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Más grande no es mejor y nadie te dice cuándo parar de crecer

Más clientes, más productos, más ingresos. ¿Y si escalar tu negocio fuera justo lo que lo está hundiendo? A veces crecer es el problema.

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Más clientes. Más productos. Más ingresos. La santísima trinidad del emprendedor moderno. El mantra que te repiten en cada podcast, cada hilo de Twitter, cada curso de 497 € con un tío en un Lamborghini alquilado.

¿Y si "más" no fuera la respuesta?

A veces el negocio más rentable es el que deja de crecer a tiempo. Pero eso no lo pone nadie en el titular. Porque "dejé de crecer y me fue mejor" no genera clicks. No queda bonito en un reel. No vende masterminds.

¿Cuándo "crecer" se convirtió en la única opción?

No sé en qué momento decidimos colectivamente que un negocio que no crece está muerto. Como si una cafetería de barrio que lleva 30 años abierta, con los mismos clientes, la misma carta y el mismo dueño que se sabe tu nombre, fuera un fracaso porque no ha abierto una segunda sede en el centro comercial.

Hay una obsesión enfermiza con el crecimiento que no tiene ningún sentido si lo piensas dos minutos. Facturar más no significa ganar más. Tener más clientes no significa vivir mejor. Lanzar un producto nuevo cada trimestre no significa que tu negocio sea más sólido. Muchas veces significa lo contrario.

Significa que estás corriendo más rápido en una rueda de hámster más grande. Pero sigue siendo una rueda de hámster.

¿Qué pasa cuando añades complejidad a algo que ya funcionaba?

Pasa lo mismo que cuando metes tres ingredientes de más a una receta que ya estaba buena. La arruinas.

Tenías un servicio que funcionaba. Clientes contentos. Margen decente. Tiempo libre suficiente para no odiar tu vida. Y entonces alguien te dijo que necesitabas "escalar". Que si no escalas, te quedas atrás. Que el mercado no espera a nadie.

Así que añadiste otro servicio. Y luego otro. Y contrataste a alguien para gestionar lo que ya no podías gestionar tú. Y de repente estás facturando el triple, pero ganando lo mismo, durmiendo la mitad y con un nivel de estrés que hace que tu tensión arterial suene como una alarma de incendios cada vez que el médico te la mide.

Felicidades. Has escalado.

Cuando dejé un trabajo que me pagaba bien para ganar menos y trabajar más, no fue para construir un imperio. Fue para construir algo que me dejara vivir. Y esa diferencia parece sutil, pero lo cambia todo.

¿Por qué nadie habla de los números reales?

Porque los números reales no son sexys. Facturar 200.000 € al año suena impresionante hasta que te das cuenta de que entre impuestos, herramientas, colaboradores, publicidad y el café que necesitas para no morir a las 7 de la mañana, te quedan 38.000 € limpios. Que no está mal. Pero tampoco es para salir en Forbes.

Y el que factura 50.000 € en solitario, sin empleados, sin publicidad, con tres clientes fijos y margen del 80%, se lleva a casa más dinero, más tiempo y más cordura. Pero nadie le invita a dar charlas en eventos de emprendimiento. Porque "facturo poco y vivo bien" no llena auditorios.

Las matemáticas no mienten aunque tú quieras. Más facturación con más gastos es correr para quedarte en el mismo sitio. Y encima llegas sin aliento.

¿Cómo sabes que has pasado el punto óptimo?

Hay una señal que nadie te enseña a leer: cuando trabajas más pero disfrutas menos.

No hablo de los días malos que tiene todo el mundo. Hablo de esa sensación constante de que tu negocio ya no es tuyo. De que te has convertido en empleado de tu propia empresa. De que pasas más tiempo apagando fuegos que haciendo lo que te gustaba cuando empezaste.

Si al principio calculaste cada paso con hoja de cálculo en mano, probablemente tenías claro cuánto necesitabas ganar y cuánto estabas dispuesto a currar. Vuelve a ese documento. Compara lo que escribiste entonces con lo que haces ahora. Si el Rubén del pasado viera al Rubén del presente, ¿diría "bien jugado" o "tío, ¿qué estás haciendo?"?

Ese ejercicio duele. Pero el dolor de la verdad siempre es más corto que el dolor de seguir fingiendo.

¿Y si la respuesta fuera hacer menos?

Quitar un producto. Soltar un tipo de cliente. Cancelar ese proyecto que suena bien pero te está chupando la vida. Decir que no a oportunidades que sobre el papel son "geniales" pero en la práctica te roban horas que ya no tienes.

Hacer menos no es rendirse. Es elegir. Y elegir es la parte más difícil del emprendimiento. Porque requiere saber qué quieres. Y la mayoría de la gente no lo sabe. Sabe qué le dicen que debería querer. Que es muy distinto.

Cuando perdí 40 kilos y mi negocio mejoró sin que cambiara nada en el negocio, aprendí algo que suena obvio pero no lo es: a veces la mejora no viene de añadir. Viene de quitar. Lo que sobra en tu vida pesa más que lo que falta en tu negocio.

El negocio perfecto no sale en portadas

El negocio perfecto es aburrido. Es predecible. Es el que factura lo suficiente, deja margen de sobra, te permite vivir sin ansiedad y no necesita que estés disponible 14 horas al día.

No tiene 47 empleados. No tiene oficinas con mesa de ping-pong. No tiene rondas de inversión ni objetivos trimestrales que te hacen sudar a las tres de la madrugada.

Tiene lo justo. Y "lo justo" es la palabra más punk que puedes decir en un mundo que te grita "más" desde todos los altavoces.

Así que la próxima vez que alguien te diga que necesitas escalar, hazle una pregunta: "¿Para qué?"

Si no tiene una respuesta mejor que "porque así se hace", ya tienes tu respuesta.

No la de él. La tuya.

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