Estás en la cena pero tu cabeza está en el email de las 17:04
Estás presente pero no estás. Tu cerebro con TDAH no sabe apagar el ruido del trabajo. La productividad real no va de tareas, va de poder estar donde importas.
Estás cenando con alguien que te importa. Te está contando algo. Asientes. Sonríes. Dices "ya, ya" en los momentos correctos.
Pero tu cabeza lleva cuatro minutos en otro sitio.
Un email sin contestar. Un vídeo por editar. Una factura que olvidaste enviar. Tu cerebro va a mil mientras tu cara hace teatro de persona atenta. El piloto automático social funcionando a la perfección mientras por dentro tu mente repasa la lista de tareas como si fuera la secuencia de arranque de un ordenador viejo.
Y lo peor no es que pase una vez. Lo peor es que llevas semanas así. Meses. Presente con el cuerpo, ausente con todo lo demás. En cada conversación, cada comida, cada momento que no tenga una pantalla delante.
La persona que tienes enfrente te mira. Está ahí al cien por cien. Y tú estás en un email que ni siquiera has abierto.
¿Cuántas veces has estado presente pero tu cabeza estaba en otro sitio?
Te has convencido de que eso es productividad. Que estar siempre pensando, siempre adelantando, siempre con la lista de tareas corriendo en segundo plano es lo que hay que hacer para que las cosas funcionen. Un proceso del sistema que no puedes cerrar. Que no sabes cerrar.
Pero eso no es productividad. Es ansiedad disfrazada de eficiencia.
Y con un cerebro TDAH, ese proceso de fondo no es una opción. Es el modo por defecto. Tu cabeza salta de un tema a otro sin pedir permiso. Te sientas a cenar y de repente estás pensando en si has configurado bien el autoresponder. Le das un abrazo a alguien y tu cerebro calcula si llegas al deadline del viernes.
No es que no te importe. Es que tu cerebro no sabe apagar el ruido.
El motor del miedo que te empuja a hacer más
Y a veces "más" significa menos. Menos presencia. Menos conexión. Menos estar de verdad donde estás.
¿Se puede ser productivo y estar presente?
La respuesta corta: sí. Pero no con fuerza de voluntad. Tu cerebro no va a callarse porque le digas "calla". Si eso funcionara, llevarías años en silencio mental.
Lo que funciona es quitar estímulos. No poner el móvil en silencio. No girarlo boca abajo. Sacarlo de la habitación. Que no esté ahí. Que no puedas sentir su gravedad. Porque mientras esté al alcance, tu cerebro sabe que existe y dedica un hilo de procesamiento a recordártelo cada 45 segundos.
Es como intentar meditar con un mosquito en la oreja. Puedes intentar ignorarlo. Puedes respirar profundo y decirte que el mosquito no existe. Pero el mosquito existe. Y tu cerebro lo sabe. La solución no es ignorar el mosquito. Es sacarlo de la habitación.
Cuando eliminas el estímulo, no te conviertes en un monje zen. Tu cerebro sigue haciendo ruido. Pero el ruido baja lo suficiente como para que puedas estar donde estás. Para que la cena sea una cena y no un ejercicio de multitarea mental donde finges escuchar mientras redactas un asunto de newsletter en tu cabeza.
¿Para qué sirve todo lo que construyes si no puedes sentarte a cenar?
Hay un momento que llega cuando trabajas demasiado. Un momento en el que te paras, por las buenas o por las malas, y tu cerebro deja de pensar en facturas. Deja de pensar en el email. Deja de pensar en el algoritmo, en la thumbnail, en el lanzamiento.
A veces es un susto de salud. A veces es una fiebre que te tumba en un país que no es el tuyo. A veces es simplemente un domingo por la tarde donde te das cuenta de que llevas tres horas delante de métricas que no van a cambiar porque las mires una vez más.
Y en ese momento piensas en las personas. En si has estado lo suficiente con ellas. En si has estado de verdad o solo estabas ahí con el cuerpo mientras tu cabeza calculaba otra cosa.
La pregunta no es "cuánto he facturado este trimestre". La pregunta es cuántas cenas te has perdido estando en ellas. Cuántas tardes con gente que te importa has llenado de emails que podían esperar a mañana. Cuántas conversaciones has contestado en piloto automático porque tu cerebro estaba optimizando algo que no necesitaba optimización.
Todo eso pensando que lo estabas haciendo bien. Que estabas siendo productivo. Que estabas construyendo algo importante.
Y estabas construyendo algo importante. Pero también estabas pagando un precio que nadie te dice. El precio de estar siempre en otro sitio.
La productividad real es poder cerrar el portátil
Tu cuerpo te avisa antes de romperse
La productividad no va de hacer más tareas. Va de poder cerrar el portátil y estar donde importa. Va de poder sentarte a cenar sin que tu cabeza se vaya a la bandeja de entrada cada 30 segundos.
No siempre lo consigues. Hay días donde el ruido gana. Donde el móvil tira de ti como un imán y abres el email antes de darte cuenta de lo que estás haciendo. Días donde estás en una conversación y de repente pillas a tu cerebro calculando si llegas al deadline.
Pero ahora sabes que esos días son señales. No de que estás siendo productivo. De que estás perdiendo algo.
Y lo que pierdes no es una tarea. No es un email. No es una venta.
Es estar ahí.
La factura puede esperar. La persona que tienes enfrente, no siempre.
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Mi psicóloga me enseñó un truco que ojalá me hubieran contado hace años. Te lo dejo gratis aquí: El método.
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