte contexto real sobre cómo funciona tu cerebro.

Hacer el test de TDAH

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