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Emprendes por miedo y ni te has dado cuenta

Si mañana no estás, ¿te importaría lo que estás construyendo hoy? El miedo mueve, pero no elige dirección. Hay un filtro mejor.

emprendimiento

Imagina que te mueres mañana. No dentro de cuarenta años. No "algún día". Mañana. Y alguien abre tu portátil, mira tu negocio, tus proyectos, tu bandeja de entrada, y tiene que resumir en una frase qué has hecho con tu vida profesional.

¿Qué diría esa frase?

Porque si te pareces a la mayoría de emprendedores, la frase sería algo como: "Sobrevivió. Pagó facturas. Esquivó desastres." Y ya.

No está mal. Sobrevivir no es fácil. Pero tampoco es un legado.

¿Para qué emprendes si mañana no estás?

Hay dos tipos de motor para emprender. Y la mayoría funciona con el peor de los dos.

El primero es el miedo. Miedo a la ruina. Miedo a acabar en un trabajo que odias. Miedo a volver al punto cero. Miedo a que tu cuenta bancaria te dé un susto un martes por la mañana.

Y funciona. El miedo es un motor brutal. Te levanta de la cama a las seis, te hace trabajar fines de semana, te saca de los agujeros más oscuros. Nadie puede negar que el miedo mueve.

El problema es que solo sabe hacer una cosa: alejarte de lo que no quieres.

No te acerca a nada. Solo te aleja. Es como conducir mirando exclusivamente el retrovisor. Avanzas, sí. Pero no tienes ni idea de hacia dónde.

Y puedes pasarte años así. Corriendo como un hámster en una rueda, sudando, esforzándote, creyendo que avanzas porque el corazón va rápido. Pero la rueda no se mueve. Solo giras tú.

¿Cuándo fue la última vez que paraste a pensarlo?

Nunca. Esa es la respuesta honesta para el 90% de la gente que emprende.

Vas de deadline en deadline. De factura en factura. De "este mes a ver si llego" al siguiente. Y no paras. Porque si paras, el miedo te alcanza. Así que sigues pedaleando. Aunque no sepas hacia dónde.

Hasta que algo te para.

A algunos les para un cuerpo que deja de funcionar. A otros, un susto médico, una separación, o una semana en la que no puedes levantarte de la cama y tu negocio sigue rodando sin ti. Y en ese momento, cuando la inercia se rompe, aparece la pregunta.

Si esto se acaba mañana, ¿estoy orgulloso de lo que he construido?

Y descubres que la respuesta te da rabia.

No tristeza. Rabia.

Porque llevas años moviéndote, construyendo, sacrificando cosas, y resulta que la mayoría de lo que has hecho lo has hecho para no caer. No para llegar a algún sitio. Para no caer.

¿Cuál es la diferencia entre huir y construir?

Parece lo mismo desde fuera. Los dos trabajan mucho. Los dos trasnochando. Los dos con ojeras y el café frío en la mesa. Pero por dentro son personas completamente distintas.

El que huye acepta cualquier proyecto que pague. Cualquier cliente, cualquier oportunidad, cualquier cosa que mantenga la cuenta en verde. No elige. Reacciona. Su criterio es simple: ¿paga facturas? Siguiente.

El que construye se hace una pregunta antes de aceptar algo: si me quitan todo lo demás, ¿seguiría queriendo hacer esto?

No siempre la respuesta es sí. A veces haces cosas prácticas, necesarias, que no te emocionan. Pero las cosas importantes, las que te quitan el sueño y te tienen a las tres de la mañana delante de la pantalla, esas sí pasan el filtro.

Y ese filtro lo cambia todo. Porque cuando construyes algo que te importa de verdad, la calidad es otra. La energía es otra. El resultado es otro. No es que trabajes más, es que trabajas mejor. Porque no estás huyendo de algo sino yendo hacia algo.

¿Qué pasaría si cambiaras el filtro hoy?

No necesitas un susto médico ni una crisis existencial para hacerte la pregunta. Solo necesitas cinco minutos de honestidad brutal contigo mismo.

Cinco minutos. Sin el portátil. Sin el móvil. Sin la lista de tareas pendientes gritándote desde la pantalla.

Siéntate y pregúntate: lo que estoy construyendo hoy, ¿me importaría si supiera que me quedan seis meses?

Si la respuesta es sí, sigue. Lo que tienes entre manos vale la pena y el esfuerzo tiene dirección.

Si la respuesta es no, ya tienes información. No tienes que dejarlo todo mañana. No tienes que mudarte a Bali ni hacerte un retiro espiritual. Solo tienes que empezar a hacer las cosas por la razón correcta.

Porque el miedo como motor no es malo. Te salva. Te mueve. Pero tiene fecha de caducidad. Y cuando se gasta, si no hay nada más, te quedas parado en medio de la autopista preguntándote qué hacías ahí.

El filtro correcto no es "¿esto me aleja de lo que no quiero?" sino "¿esto me acerca a lo que sí quiero?". Suena parecido. No lo es.

Uno te hace construir cualquier cosa que te aleje del abismo. El otro te hace elegir qué construyes. Y para quién.

Y esa elección es la diferencia entre sobrevivir y construir algo que importe.

Cinco minutos de verdad. Sin filtros. Sin el ruido del negocio.

Es lo único que necesitas para saber si estás corriendo hacia algún sitio o solo huyendo de otro.

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