Poner un recordatorio, ignorarlo y olvidar la entrega: TDAH en 3 actos
Pones el recordatorio. Suena y lo silencias. Te acuerdas a las 2AM. El ciclo de los recordatorios con TDAH y por qué nunca funcionan.
Acto 1: pones el recordatorio. Acto 2: suena y lo silencias. Acto 3: te acuerdas a las 2AM.
Si has vivido esta trilogía más veces de las que puedes contar, bienvenido. Esto no es una película. Es un martes cualquiera.
Yo tengo en el móvil más alarmas que un reloj de una central nuclear. Literalmente. He llegado a tener 23 recordatorios activos en un solo día. Veintitrés. Cada uno con su horario, su etiqueta bonita, su emoji motivador. Un sistema perfecto. Diseñado por mí, para mí, con todo el cariño del mundo.
¿Resultado? Los ignoro todos.
No es que no los oiga. Los oigo perfectamente. Suena la alarma, miro la pantalla, leo "ENVIAR PRESUPUESTO A CLIENTE", y mi cerebro dice "sí, ahora voy". Y luego no voy. Porque entre que he desbloqueado el móvil para silenciar la alarma y el momento en que debería hacer la tarea, he visto una notificación de Instagram, he abierto una conversación de WhatsApp, he buscado un vídeo que me pasaron ayer, y han pasado 40 minutos.
El recordatorio ha cumplido su función técnica. Ha sonado. Me ha avisado. Pero mi cerebro ya estaba en otra galaxia.
¿Por qué los recordatorios no funcionan con TDAH?
Porque un recordatorio asume que el problema es que se te olvida. Y no es eso. El problema es que tu cerebro no transiciona.
Transicionar es eso que hace la gente normal sin pensarlo. Suena la alarma, dejan lo que están haciendo, y empiezan la tarea nueva. Así, sin más. Como cambiar de canal en la tele. Clic y ya estás en otro sitio.
Con TDAH, cambiar de tarea es como intentar girar un petrolero. Necesitas kilómetros de anticipación, un plan, tres remolcadores y un poco de suerte. Tu cerebro está enganchado a lo que estaba haciendo (o a nada en particular, que también pasa), y la alarma es solo un ruido de fondo que se suma al caos.
Por eso puedes poner 7 alarmas para la misma cosa y seguir necesitando más. No es un problema de cantidad. Es un problema de cómo tu cerebro gestiona las interrupciones.
El ciclo en tres actos que se repite cada semana
Acto 1: La planificación perfecta. Te sientas el domingo, abres la app de recordatorios, y programas tu semana como si fueras un controlador aéreo. Todo tiene su hora, su margen, su lógica. Te sientes bien. Sientes que esta semana sí. Esta semana vas a ser una persona funcional.
Acto 2: La realidad. El lunes a las 10:15 suena el primer recordatorio. Lo silencias mientras estás en medio de otra cosa. "Ahora voy". A las 10:47 ya no te acuerdas de que sonó. A las 14:00 suena otro. Lo silencias. A las 16:30, otro. Para las 18:00 tu cerebro ha clasificado el sonido de la alarma como ruido ambiente, al nivel del frigorífico o del tráfico de fondo.
Acto 3: Las 2AM. Estás en la cama, a oscuras, a punto de dormirte. Y tu cerebro, que lleva todo el día ignorando recordatorios, decide que ahora es el momento perfecto para recordarte TODO. El presupuesto. El email. La factura. La entrega de mañana que en realidad era de ayer. Y tú ahí, mirando el techo, pensando "mañana me organizo de verdad".
Spoiler: mañana se repite el ciclo.
¿Es pereza o es que tu cerebro funciona diferente?
Es la segunda. Claramente.
La pereza es no querer hacer algo. Tú sí quieres. Te has tomado la molestia de poner el recordatorio. Has invertido tiempo en planificar. Has pensado en la tarea, la has etiquetado, le has puesto hora. Eso no lo hace alguien que no quiere hacer nada.
Lo que pasa es que tu cerebro no conecta la intención con la acción. Hay un cable suelto entre "sé que tengo que hacerlo" y "muevo el cuerpo para hacerlo". Y ese cable suelto no se arregla con más recordatorios. Es como subir el volumen de la tele cuando el problema es que estás sordo del oído derecho. Más volumen no cambia nada.
Y lo peor es el coste invisible. Porque cada recordatorio ignorado no desaparece. Se queda ahí, flotando en tu cabeza, generando culpa. Y esa culpa se acumula. Semana tras semana. Hasta que acabas pagando multas por cosas que se te pasaron o con una bandeja de entrada llena de emails que nunca contestaste y que ahora te dan vergüenza abrir.
¿Entonces qué hacemos?
No tengo una solución mágica. Si la tuviera, no tendría 23 alarmas en el móvil.
Pero sí he aprendido un par de cosas:
Los recordatorios funcionan mejor cuando eliminan pasos. No "a las 10:00: enviar presupuesto". Mejor "a las 10:00: abrir el email del cliente, que ya está en borradores, y darle a enviar". Cuanto menos tenga que pensar tu cerebro para ejecutar, más posibilidades de que lo haga.
También funciona mejor vincular la tarea a algo que ya estés haciendo. No "a las 15:00 haz esto". Mejor "cuando termines de comer, antes de levantarte de la silla, haz esto". Tu cerebro no entiende de horas. Entiende de contextos.
Y la más importante: deja de castigarte por ignorar recordatorios. No es un fallo moral. Es un cerebro que necesita más que un pitido para arrancar. Entender eso no te soluciona la vida, pero te quita un peso de encima que no te imaginas.
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