¿Tenía Benjamin Franklin TDAH? El hombre que no podía hacer solo una cosa
Político, inventor, científico, escritor y diplomático a la vez. Benjamin Franklin era incapaz de dedicarse a una sola cosa. ¿Casualidad o TDAH?
Benjamin Franklin inventó el pararrayos, las gafas bifocales y la armónica de cristal.
También fundó la primera biblioteca pública de Estados Unidos, el primer cuerpo de bomberos organizado y la Universidad de Pensilvania. Fue diplomático en Francia, firmó la Declaración de Independencia, trabajó como impresor, escribió libros, publicó un almanaque durante 25 años y encontró tiempo para hacer chistes malos que la gente todavía cita.
Todo eso en una sola vida.
Si me describieran a alguien así hoy, pensaría que me están describiendo a diez personas distintas. O a una persona con un cerebro que es literalmente incapaz de hacer solo una cosa a la vez.
La pregunta que quiero hacer es obvia. Y como con Mozart o con Da Vinci, no tiene respuesta fácil.
¿Qué sabemos de verdad sobre Franklin?
Vamos a los hechos documentados. No las leyendas, no el marketing histórico de "padre fundador y genio polímata". Lo que dicen sus cartas, sus contemporáneos y sus propios escritos.
Benjamin Franklin nació en Boston en 1706, el decimoquinto de diecisiete hijos. A los 10 años dejó la escuela porque su familia no podía pagarla. Trabajó con su padre haciendo velas y jabones. Lo odiaba. A los 12 empezó a trabajar en la imprenta de su hermano James. Ahí le gustó. Empezó a escribir de forma anónima en el periódico de su hermano haciéndose pasar por una viuda llamada Silence Dogood.
Eso ya dice bastante de quién era.
Lo que más llama la atención de Franklin no es la cantidad de cosas que hizo. Es la velocidad a la que cambiaba de una a otra. Impresor a los 12, dueño de su propia imprenta a los 22, retirado del negocio a los 42 porque quería dedicarse a la ciencia. Luego dejó la ciencia para meterse en política. Luego política para ir de diplomático a Francia. Luego volvió a la política. Luego intentó volver a la ciencia.
No es que fuera de una etapa vital a otra. Es que en cada etapa hacía diez cosas a la vez y las dejaba cuando algo más interesante aparecía en el radar.
¿Los rasgos que encajan con TDAH?
Cuando lees sobre Franklin con los ojos del siglo XXI, la coincidencia es, como mínimo, incómoda.
Multitarea constante e incapacidad de limitarse. Franklin no podía hacer una cosa. Era estructuralmente incapaz. Mientras negociaba con Francia la alianza que cambiaría el resultado de la guerra de independencia americana, también publicaba aforismos en su almanaque, escribía cartas personales por decenas y estaba planeando nuevos experimentos. Sus biógrafos lo describen como alguien que literalmente no podía sentarse a trabajar en una sola cosa. Los cerebros con TDAH hacen eso: necesitan varios frentes abiertos para no apagarse.
Cambio de intereses en ráfagas. Franklin se metía en algo con una intensidad brutal y luego lo dejaba cuando dejaba de estimularle. La imprenta, la electricidad, la diplomacia, la filosofía moral, la música. Sus contemporáneos lo percibían como genialidad. Visto desde hoy, tiene todo el aspecto de un cerebro que necesita novedad constante para mantenerse encendido. Ese patrón de proyectos que empiezan con todo y acaban abandonados es uno de los más reconocibles del TDAH adulto.
Humor e impulsividad. Franklin era conocido por su humor ácido y por decir lo que pensaba en momentos en que callarse habría sido lo inteligente. En 1774, ante el Consejo Privado de la Corona Británica, fue sometido a una humillación pública de más de una hora mientras los miembros del consejo se reían de él. Aguantó sin decir nada. Pero salió de esa sala y escribió que desde ese momento su único objetivo era la independencia americana. La impulsividad no siempre es un arranque. A veces es una decisión que tomas en un segundo y que cambia el resto de tu vida.
Productividad maníaca en ráfagas. Sus periodos de producción eran absurdos. En algunos momentos escribía, experimentaba, negociaba y gestionaba su imprenta al mismo tiempo durante semanas. Luego había periodos donde prácticamente desaparecía. No el ritmo constante de alguien disciplinado. El ritmo caótico de alguien cuyo cerebro decide cuándo está disponible, no al revés.
Pensamiento lateral y conexiones raras. Sus inventos no venían de años de investigación metódica. Venían de observar algo cotidiano y ver una conexión que nadie más veía. La cometa y el pararrayos. Las gafas bifocales porque le fastidiaba cambiarse de gafas para ver de lejos y de cerca. Ese tipo de pensamiento que salta de A a C sin pasar por B es algo que el cerebro con TDAH hace de forma natural.
¿Y los rasgos que no encajan?
Hay que ser honesto aquí. Porque cuando empiezas a buscar TDAH en personajes históricos, el sesgo de confirmación te puede comer vivo.
Primer matiz: Franklin era extraordinariamente organizado en determinadas áreas. Su libro de virtudes, donde intentaba practicar trece virtudes morales de forma sistemática, es casi un sistema de productividad personal. No parece el tipo de cosa que haría alguien con dificultades de planificación y organización. Aunque también es cierto que el propio Franklin admitía que le costaba horrores seguirlo.
Segundo matiz: la época. En el siglo XVIII, hacer muchas cosas a la vez no era una señal de alarma. Era lo que hacía la clase intelectual. Los "polímatas" eran celebrados, no diagnosticados. Franklin era un hombre de su tiempo en ese sentido.
Tercer matiz: el contexto de su infancia. Crecer siendo el décimoquinto de diecisiete hermanos, dejando la escuela con 10 años, aprendiendo a sobrevivir en un entorno donde nadie te iba a dar nada si no lo cogías tú mismo. Esa formación podría explicar algunos de sus rasgos sin necesidad de meter el TDAH en la ecuación.
¿Qué dice la investigación moderna?
Algunos clínicos han puesto el foco en Franklin de forma seria.
El psiquiatra Dale Archer, en su libro sobre TDAH y liderazgo, señala a Franklin como uno de los casos históricos más claros de lo que hoy llamaríamos perfil TDAH funcional. Los argumentos son la multitarea compulsiva, el cambio de intereses, la impulsividad social y la productividad en ráfagas. No como defectos que Franklin superó, sino como el motor que lo hacía funcionar.
Otros investigadores son más cautelosos. El problema de siempre: no puedes hacerle una entrevista clínica a alguien que murió hace 240 años. No puedes aplicarle cuestionarios. Solo tienes cartas, testimonios y el filtro de lo que la historia ha decidido conservar. Y la historia tiende a conservar los éxitos, no los fracasos. Nadie escribe sobre los proyectos de Franklin que no llegaron a ningún sitio.
La conclusión más honesta es la misma de siempre: no podemos saber si Franklin tenía TDAH. Pero el patrón es lo suficientemente consistente como para que la pregunta sea legítima.
¿Por qué nos importa esto hoy?
Porque Franklin es un ejemplo extremo de algo que mucha gente con TDAH en la edad adulta vive de forma menos gloriosa.
El cerebro que no puede limitarse a una cosa. El que salta de proyecto en proyecto y desde fuera parece caótico pero por dentro está siguiendo una lógica propia. El que en un momento dado produce diez veces más que cualquier persona normal, y en otro momento no puede ni arrancar. El que dice lo que piensa cuando debería callarse. El que ve conexiones donde los demás no ven nada.
Franklin tuvo la suerte de vivir en un contexto donde esos rasgos podían expresarse sin que nadie lo llevara a la consulta de un médico a los 8 años. Y tuvo la suerte de que algunos de esos rasgos resultaron ser exactamente lo que necesitaba para hacer lo que hizo.
Muchas personas con el mismo tipo de cerebro no tienen esa suerte. No porque el cerebro sea peor. Sino porque el contexto no les deja brillar de la misma manera.
No digo que Franklin tuviera TDAH. No lo sé. Nadie lo sabe. Lo que digo es que si alguien con ese perfil llegara hoy a la consulta de un psicólogo, probablemente la conversación sería muy interesante.
Y puede que saliera de ahí entendiéndose un poco mejor.
Que es bastante más de lo que tuvo Franklin.
Si te has reconocido en algo de lo que cuenta este artículo y tienes curiosidad por cómo funciona tu propio cerebro, hay un punto de partida.
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