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¿Tenía Carl Sagan TDAH? El hombre que no podía elegir una sola disciplina

Sagan fue astrofísico, escritor, presentador y activista. Todo a la vez. Esa incapacidad de quedarse en un solo carril tiene nombre.

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Sagan era astrofísico, escritor, presentador de televisión, novelista, activista antinuclear y diseñador del Disco de Oro de la Voyager. Todo a la vez. No uno detrás de otro. Todo al mismo tiempo, saltando de disciplina en disciplina como si el universo entero le pareciera poco para una sola vida.

Esa incapacidad de elegir un solo camino tiene un nombre. Y no es "genio renacentista".

¿Era Carl Sagan un genio renacentista o un cerebro que no sabía elegir?

La versión oficial es bonita. Sagan era un polímata, un hombre del Renacimiento moderno, alguien cuya curiosidad no tenía límites. Y todo eso es cierto. Pero si rascas un poco, el patrón que aparece debajo es el de alguien cuyo cerebro no podía quedarse quieto en una sola cosa.

Piénsalo un momento.

Estamos hablando de un tío que mientras investigaba la atmósfera de Venus estaba escribiendo una novela de ciencia ficción. Que mientras asesoraba a la NASA sobre misiones planetarias se ponía delante de una cámara a grabar Cosmos. Que mientras diseñaba el mensaje que llevarían las sondas Voyager al espacio profundo estaba peleándose con el gobierno estadounidense por las armas nucleares.

Eso no es "curiosidad intelectual". Eso es un cerebro que necesita estímulo constante o se apaga.

Y suena muy parecido a lo que le pasaba a Da Vinci con sus mil proyectos abiertos. Otro que no podía elegir un solo carril y al que la historia decidió llamar "genio" en vez de preguntarse por qué narices no terminaba nada a tiempo.

¿Qué pistas hay de que Sagan tuviera TDAH?

Vamos a dejarlo claro desde el principio: Carl Sagan nunca fue diagnosticado de TDAH. Nació en 1934. En aquella época, el TDAH en adultos no existía como concepto. Ni siquiera en niños estaba bien definido. Así que no hay diagnóstico. Lo que hay es un patrón de comportamiento que encaja como un guante.

La hiperactividad intelectual. Sagan no podía dedicarse a una cosa. Era astrónomo, pero también biólogo planetario. Era científico, pero también comunicador. Era académico, pero también escritor de best-sellers. Y no hacía estas cosas en fases. Las hacía todas a la vez. En paralelo. Como si su cerebro tuviera quince pestañas abiertas y no pudiera cerrar ninguna.

La necesidad de estimulación. Sus colegas de Cornell han contado que Sagan se aburría con facilidad en las reuniones de departamento. Que su mente se iba a otro sitio si la conversación no le resultaba suficientemente estimulante. Que cambiaba de tema con una velocidad que dejaba a la gente sin saber cómo habían pasado de hablar de presupuestos a hablar del origen de la vida en Titán.

La capacidad de hiperfoco. Cuando algo le enganchaba, desaparecía. Se metía en el laboratorio o en su despacho y no salía hasta que había exprimido la idea hasta el fondo. Su mujer, Ann Druyan, ha contado que cuando Sagan estaba inmerso en un proyecto, el resto del mundo dejaba de existir. No comía, no dormía, no atendía llamadas. Solo existía la idea.

Eso no es disciplina. Es hiperfoco. Y cualquiera que tenga TDAH sabe exactamente de qué estoy hablando.

La parte que hizo grande a Sagan (y que la ciencia no le perdonó)

Aquí viene lo interesante. Lo que convirtió a Sagan en Sagan no fue su trabajo científico. Fue bueno, sí. Hizo contribuciones importantes sobre las atmósferas planetarias, sobre la posibilidad de vida extraterrestre, sobre los efectos del invierno nuclear. Pero lo que lo hizo una figura mundial fue Cosmos.

Un programa de televisión.

Y eso, en el mundo académico de los años 70 y 80, era casi una traición. Los científicos serios no salían en la tele. No escribían libros para el público general. No se convertían en celebridades. Eso era cosa de divulgadores, que en aquella época era casi un insulto.

Sagan lo hizo igualmente. No porque fuera un rebelde calculador. Porque no podía evitarlo.

Su cerebro necesitaba comunicar lo que descubría. Necesitaba que la gente entendiera lo que él veía. La ciencia encerrada en papers que solo leían otros científicos no le daba suficiente estimulación. Necesitaba ver caras iluminándose. Necesitaba sentir que su trabajo conectaba con algo más grande que una revista académica con factor de impacto.

Y por eso nunca le dieron el Nobel. Y por eso le rechazaron la entrada en la Academia Nacional de Ciencias. Y por eso muchos de sus colegas lo consideraban un showman, no un científico de verdad.

El mundo académico castigó a Sagan por hacer exactamente lo que su cerebro le pedía hacer.

Suena familiar, ¿no? Es lo mismo que le pasó a Benjamin Franklin, otro cerebro que no podía quedarse en su carril y que la historia tuvo que inventar una categoría nueva para clasificar.

El Disco de Oro y la creatividad impulsiva

En 1977, la NASA lanzó las sondas Voyager. Sagan lideró el comité que diseñó el Disco de Oro que llevan a bordo. Un disco con sonidos, imágenes y música de la Tierra, por si alguna civilización extraterrestre lo encontraba algún día.

Piensa en la magnitud de eso.

Alguien le dijo a Sagan: "Oye, ¿qué pondrías en un mensaje para una civilización alienígena?". Y en vez de hacer un informe técnico y pasárselo a un comité, se obsesionó. Seleccionó 115 imágenes, saludos en 55 idiomas, música de Bach, de Chuck Berry, cantos de ballenas, sonidos de truenos. Y además incluyó las ondas cerebrales de Ann Druyan, de quien se estaba enamorando durante el proyecto.

Metió sus sentimientos literalmente en una nave espacial.

Eso es un cerebro que mezcla lo profesional con lo emocional sin que haya frontera entre las dos cosas. Que no puede separar el proyecto científico de la experiencia humana. Que funciona en modo "todo o nada" porque no conoce el modo intermedio.

Es el mismo patrón que ves en Newton, otro científico cuya vida personal y profesional se mezclaban de formas que sus contemporáneos no entendían.

Lo que Sagan nos enseña sobre los cerebros que no eligen

Sagan murió en 1996, a los 62 años. En esos 62 años escribió más de 600 artículos científicos, más de 20 libros, creó la serie de televisión más vista de la historia de la divulgación, cofundó la Sociedad Planetaria, diseñó un mensaje para extraterrestres y se peleó públicamente con el gobierno por las armas nucleares.

No eligió una cosa. Las eligió todas. Y funcionó. No porque fuera fácil, sino porque su cerebro no le daba otra opción.

Eso es lo que mucha gente no entiende del TDAH. No es que no puedas concentrarte. Es que tu concentración no sigue las reglas que el mundo espera. Va a donde quiere, cuando quiere, con una intensidad que puede ser tu mayor virtud o tu peor enemigo dependiendo del día.

Sagan tuvo la suerte de encontrar un mundo lo suficientemente grande para todos sus intereses. El universo, literalmente. Pero incluso él pagó el precio: el rechazo de sus colegas, la incomprensión del mundo académico, la sensación constante de que nunca hacía suficiente porque siempre podía hacer más.

Si tu cerebro funciona como el de Sagan. Si no puedes elegir un solo carril. Si cada semana tienes un proyecto nuevo y la gente a tu alrededor no entiende por qué no puedes simplemente centrarte en una cosa.

No eres un desastre. Eres un cerebro que necesita más espacio del que el mundo suele ofrecer.

Si alguna vez has sentido que tu cabeza tiene más proyectos que horas y que elegir solo uno te resulta físicamente imposible, puede que no sea falta de enfoque. Puede que sea la forma en que tu cerebro funciona.

Hacer el test de TDAH

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