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Lo que Da Vinci nos enseña sobre tener 1.000 proyectos abiertos

Da Vinci tenía cientos de proyectos sin terminar. Si te suena familiar, quizá tu dispersión no sea un fallo sino un método.

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Leonardo da Vinci dejó sin terminar la Adoración de los Magos.

También dejó a medias un tratado de anatomía, una máquina voladora, tres diseños de puentes, un sistema de canales para desviar un río entero y un caballo de bronce de siete metros que nunca se fundió.

Si Da Vinci se hubiera abierto una cuenta en Notion, su tablero de proyectos parecería el escritorio de alguien que ha encadenado doce sesiones de hiperfoco a las tres de la mañana con una vela y un trozo de carbón.

Y sin embargo, ese tío cambió la historia de la humanidad.

¿Era Da Vinci un desastre o un genio?

Las dos cosas. Y eso es lo que lo hace interesante.

Existe un consenso creciente entre historiadores y neurocientíficos que señala que Leonardo da Vinci mostraba rasgos altamente consistentes con el TDAH. Nunca fue diagnosticado, obviamente. No existía el concepto en el siglo XV. Pero las descripciones de quienes le conocieron encajan como un guante.

Vasari, su primer biógrafo, escribió que Leonardo "empezaba muchas cosas y no terminaba ninguna". Que se distraía con facilidad. Que saltaba de un proyecto a otro sin previo aviso. Que su mente iba más rápido que sus manos.

¿Te suena?

Porque a mí me suena a cualquier martes.

La diferencia entre Da Vinci y tú no es el talento. Es que a él nadie le dijo que ser así estaba mal. Nadie le sentó en una silla a los ocho años y le soltó un "si quisieras, podrías". Fue aprendiz en el taller de Verrocchio, donde la curiosidad era combustible, no un problema.

Tú probablemente tuviste otra experiencia.

El mito del proyecto terminado

Hay una narrativa que nos venden desde pequeños: que el valor está en terminar las cosas. Que empezar y no acabar es de vagos. Que la disciplina se mide en tareas completadas.

Y claro, si miras a Da Vinci desde esa lente, era un fracasado. Cientos de páginas de cuadernos llenos de ideas que nunca se materializaron. Inventos que se quedaron en boceto. Cuadros que tardó años en entregar.

Pero aquí viene el giro.

Sus estudios de anatomía, esos que nunca publicó, le permitieron pintar cuerpos humanos con una precisión que nadie había conseguido. Su obsesión con el agua, esa que le llevó a pasar semanas dibujando remolinos, le dio una comprensión de la dinámica de fluidos que los científicos no formalizarían hasta siglos después. Su manía de diseñar máquinas de guerra le enseñó principios de ingeniería que aplicaba a la arquitectura.

La "dispersión" de Da Vinci no era caos. Era pensamiento lateral a lo bestia.

Sus proyectos no estaban desconectados. Estaban interconectados de maneras que nadie más podía ver. Porque cuando tu cerebro funciona saltando de una cosa a otra, a veces aterriza en conexiones que un cerebro lineal jamás haría.

¿Y si tus 47 proyectos abiertos no fueran el problema?

Voy a decirte algo que probablemente necesitas escuchar.

Tus 47 tareas pendientes que te paralizan no son necesariamente una señal de que algo va mal. Pueden ser una señal de que tu cerebro está haciendo lo que mejor sabe hacer: explorar, conectar, saltar.

El problema no es tener muchos proyectos abiertos. El problema es creer que deberías tener solo uno.

Da Vinci nunca habría pintado La Gioconda si solo hubiera pintado. Necesitaba estudiar óptica para entender la luz. Necesitaba estudiar geología para pintar esas montañas del fondo. Necesitaba entender la anatomía del rostro para conseguir esa sonrisa que lleva quinientos años volviendo loca a la gente.

Su obra maestra nació de la dispersión. No a pesar de ella.

Y mira, no te voy a decir que tú eres Da Vinci. Ni que todos tus proyectos abandonados son semillas de genialidad. Algunos son simplemente hobbies que dejaste a medias porque el hiperfoco se fue y la dopamina decidió mudarse a otro barrio. Y eso está bien. Es normal.

Pero entre todos esos proyectos que empezaste y no terminaste, hay hilos. Conexiones. Patrones que solo tú puedes ver si te paras a mirar.

La lección no es "termina todo". Es "conecta los puntos".

Da Vinci no tenía un sistema de productividad. No usaba la técnica Pomodoro. No tenía un tablero Kanban. Tenía un cuaderno y una curiosidad que no cabía en una sola disciplina.

Lo que sí hacía, y esto es lo importante, era dejar rastro. Escribía todo. Dibujaba todo. Cada idea que se le cruzaba por la cabeza acababa en un cuaderno. Y luego, semanas, meses o años después, volvía a esas notas y encontraba conexiones que en su momento no existían.

Eso es algo que puedes hacer tú.

No necesitas terminar los 1.000 proyectos. Necesitas documentarlos. Necesitas dejar un hilo del que puedas tirar cuando tu cerebro esté listo para volver. Porque va a volver. Siempre vuelve. Pero si cuando vuelve no hay nada escrito, empiezas de cero. Y empezar de cero es la kryptonita del TDAH.

La diferencia entre empezar cien cosas y no terminar ninguna y empezar cien cosas y terminar las que importan es saber qué hilos conectan tus intereses. Cuáles se alimentan entre sí. Cuáles son ramas del mismo árbol.

Da Vinci no lo sabía en tiempo real. Lo descubrió después, revisando sus cuadernos. Tú tienes la ventaja de tener herramientas que él habría matado por tener.

El genio no era la disciplina. Era la curiosidad.

Lo más fascinante de Da Vinci es que nunca intentó encajar en un molde. No se definía como pintor, ni como ingeniero, ni como anatomista. Se definía como alguien curioso. Y esa curiosidad, esa necesidad de entenderlo todo, es exactamente lo que muchas personas con TDAH sienten cada día.

La diferencia es que a Da Vinci nadie le dijo que eso era un trastorno.

A ti probablemente sí. Y puede que te lo hayas creído tanto tiempo que ya no recuerdes que esa curiosidad, esa necesidad de explorar, esa incapacidad de conformarte con una sola cosa, no es un defecto. Es la misma energía que llenó miles de páginas de cuadernos hace quinientos años.

No te pido que pintes la Mona Lisa. Te pido que la próxima vez que te sientas mal por tener demasiados proyectos abiertos, te acuerdes de un tío que dejó sin terminar más obras de las que la mayoría de personas empezarán en toda su vida.

Y que con esos proyectos "inacabados" cambió para siempre la forma en que entendemos el arte, la ciencia y lo que significa ser humano.

Quizá tu dispersión no sea el problema. Quizá sea el método.

Solo necesitas los puntos de conexión.

Si quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro y por qué salta de una cosa a otra, el primer paso es saber qué pasa ahí dentro.

Hacer el test de TDAH

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