Leonardo da Vinci: 7.000 páginas de ideas que nunca terminó
7.000 páginas de notas, máquinas voladoras, anatomía humana... y casi nada terminado. El genio más grande de la historia tenía un problema con acabar las cosas.
Siete mil páginas de notas.
Máquinas voladoras. Tanques de guerra. Helicópteros. Paracaídas. Puentes giratorios. Estudios de anatomía humana con un nivel de detalle que los médicos de su época no podían ni soñar.
Y la Mona Lisa tardó 16 años en pintarla.
Dieciséis años. Para un cuadro de 77x53 centímetros. Hay debate sobre si la terminó o simplemente dejó de tocarla. Que no es lo mismo. Y si has tenido alguna vez un proyecto "casi terminado" que lleva meses en el cajón, sabes exactamente a lo que me refiero.
¿Por qué el mayor genio de la historia no podía acabar nada?
Leonardo da Vinci (1452-1519) fue pintor, escultor, arquitecto, músico, matemático, ingeniero, inventor, anatomista, geólogo y botánico. Todo a la vez. No como hobby. Como forma de existir.
Su cerebro no paraba.
En la misma página de notas podía estar dibujando el sistema circulatorio humano y de repente saltar a un diseño de ingeniería hidráulica. Sin transición. Sin nexo lógico visible. Como si alguien hubiera cogido diez enciclopedias, las hubiera metido en una batidora, y el resultado fuera el cuaderno de Leonardo.
Escribía en espejo, de derecha a izquierda. Era zurdo. Dormía en siestas cortas repartidas durante el día, lo que ahora llamamos sueño polifásico. Comía poco (era vegetariano en una época donde eso era casi una excentricidad). Y sus clientes, incluido el mismísimo Papa, se quejaban constantemente de los retrasos.
El Papa. Quejándose de que Leonardo no le entregaba a tiempo.
Imagina tener al representante de Dios en la Tierra mandándote mensajes tipo "Leonardo, ¿para cuándo?" y tú ahí, investigando cómo vuelan los pájaros porque te pareció interesante de camino al taller.
El estudio que lo cambió todo
En 2019, el profesor Marco Catani del King's College de Londres publicó un estudio analizando los registros históricos de Leonardo da Vinci. Sus diarios. Sus cartas. Los testimonios de sus contemporáneos. Las quejas de sus mecenas.
La conclusión: los patrones de comportamiento de Leonardo son "consistentes con TDAH".
Ojo. Nadie dice que Leonardo tuviera TDAH como un hecho. No puedes diagnosticar a alguien que murió hace 500 años. Pero el análisis de expertos sugiere que los rasgos están ahí, escritos en tinta y papel. 7.000 páginas de tinta y papel, para ser exactos.
Procrastinación crónica a pesar de una capacidad intelectual brutal. Incapacidad para terminar proyectos. Saltos constantes de un tema a otro. El zapping mental que cualquiera con TDAH reconoce al instante. Hiperfoco en lo que le interesaba e incapacidad absoluta de forzarse en lo que no.
La Última Cena tardó 3 años. Y hay registros de que se pasaba jornadas enteras mirando el mural sin dar una sola pincelada. Los monjes del convento de Santa María delle Grazie se volvían locos. Leonardo los miraba y seguía pensando.
No era pereza. Era un cerebro que necesitaba procesar a su manera, en su tiempo, con sus propias reglas.
7.000 páginas y casi nada terminado
Esto es lo que me fascina de Leonardo.
No es lo que hizo. Es lo que no hizo.
Porque 7.000 páginas de notas manuscritas son una barbaridad. Pero la proporción entre "ideas que tuvo" y "cosas que terminó" es la de alguien que empieza veinte proyectos con toda la ilusión del mundo y termina dos.
Diseñó máquinas voladoras que no se construyeron hasta siglos después. Empezó esculturas que abandonó. Aceptó encargos que luego no entregaba. Prometía fechas que no cumplía. Sus mecenas le adelantaban dinero y él desaparecía tres meses para investigar la geología de los Alpes.
Si eso no te suena a algo, enhorabuena. Tu cerebro funciona de otra manera.
Pero si has abierto alguna vez una carpeta del ordenador y te has encontrado 14 proyectos empezados y ninguno terminado, bienvenido al club. Leonardo habría sido el presidente.
¿Y si el "defecto" fuera la clave del genio?
Aquí viene la parte interesante.
Sin esa incapacidad para quedarse quieto en un solo tema, Leonardo no habría sido Leonardo. Sus saltos entre disciplinas son exactamente lo que le permitió ver conexiones que nadie más veía. Aplicar principios de la anatomía a la pintura. Usar la observación de corrientes de agua para diseñar máquinas. Cruzar campos como un niño en un buffet libre.
El mismo mecanismo que le impedía terminar la Mona Lisa en un plazo razonable es el que le permitió ser el polímata más grande de la historia.
Eso no significa que el TDAH sea un superpoder. Odio esa narrativa. Significa que un cerebro que funciona diferente puede producir cosas extraordinarias. Y también puede hacerte sentir que abandonas todo lo que empiezas sin razón aparente.
Las dos cosas son reales. Las dos conviven. Y la diferencia entre sufrir una y aprovechar la otra muchas veces está en saber qué te pasa.
El detalle que nadie cuenta
Leonardo no tenía nombre para lo suyo. No había psiquiatras en el Renacimiento. No había diagnósticos. No había medicación. No había nadie que le dijera "oye, a lo mejor tu cerebro funciona con otras reglas y por eso necesitas estructuras diferentes".
Solo tenía talento bruto, una curiosidad que no podía controlar, y un mundo que lo consideraba un genio impredecible.
Tú tienes algo que Leonardo no tuvo: información.
Sabes que existe el TDAH. Sabes que hay formas de entender cómo funciona tu cabeza. Sabes que esa sensación de tener mil ideas y no poder aterrizar ninguna no es un defecto de carácter. Es un patrón. Y los patrones se pueden trabajar.
Leonardo dejó 7.000 páginas de ideas brillantes que nunca terminó. Tú no tienes por qué hacer lo mismo. O al menos, no sin saber por qué.
Si alguna vez te has sentido como Leonardo (menos lo de pintar la Mona Lisa, que eso ya es otro nivel), a lo mejor no es que seas un desastre. A lo mejor tu cerebro tiene su propio manual de instrucciones.
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