Michael Phelps tiene TDAH y 23 medallas de oro
Le diagnosticaron TDAH a los 9 años y le dijeron que nunca se concentraría. Se concentró tanto que se convirtió en el mejor nadador de la historia.
A Michael Phelps le dijeron que nunca sería capaz de concentrarse en nada.
Eso fue a los 9 años. A los 23 tenía más medallas de oro olímpicas que cualquier ser humano en la historia del deporte. Veintitrés. De oro. No de chocolate.
Y el chaval no podía estarse quieto en clase.
¿Qué haces con un niño que no para?
Esa es la pregunta que se hizo Debbie Phelps, su madre, cuando el colegio la llamaba cada dos semanas para decirle que Michael no atendía, que se movía demasiado, que interrumpía, que era imposible.
El diagnóstico llegó pronto: TDAH. Le recetaron Ritalin. Y Michael se la tomaba como cualquier niño de 9 años al que le dicen que tiene que tomarse una pastilla para ser "normal".
Pero Debbie hizo algo que cambió todo. En vez de intentar que Michael encajara en un molde que no era el suyo, le metió en una piscina.
No como castigo. No como terapia ocupacional. Sino porque vio que su hijo tenía una energía que no cabía en un aula de 40 metros cuadrados, pero que a lo mejor sí cabía en una piscina de 50 metros.
Y vaya si cabía.
80.000 metros a la semana (no, no es una errata)
Michael Phelps entrenaba 80.000 metros a la semana. Ochenta mil. Eso son 80 kilómetros en el agua. Cada semana. Durante años.
Para que te hagas una idea: eso es como ir nadando de Madrid a Alcalá de Henares. Todos los lunes. Y luego volver. Y repetir el martes. Y el miércoles. Y así hasta el domingo.
Un cerebro que "no se puede concentrar" pasaba 5-6 horas diarias dentro de una piscina, haciendo largo tras largo, sin parar, sin quejarse, sin aburrirse.
¿No se puede concentrar?
No. Lo que pasa es que su cerebro no se podía concentrar en lo que otros decidían que era importante. Pero cuando encontró algo que le enganchaba, algo que le daba ese estímulo que su cerebro necesitaba, el hiperfoco se activó con una intensidad que la mayoría de la gente no experimenta en toda su vida.
El hiperfoco no es un superpoder. Es una característica del TDAH que funciona como una lupa: donde la pones, quema. El problema es que no siempre la pones donde quieres. Phelps tuvo la suerte de ponerla en la piscina. O más bien, su madre tuvo la visión de acercarle la piscina a la lupa.
Fuera del agua, el caos seguía
Aquí es donde la historia se pone interesante. Porque sería fácil contar solo la parte bonita. Las medallas. Los récords. Los himnos nacionales sonando en Pekín, Londres, Río.
Pero Phelps ha hablado abiertamente de lo que pasaba fuera del agua. Y no era bonito.
Depresión. Ansiedad. Problemas con el alcohol. Momentos en los que no quería salir de casa. Momentos en los que, según sus propias palabras, no quería estar vivo.
El atleta más condecorado de la historia olímpica, con 28 medallas en total (23 de oro), no podía con su propia cabeza fuera de la piscina. Porque el TDAH no se quita cuando ganas una medalla. No se cura con disciplina. No desaparece porque seas bueno en algo.
Sigue ahí. Todos los días. Las cosas que hace el TDAH en adultos no entienden de palmaditas en la espalda ni de récords mundiales.
¿El TDAH le ayudó o le frenó?
Las dos cosas. Y esa es la respuesta que nadie quiere escuchar.
Le ayudó porque su cerebro era capaz de entrar en un estado de concentración extrema dentro del agua. Esa capacidad de hiperfoco, de bloquear todo lo demás y existir solo en el momento presente, metro a metro, brazada a brazada, es algo que muchas personas con TDAH reconocen. Es lo mismo que te pasa cuando llevas tres horas con un videojuego y no te has enterado de que ha anochecido. Solo que Phelps lo hacía compitiendo contra los mejores nadadores del planeta.
Y le frenó porque fuera del agua seguía siendo el mismo niño que no podía estarse quieto. El mismo cerebro que necesitaba estímulo constante. La misma dificultad para gestionar emociones, para mantener rutinas, para no sentirse como un fraude cuando el cronómetro dejaba de correr.
El deporte le dio a su cerebro la dopamina que necesitaba. Pero solo mientras nadaba. El resto del día, tenía que apañárselas como cualquier otro adulto con TDAH. Con la diferencia de que "cualquier otro adulto con TDAH" no tiene cámaras siguiéndole a todas partes.
Lo que Phelps enseña sin querer
Michael Phelps no es un ejemplo de que "el TDAH es un superpoder". Esa frase me parece una trampa. Es como decir que tener miopía es genial porque te obliga a acercarte más a los cuadros en los museos.
Lo que Phelps demuestra es algo más útil: que un cerebro con TDAH no es un cerebro roto. Es un cerebro que funciona con otras reglas. Y que cuando encuentras el contexto adecuado, esas reglas pueden funcionar a tu favor.
Él encontró la piscina. Tú tendrás que encontrar tu equivalente. No tiene que ser el deporte. No tiene que ser algo que salga en la tele. Pero tiene que ser algo que encienda tu cerebro de esa manera que sabes que existe, porque la has sentido, aunque sea a las tres de la mañana montando un proyecto que nadie te ha pedido.
Lo primero es entender cómo funciona tu cabeza. No la de Phelps. La tuya.
He construido un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero te da más claridad en 10 minutos que años de preguntarte si lo que te pasa tiene nombre.
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