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Ir a otra habitación y olvidar a qué ibas: el portal interdimensional del TDAH

Te levantas con un propósito claro, cruzas una puerta y tu cerebro borra la misión. Por qué olvidar a qué ibas es más que un despiste.

tdah

Te levantas del sofá con un propósito claro. Cruzas la puerta. Y al llegar a la cocina te quedas ahí de pie, mirando la nevera, sin la menor idea de a qué habías venido.

Como si la puerta fuera un portal interdimensional que borra la memoria al cruzarlo.

Te quedas quieto. Miras alrededor buscando pistas. Abres un cajón por si eso activa algo. Nada. Tu cerebro está en blanco total. Y la persona que está contigo, si hay alguien, te mira con esa cara de "¿qué haces ahí parado?". Y tú no tienes respuesta. Porque no la sabes.

Entonces vuelves al sofá derrotado. Te sientas. Y en el instante exacto en que tu culo toca el cojín, el cerebro dice: "Ah, sí. El vaso de agua."

¿Por qué las puertas borran lo que ibas a hacer?

Esto no es una broma. Tiene nombre en psicología: el efecto umbral. Cruzar una puerta funciona como un corte de escena para tu cerebro. Un punto y aparte que cierra un capítulo y abre otro. Y cuando tu cerebro cierra el capítulo, a veces cierra también la información que llevabas dentro.

En un cerebro sin TDAH, esto pasa de vez en cuando. Te quedas en blanco un segundo, haces memoria, y vuelve. Incómodo pero solucionable.

En un cerebro con TDAH, esto pasa varias veces al día. Y no vuelve. Te quedas de pie en la habitación equivocada con cara de NPC sin misión asignada. El dato no está pausado en algún rincón esperando a que lo recuperes. Se ha ido. Borrado. Como un mensaje que no guardaste antes de que la app se cerrara.

Y lo peor no es que pase. Lo peor es que pasa con cosas que te importan. No olvidas las tonterías. Olvidas que ibas a apagar el horno. Olvidas que ibas a mandar un email importante. Olvidas que ibas a coger las llaves antes de salir. Y luego te toca lidiar con las consecuencias.

El problema no es la puerta, es la pizarra

Tu cerebro tiene algo llamado memoria de trabajo. Es como una pizarra donde apuntas lo que estás haciendo en este momento. Lo que necesitas ahora, no mañana. La intención con la que te has levantado del sofá.

En un cerebro con TDAH, esa pizarra es minúscula. Caben dos o tres cosas como mucho. Y tiene un borrador automático que se activa cada vez que algo nuevo entra en tu campo de atención.

Entre el sofá y la cocina pasan cosas. Ves el móvil en la mesa. Piensas que tienes que contestar a tu madre. Oyes un ruido en la calle. Notas que la planta necesita agua. Cada uno de esos estímulos empuja algo fuera de la pizarra. Y lo que se cae siempre, sin falta, es lo que ibas a hacer.

No es que seas despistado. Es que tu cerebro tiene un maletero pequeño y cada estímulo nuevo es una maleta que entra a la fuerza. Algo tiene que salir. Y sale lo que llevabas desde el principio.

¿Por qué nadie se lo toma en serio?

Porque le pasa a todo el mundo.

Esa es la trampa. Todos, absolutamente todos, han entrado alguna vez en una habitación sin recordar a qué iban. Es un fenómeno universal. Y cuando tú lo mencionas, la respuesta siempre es la misma: "Bah, a mí también me pasa."

Y ahí se cierra la conversación.

Pero hay una diferencia enorme entre que te pase un martes y que te pase catorce veces al día. Hay una diferencia entre quedarte en blanco un segundo y recuperar la información, y quedarte en blanco y tener que volver al punto de partida para reconstruir la intención desde cero. Hay una diferencia entre "qué gracioso" y "llevo 20 minutos haciendo viajes entre el salón y el dormitorio sin completar ninguno".

Es la misma diferencia que hay entre estar triste un día y tener depresión. Desde fuera parece lo mismo. Desde dentro, no tiene nada que ver.

Y como parece lo mismo, nadie lo valida. Ni siquiera tú mismo. Te dices que eres un desastre. Que eres tonto. Que cómo es posible que no puedas retener una idea durante cuatro metros de pasillo. Y esa culpa se va acumulando, día tras día, puerta tras puerta, hasta que dejas de contarlo porque te da vergüenza.

El portal interdimensional cotidiano

Lo llamo el portal interdimensional porque así es exactamente como se siente.

Entras en la habitación como si hubieras cruzado a otra dimensión. Una dimensión donde no existe la versión de ti que sabía a qué venía. Estás ahí, en medio de la cocina, y la información simplemente no existe. No está escondida. No está "en la punta de la lengua". No la vas a recuperar con esfuerzo. Ha desaparecido.

Y lo más absurdo es el patrón que se repite: vuelves al sofá, te acuerdas, te levantas otra vez, cruzas la puerta otra vez, y a veces se te vuelve a olvidar otra vez. Tres viajes para un vaso de agua. Cinco minutos para algo que debería llevar diez segundos.

Es como si tu cerebro funcionara con dopamina, no con disciplina. La intención no tiene suficiente carga dopaminérgica para sobrevivir al viaje. Un vaso de agua no es lo bastante interesante como para que tu cerebro lo retenga. En cambio, la planta que necesita agua, la notificación del móvil, el ruido de la calle, eso sí es nuevo, eso sí genera un pico. Y tu cerebro va detrás del pico, siempre.

Trucos de supervivencia (cutres pero funcionales)

No voy a decirte que medites o que practiques mindfulness.

Voy a decirte lo que hago yo, que es bastante más ridículo pero funciona.

Digo en voz alta a qué voy. "Voy a la cocina a por las tijeras." Como un señor mayor hablando solo en el pasillo. Me da exactamente igual. Verbalizar la intención la graba en otro canal del cerebro. Es como hacer una copia de seguridad antes de cruzar el portal.

También me imagino el objeto en la mano. No pienso "voy a la cocina". Pienso "voy a por las tijeras" y las visualizo. Porque "ir a la cocina" es un destino sin propósito. "Ir a por las tijeras" es una misión. Y las misiones sobreviven mejor al portal.

¿Es infalible? No. Sigo llegando a habitaciones sin saber a qué he ido. Pero pasa cinco veces al día en vez de quince. Y con un cerebro que ya tiene bastantes pestañas abiertas a las 9 de la mañana, reducir a un tercio ya cuenta como victoria.

No es un meme. Bueno, sí, pero también es real.

Internet ha convertido esto en un chiste universal. Los memes de "entrar en la cocina y no saber a qué has ido" tienen millones de likes. Y está bien, es gracioso. Yo también me río.

Pero para algunos de nosotros no es un meme que pasa de vez en cuando. Es el martes. Y el miércoles. Y todos los días de tu vida. Es perder tiempo, perder paciencia, y perder la confianza en tu propia cabeza. Es sentirte estúpido por no poder hacer algo tan básico como caminar cuatro metros sin olvidar por qué.

Y eso no es gracioso. Es agotador.

Así que la próxima vez que cruces una puerta y tu cerebro se resetee, no te llames idiota. Tu puerta es un portal interdimensional. Y tu cerebro simplemente no tiene suficiente RAM para cruzarlo sin perder datos.

No es tu culpa. Es neurología. Y tiene solución. Cutre, ridícula, y hablando solo por el pasillo. Pero solución.

Si lo de cruzar puertas y olvidar a qué ibas te pasa más de lo que te gustaría admitir, puede que no sea solo despiste. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No diagnostica, pero pone nombre a lo que llevas años sintiendo. 10 minutos.

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