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Mi padre tuvo que llamar a mis clientes porque yo no podia

Mi primera empresa se hundia. Los bancos llamaban. Yo no podia ni coger el telefono. Un dia mi padre se sento y dijo: las llamadas las hago yo.

emprendimientotdah

El telefono vibraba encima de la mesa del salon.

Yo estaba sentado en el sofa. Podia verlo. Podia leer el nombre en la pantalla. Sabia quien era, sabia lo que queria y sabia lo que tenia que decirle.

Y no podia cogerlo.

No "no queria". No "me daba pereza". No podia. Fisicamente. Mis manos no se movian. Mi garganta se cerraba. El movil vibraba, vibraba, vibraba, y yo me quedaba ahi, sentado, mirandolo como si fuera una bomba a punto de explotar.

Tenia 22 anos. Una empresa de software que se desangraba. Clientes que esperaban respuestas. Bancos que llamaban todos los dias. Y un cerebro con TDAH que habia decidido que la unica opcion era quedarse congelado.

Mi padre entro en el salon.

No dijo nada. Se sento en la silla de al lado. Miro el movil vibrar en la mesa. Me miro a mi. Y con la tranquilidad de alguien que lleva toda la vida resolviendo cosas sin hacer ruido, cogio el telefono, lo desbloqueo y dijo: "Digame, buenas tardes."

Asi, sin mas.

Sin preguntar. Sin darme un discurso. Sin decirme "venga, que tu puedes" o "tienes que ser fuerte". Cogio el telefono y contesto. Como quien coge una herramienta del cajon y la usa.

Porque mi padre es asi.

¿Que pasa cuando no puedes ni coger el telefono?

Te voy a contar lo que pasa de verdad. No la version bonita.

Cuando tienes TDAH y estas en un momento de mierda absoluta, tu cerebro hace algo que parece contradictorio: se apaga justo cuando mas lo necesitas. Es como un disyuntor electrico. Demasiada carga, demasiada presion, demasiada mierda acumulada, y el sistema salta. Se corta. Te quedas a oscuras.

Yo llevaba meses sin poder ni pagar un cafe. La empresa que habia montado para talleres de mecanizado se moria. Los clientes no pagaban. Los que pagaban tardaban tres meses. Y los que no habian firmado nunca te dejaban en visto con la elegancia de alguien que borra un correo sin abrirlo.

Los bancos si que llamaban. Ellos nunca dejaban en visto.

Habia un patron. Sonaba el telefono. Miraba la pantalla. Me decia "contesta". No contestaba. El telefono dejaba de sonar. Me odiaba a mi mismo durante quince minutos. Volvian a llamar. Y vuelta a empezar.

Un dia hice cuentas. En una semana habia recibido 34 llamadas. Habia contestado a dos. Las dos para decir "te llamo manana". No llame manana.

El motor del miedo que hoy me levanta de la cama cada dia nacio exactamente ahi. En ese sofa. Viendo vibrar un telefono que no podia coger. El miedo a volver a sentir eso es lo que me empuja. No un tablero de suenos. No una frase motivacional. El recuerdo de la paralizacion total.

Un hombre de pocas palabras

Mi padre no es un tio de discursos.

No te va a sentar en la cocina y darte una charla de media hora sobre la vida. No va a enviarte un mensaje largo de WhatsApp con emojis y frases de animo. No es de esos.

Es de los que se levantan a las seis, se toman el cafe, y van a hacer lo que haya que hacer. Sin anunciarlo. Sin comentarlo. Lo hace y ya.

Cuando algo se rompe en casa, no dice "habria que arreglarlo". Lo arregla. Cuando alguien necesita algo, no dice "si necesitas algo dime". Aparece con la cosa en la mano.

Es practico. Concreto. De pocas palabras y muchos hechos.

Y aquella tarde de 2012, en el salon de casa en Zaragoza, lo que habia que hacer era coger el telefono de su hijo de 22 anos y hablar con gente que reclamaba dinero.

Y lo hizo.

Las llamadas

No fue una llamada. Fueron semanas.

Mi padre se sento conmigo cada tarde. Yo le explicaba quien era cada persona, cuanto le debiamos, que habiamos quedado, que esperaban. El apuntaba todo en un trozo de papel. Luego cogia el telefono y llamaba.

Negociaba plazos. Explicaba la situacion. Daba la cara.

Yo le escuchaba desde el otro lado del salon, con el estomago hecho un nudo, intentando no mirarle porque cada vez que le miraba veia a mi padre haciendo algo que yo deberia estar haciendo. Y eso dolia mas que las deudas.

Habia una llamada que recuerdo como si fuera hoy. Era un proveedor al que le debiamos dinero. No mucho. Pero era un tio de un pueblo de Aragon que tenia su propio negocio pequeno y para el, lo que le debiamos era la diferencia entre cuadrar o no cuadrar ese mes.

Mi padre le llamo. Le explico que su hijo tenia una empresa que no iba bien. Que ibamos a pagar. Que necesitabamos un poco mas de tiempo. El otro tio dijo que vale. Que entendia. Que el tambien habia pasado por momentos complicados.

Cuando colgo, mi padre no me miro con pena. No me dio un abrazo. No me dijo "tranquilo, hijo". Se levanto, fue a la cocina y se preparo un cafe.

Y eso fue todo.

Sin drama. Sin moraleja. Sin frase para enmarcar.

Mi padre no necesitaba decirme nada. Lo que acababa de hacer hablaba mas alto que cualquier discurso.

Lo que me jodio de verdad

Lo peor no fueron las deudas. Lo peor no fueron los bancos. Lo peor no fue ver como mi empresa se moria delante de mis ojos.

Lo peor fue la verguenza.

La verguenza de tener 22 anos y que tu padre tenga que llamar a tus clientes por ti. De estar sentado en el sofa mientras el hacia el trabajo que a mi me correspondia. De no poder hacer algo tan basico como descolgar un telefono.

Porque descolgar un telefono es algo que hace cualquiera. Un nino de 10 anos descuelga un telefono. Y yo, con mi empresa, con mi plan de negocio, con mi software para talleres de mecanizado, no podia.

Eso te come por dentro. Te susurra que no sirves. Que eres un fraude. Que has montado un negocio que solo era humo y que la primera vez que ha soplado un poco de viento, te has derrumbado.

Esas voces son la ansiedad. No eres tu. Pero cuando tienes 22 anos y estas en el sofa mientras tu padre negocia tus deudas, las voces suenan identicas a la realidad.

¿Se puede salir de ahi?

Se puede.

Pero no como te cuentan.

No sales del agujero con un momento epifanico donde miras al horizonte y decides que nunca mas. Sales poco a poco. Dia a dia. Con la ayuda de gente que no te pide que se la devuelvas.

Mi padre no me pidio nada. Ni explicaciones, ni promesas, ni un plan de como iba a arreglar las cosas. Hizo las llamadas. Punto.

Y algo se movio dentro de mi.

No fue motivacion. No fue inspiracion. Fue algo mucho mas basico que eso: fue que alguien que no tenia ninguna obligacion de cargar con mis problemas los cargo sin pestanear. Y eso me hizo sentir que la unica respuesta posible era no volver a necesitarlo.

De ahi viene el motor. El miedo que te mueve cuando nada mas funciona. No es el miedo a fracasar. Es el miedo a que alguien a quien quieres tenga que volver a rescatarte.

Las consecuencias fisicas vinieron despues. El burnout, el medico, la cama de la que no podia salir. Pero eso ya es otro capitulo. Lo que necesitas saber es que antes del burnout hubo un salon en Zaragoza, un telefono vibrando y un padre que no necesitaba preguntar para saber lo que habia que hacer.

Lo que aprendi

No aprendi a no tener miedo. El miedo sigue ahi. Cada vez que suena el telefono con un numero que no tengo guardado, hay un segundo, una decima de segundo, en la que mi estomago se encoge. Despues de trece anos. Sigue pasando.

Lo que aprendi es que no pasa nada por no poder. No pasa nada por necesitar ayuda. No pasa nada por tener un dia, una semana, un mes entero en el que no puedes.

Lo que no esta bien es quedarte ahi para siempre. Lo que no esta bien es convertir la paralisis en tu estado natural. Lo que no esta bien es no intentar salir.

Mi padre me dio tiempo. Y con ese tiempo, mi cerebro se reinicio. Tarde. A su ritmo. Pero se reinicio.

Hoy cojo el telefono. No siempre a la primera. No siempre sin ese nudo en el estomago. Pero lo cojo. Y cada vez que lo cojo, una parte de mi recuerda aquel salon y piensa: "Esta vez lo hago yo."

Trece anos despues, sigo emprendiendo. Sigo con TDAH. Sigo con un padre que usa una agenda del Carrefour porque ningun sistema digital le ha ganado jamas.

Y sigo recordando aquella tarde como la mas vergonzosa y la mas importante de mi vida.

Las dos cosas a la vez.

Porque a veces la persona que mas te ayuda no es la que te dice lo que necesitas oir.

Es la que coge el telefono sin decir nada.

Si te ha servido esto, te va a flipar un truco que me enseno mi psicologa. Gratis, sin trampa: El metodo de 2 minutos que salvo mi TDAH.