Tengo 14 productos y a veces abro LinkedIn pensando que soy un fraude
14 productos, 6.000 suscriptores, y hay mañanas que abres LinkedIn y te sientes un fraude. Así funciona el síndrome del impostor del emprendedor con TDAH.
Tienes productos. Tienes clientes. Tienes gente que te ha pagado con dinero real por algo que tú has creado. Y hay mañanas en las que abres LinkedIn, ves a un tío con menos resultados pero más confianza, y piensas: "Soy un fraude."
El tío tiene 200 seguidores. Un post que dice "Los 7 pasos para escalar tu negocio digital" con una foto cruzado de brazos delante de una pared blanca. Y habla con una autoridad que tú no tienes ni cuando repasas tus propios números después de un buen mes.
Scroll. Otro. "Experto en automatizaciones." Tres posts publicados. Todos con más engagement que los tuyos. Todos con una seguridad que tú no consigues ni después de años emprendiendo.
Cierras LinkedIn. Abres tu lista de productos. Los cuentas. Son reales. Los has creado tú. Gente real los ha comprado. Y aun así tu cerebro te dice "pero tú quién eres para vender esto."
Bienvenido al síndrome del impostor con TDAH. Donde los datos dicen una cosa y tu cabeza dice otra. Y siempre gana tu cabeza.
¿Cómo emprendes si no te crees capaz ni con resultados reales?
Esta es la pregunta que no te hacen en los cursos de emprendimiento.
Te enseñan a montar un funnel. Te enseñan a escribir copy. Te enseñan a crear un producto mínimo viable. Pero nadie te enseña a lidiar con la voz de tu cabeza que te dice que todo lo que has conseguido es suerte y que cualquier día te van a pillar.
Si tienes TDAH, esa voz viene con megáfono.
Porque el síndrome del impostor es tu ansiedad poniéndose traje y fingiendo que es lógica. No te dice "eres un desastre." Te dice "objetivamente no estás al nivel." Y como suena razonable, te la crees. Es la misma trampa de las dos voces que conviven dentro de un cerebro ansioso: una eres tú, la otra es tu ansiedad disfrazada de sentido común.
Y lo peor es que revisar métricas con un cerebro TDAH es como darle una lupa a alguien que ya ve problemas en todas partes. Cada número que no es perfecto confirma la historia. Cada KPI que baja un 3% se convierte en prueba irrefutable de que no vales. Mientras ignoras los otros quince que suben.
Los números dicen una cosa. Tu termómetro interno dice otra. Y tu termómetro viene roto de fábrica.
¿Por qué alguien con menos resultados puede tener más confianza que tú?
Porque la confianza no tiene nada que ver con los resultados. Tiene que ver con la historia que te cuentas.
El tío de los 200 seguidores se cuenta una historia en la que es un experto. Y se la cree. No porque sea mejor que tú. Porque su cerebro no tiene un termómetro roto que marca siempre 10 grados menos de lo que toca.
Tú te cuentas una historia en la que tuviste suerte. En la que diste con el momento correcto. En la que si la gente supiera cómo funciona tu cabeza por dentro, dejarían de comprarte.
Y esa historia tiene un problema gordo: no coincide con los datos.
Has creado productos. Los has lanzado. La gente ha vuelto a comprar. Eso no es suerte. Las matemáticas no mienten aunque tú quieras.
Pero el síndrome del impostor no trabaja con matemáticas. Trabaja con sensaciones. Y las sensaciones de un cerebro TDAH son un espejo deformado. Te devuelven una imagen que no se parece a la realidad, pero como es TU espejo, te la crees.
¿Y si el problema no es que no eres experto, sino que intentas serlo en todo?
Aquí está el giro que cambia las cosas.
Cuando emprendes solo, eres el CEO, el creador de contenido, el admin, el de finanzas, el de atención al cliente y el que friega las tazas. Tu cerebro salta de rol en rol como una pelota de pinball. Y cuando intentas ser todo a la vez, no tienes espacio mental para sentirte competente en nada.
El pulpo tiene 9 cerebros. Uno central y ocho en los tentáculos. Cada tentáculo puede tomar decisiones por su cuenta. El cerebro central no necesita saber cómo se mueve cada ventosa. Solo necesita saber hacia dónde va el pulpo.
Tú eres el pulpo que intenta ser todos los tentáculos a la vez.
Y claro que te sientes un fraude. Porque te comparas con el experto en marketing (que solo hace marketing), con el experto en ventas (que solo hace ventas), con el experto en SEO (que solo hace SEO). Y como no eres mejor que ninguno de ellos en su especialidad, tu cerebro concluye: no eres suficiente.
Pero la foto completa funciona. Tus productos existen. Tu negocio factura. La gente te compra. Lo que pasa es que estás demasiado ocupado comparándote tentáculo a tentáculo como para ver que el pulpo nada perfectamente.
La solución no es ser mejor en todo. Es separar los roles. Que cada función de tu negocio tenga su espacio, su contexto y su lógica. Que el CEO no se preocupe por el email de ayer. Que el creador no piense en facturas. Cuando separas los roles, dejas de sentirte incompetente, porque ya no te estás comparando con especialistas. Te estás evaluando como alguien que gestiona un sistema. Y en eso sí que eres bueno.
¿Necesitas que alguien te diga que no eres un fraude, o necesitas un sistema que te lo demuestre?
Las dos cosas. Pero la segunda escala mejor.
Puedes pedirle a un amigo que te diga "tío, no eres un fraude." Y te sentirás mejor. Veinte minutos. Quizá una hora. Luego abres LinkedIn otra vez y vuelta al bucle.
O puedes construir un sistema donde las decisiones pasen por filtros que no sean tu cabeza. Donde haya voces que te digan "esto funciona" o "esto es una mierda" basándose en criterios, no en ansiedad.
Un consejo directivo con IA puede hacer exactamente eso. Evaluadores con roles distintos que analizan tu trabajo desde ángulos diferentes. Uno te dice que estás siendo demasiado prudente. Otro te dice que el mensaje es claro. Y de repente tienes datos donde antes solo tenías sensaciones.
No es que un sistema te cure el síndrome del impostor. Es que te da algo concreto donde antes solo había un termómetro roto marcando siempre de menos.
El fraude que nunca fue fraude
La próxima vez que abras LinkedIn y te sientas un fraude, haz algo que tu cerebro no quiere que hagas. Cuenta.
Cuenta tus productos. Cuenta tus clientes. Cuenta tus lanzamientos. Mira los números reales, no la sensación.
Y luego mira el perfil del tío de los brazos cruzados. Lee sus posts. Consejos genéricos. Cero anécdotas reales. Ningún dato concreto. Mucha confianza, poca sustancia.
No es que él sea un fraude. Es que tu cerebro ha decidido que su confianza es la medida correcta y tus resultados no. Porque el síndrome del impostor siempre cree más en la actuación del otro que en la evidencia propia.
No se cura. Lo que cambia es lo que haces después. Antes te lo creías. Ahora cuentas. Abres los números. Miras los datos. Y le dices a la voz: "Tus 10 grados de descuento me los sé de memoria. Ahora déjame trabajar."
El pulpo sigue teniendo 9 cerebros. Y ninguno de ellos necesita ser el mejor del océano. Solo necesitan nadar en la misma dirección.
Mis directivos de IA se llaman "tibio" entre ellos. Y de esas peleas salen mis mejores decisiones. Si quieres montar tu propio consejo, te he preparado una guía con los roles, la configuración y ejemplos reales: Consejo directivo IA.
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