Tu cuerpo avisa antes de romperse y tú le dices que luego
Tu cuerpo te manda señales antes de romperse. Tú las ignoras. Yo lo hice y acabé con la edad metabólica de un anciano. Esto es lo que aprendí.
Primero fue el insomnio. Luego los dolores de cabeza. Luego el estómago. Luego la cama de la que no podías salir. Tu cuerpo te lo dijo todo. Tú no escuchaste.
Yo tampoco.
Y mira, podría contarte esta historia de forma inspiradora. Con música de fondo, una voz en off y un filtro de atardecer. Pero no va a ser así. Porque lo que me pasó no fue bonito. Fue una avería general. Como cuando se funde el cuadro eléctrico de tu casa y no es un fusible, son todos. A la vez. En plena noche.
¿Tu cuerpo te avisa o te lo inventas?
Te lo avisa.
Lo que pasa es que el aviso no viene con un cartelito luminoso que dice "para o revientas". Viene disfrazado de cosas que normalizas. Que todo el mundo normaliza. Que la cultura del emprendimiento te dice que normalices.
"Duermo poco pero es que tengo mucho curro." Señal uno.
"Me duele la cabeza todos los días pero será del estrés." Señal dos.
"No tengo hambre a horas normales pero me pego atracones a las once de la noche." Señal tres.
"Me levanto más cansado de lo que me acuesto." Señal cuatro.
Y tú sigues. Porque eso es lo que hacen los emprendedores, ¿no? Seguir. Dormir cuando tengas éxito. Comer cuando cierres la ronda. Ir al médico cuando tengas tiempo.
Spoiler: nunca tienes tiempo.
¿Cuántas señales ignoras antes de que tu cuerpo te obligue a parar?
En mi caso fueron todas.
Alrededor de 2012 monté una empresa de software para talleres de mecanizado. No funcionó. Los bancos me acosaban. Mi padre tuvo que llamar a mis clientes porque yo no podía ni coger el teléfono. Todo se fue a la mierda y yo, en vez de parar, apreté más fuerte.
Porque eso era lo que había que hacer. Eso era lo que leía en todos los blogs, lo que escuchaba en todos los podcasts. "Fracasar es parte del camino." "Los que triunfan son los que no paran." "Hustle harder."
Pues yo hice hustle harder. Y mi cuerpo me hizo un shutdown total.
Empecé a no dormir. No el "duermo poco" normal de quien tiene mucho lío. Hablo de mirar el techo durante horas. De que tu cerebro no pare. De que a las 4 de la mañana ya no es insomnio, es angustia pura.
Después vinieron los dolores de cabeza. Constantes. Como un zumbido de fondo que nunca se iba. Me tomaba un ibuprofeno, seguía currando. Dos ibuprofenos. Tres. Mi botiquín parecía una farmacia de barrio.
Luego el estómago. Ardores. Digestiones de tres horas. Comer se convirtió en un trámite incómodo entre una reunión y otra. O directamente no comía hasta las diez de la noche. Y entonces me lo comía todo.
150 kilos. Puede que 160. No lo sé exactamente porque dejé de pesarme. Cuando la báscula te da una bofetada cada mañana, dejas de subir a la báscula.
Y un día dejé de levantarme de la cama.
No es una metáfora. No es "me costaba levantarme". Es que no podía levantarme de la cama y tenía un negocio que gestionar. El móvil vibrando en la mesilla, boca abajo, y yo mirando el techo pensando que si no me movía, tal vez el mundo se olvidaba de mí y me dejaba en paz.
¿Y cuando por fin vas al médico?
Fui al médico cuando ya no quedaban señales que ignorar.
No tenía ni 30 años.
Edad metabólica de un anciano. Con menos de 30. Repite eso en voz alta y siente cómo suena.
Cenalmor no era de los que te dicen "bueno, hay que cuidarse un poquito más, ¿eh?". Cenalmor te lo soltaba como te suelta un fontanero que tu tubería está destrozada. Sin adornos. Sin pausas dramáticas. Con la misma cara que pones cuando ves la factura.
Y ahí, sentado en esa consulta, con las analíticas en rojo como un semáforo averiado, pensé: "Hostia, esto es real."
No "esto es serio". No "tendría que hacer algo". Pensé "esto es real". Como si hasta ese momento hubiera vivido en una especie de burbuja donde las consecuencias no existían. Donde podías ignorar el insomnio, los dolores, el peso, la ansiedad, el estómago, la cama, y todo eso se iba a arreglar solo cuando "las cosas mejoraran".
Las cosas no mejoraron solas. Las cosas empeoraron hasta que me obligaron a mirarlas de frente.
¿Si hubieras parado antes?
Esta es la pregunta que me hago a veces.
Si hubiera parado en la señal dos. En los dolores de cabeza. Si hubiera dicho "oye, que me duele la cabeza todos los días, igual algo pasa", en vez de tragarme otro ibuprofeno. ¿Habría llegado a la señal cinco?
Probablemente no.
Pero es que parar era de débiles. Parar era lo que hacían los que no tenían hambre. Parar era lo que te alejaba del éxito. Al menos eso me decía la narrativa que me había tragado sin masticar.
El cuerpo funciona como un sistema de alarmas. Primero se enciende la amarilla. "Oye, que algo no va bien." Si la ignoras, se enciende la naranja. "En serio, para." Si la ignoras, se enciende la roja. "Última oportunidad." Y si la ignoras, el sistema entero se apaga.
Yo ignoré todas las alarmas hasta que el sistema se apagó. Y reiniciar una persona no es como reiniciar un ordenador. No es darle al botón y esperar 30 segundos. Es un proceso largo, feo, y nada instagrameable.
¿La hustle culture te está matando?
No literalmente. Bueno, a veces sí.
Pero lo que sí te está haciendo es enseñarte que el desgaste es normal. Que si no estás agotado, no estás esforzándote lo suficiente. Que el cansancio crónico es una medalla, no un síntoma.
Yo me la creí entera. Y estuve a punto de pagarlo con algo que no se puede facturar: mi salud.
Hoy peso 40 kilos menos que entonces. Y ese proceso empezó en noviembre de 2022. Más de un año. Lento. Aburrido. Sin antes y después viral. Sin transformación de 30 días. Sin hacks.
Solo la decisión de dejar de ignorar lo que mi cuerpo llevaba años gritándome.
¿Y ahora qué haces diferente?
Escucho.
No siempre. No soy un monje zen meditando en una montaña. Sigo teniendo días donde curro más de lo que debería. Sigo teniendo noches donde el cerebro no para. Pero la diferencia es que ahora, cuando me duele la cabeza tres días seguidos, no me tomo un ibuprofeno y sigo. Me paro. Me pregunto por qué.
La respuesta casi siempre es la misma: estoy haciendo demasiado y descansando demasiado poco.
Revolucionario, ¿verdad? Resulta que cuando ignoras las necesidades básicas de un cuerpo humano, el cuerpo humano se enfada. Las matemáticas no mienten aunque tú quieras.
Tu cuerpo no es tu enemigo. Es el único aliado que no puedes despedir. Y si le tratas como si fuera una máquina que funciona con café y fuerza de voluntad, un día te va a pasar la factura. Con intereses.
La mía fue de 150 kilos, la edad metabólica de un anciano y una cama de la que no podía salir.
No esperes a que te llegue la tuya.
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