Ser abuelo con TDAH: cuando la edad no apaga el caos
Tienes 65 años y sigues perdiendo las llaves. El TDAH no se jubila, y ser abuelo con él es un reto que nadie te explicó.
Tienes 65 años y sigues perdiendo las llaves.
Tus nietos te adoran porque eres el abuelo divertido. El que improvisa canciones absurdas, el que se inventa juegos en el momento, el que se distrae con ellos mirando hormigas en el parque durante una hora mientras se suponía que ibais a comprar el pan.
Tu hija se desespera porque olvidas recogerlos del cole. Tu mujer te recuerda por tercera vez que la cita del médico es el jueves, no el viernes. Y tú asientes, con toda la intención del mundo de acordarte. Pero el jueves llega y estás en el garaje desmontando una radio que encontraste en un mercadillo.
El TDAH no se jubila.
No hay una edad en la que tu cerebro diga "bueno, ya vale, vamos a funcionar con normalidad". No existe un momento mágico en el que las décadas de caos se conviertan en calma. Y sin embargo, casi nadie habla de esto. Porque cuando piensas en TDAH, piensas en niños que no paran quietos. O en adultos jóvenes que no terminan proyectos. Pero abuelos con TDAH parece una categoría que no existe.
Existe. Vaya si existe.
¿El TDAH cambia cuando te haces mayor?
Sí y no. El TDAH no desaparece con la edad, pero sí muta.
La hiperactividad física suele bajar. Ya no estás saltando de un lado a otro como cuando tenías 30 años. Pero la hiperactividad mental sigue ahí, intacta. El ruido de fondo en tu cabeza no se apaga. Sigues teniendo 14 pestañas abiertas en el cerebro, solo que ahora en vez de proyectos laborales son citas médicas, medicinas, cumpleaños de los nietos y dónde dejaste las gafas.
Lo que sí cambia es el contexto. Y aquí es donde la cosa se complica.
Cuando trabajabas, el trabajo te daba estructura. Horarios, reuniones, plazos. No era perfecta, pero era algo. Ahora que estás jubilado, esa estructura ha desaparecido. Y un cerebro con TDAH sin estructura es como un coche sin volante: va rápido, pero a saber dónde acaba.
Muchos abuelos con TDAH no diagnosticado notan que al jubilarse todo empeora. Más olvidos. Más desorganización. Más días en los que llegas a la noche y no sabes qué has hecho. Y la explicación fácil es "es la edad". Pero no siempre es la edad. A veces es que el TDAH que llevas arrastrando toda la vida sin saberlo ahora no tiene dónde esconderse.
¿Cómo afecta al día a día con los nietos?
Esta es la parte que nadie cuenta.
Ser abuelo con TDAH tiene cosas buenas. Muchas, de hecho. Eres espontáneo, creativo, divertido. Los nietos se lo pasan genial contigo porque tú también eres un poco niño. Te metes en el juego con ellos al cien por cien, sin filtros, sin aburrirte, sin mirar el reloj.
Pero también tiene cosas que duelen.
Olvidas cosas importantes. No las olvidas porque no te importan. Las olvidas porque tu cerebro no las retiene. Recoger a la niña del colegio a las cinco. La alergia al huevo del pequeño. Que hoy tocaba llevarles al dentista. Y cada olvido, cada "se me ha pasado", genera un conflicto. Tu hija se enfada. Tu yerno levanta las cejas. Y tú sientes una mezcla de vergüenza y frustración que conoces muy bien porque llevas sintiéndola desde que tenías 20 años.
El patrón es el mismo de siempre: fallas en algo, te sientes culpable, prometes que no volverá a pasar, y vuelve a pasar. Solo que ahora no es el jefe quien se enfada. Es tu propia familia.
¿Y si nunca te lo han diagnosticado?
Aquí es donde se pone interesante. Porque la mayoría de los abuelos con TDAH no tienen diagnóstico. Nunca lo han tenido.
Hablamos de una generación que creció sin que el TDAH existiera como concepto. Eras "el nervioso", "el despistado", "el vago" o "el que no se centraba". Te pusieron etiquetas que cargaste durante décadas. Y desarrollaste mecanismos para sobrevivir: listas, rutinas, una pareja que se encargaba de todo lo administrativo, trabajos que te daban estructura.
Pero los mecanismos se desgastan. El cuerpo ya no aguanta el sobreesfuerzo de antes. El cerebro se cansa de compensar. Y llega un punto en el que el desgaste acumulado se nota más que nunca.
Lo peligroso es que muchos síntomas del TDAH en personas mayores se confunden con el deterioro cognitivo normal. "Es que se le olvidan las cosas." "Es que ya no se concentra." "Es que repite lo mismo tres veces." Y sí, parte puede ser la edad. Pero parte puede ser algo que estaba ahí desde siempre y que ahora, sin las muletas de la vida activa, se hace más visible.
No es demencia. No es Alzheimer. Es un cerebro que nunca funcionó con el manual estándar y que ahora, encima, tiene que lidiar con el envejecimiento.
¿Tiene sentido diagnosticarse a los 65?
La gente pregunta esto mucho. "¿Para qué? Ya he vivido toda mi vida así."
Pues para dejar de pelearte contigo mismo los años que te quedan.
Un diagnóstico a los 65 no te devuelve los 40 años que has pasado sin saber qué te pasaba. Pero te da algo que no tiene precio: comprensión. Entender por qué siempre fuiste diferente. Por qué los demás podían con cosas que a ti te parecían imposibles. Por qué sentías que ibas con peso extra cuando todos los demás caminaban ligeros.
Y a nivel práctico: se pueden hacer cosas. Estrategias, ajustes, herramientas. A veces medicación. No es que con 65 años ya no sirva de nada. Es que a los 65 sigues vivo, sigues activo, y sigues mereciendo funcionar mejor.
Además, un diagnóstico tuyo puede cambiar la vida de tus hijos y nietos. Porque el TDAH es hereditario. Si tú lo tienes, hay probabilidades reales de que alguno de ellos también. Y si se detecta pronto en tus nietos, les ahorras décadas de lo que tú pasaste.
¿Qué pasa con el miedo?
Porque hay miedo. Miedo a que te digan que algo va mal. Miedo a envejecer con un cerebro que no puedes predecir. Miedo a que tus hijos piensen que ya no puedes cuidar a los nietos.
Pero el miedo no soluciona nada. Nunca lo ha hecho.
Lo que sí soluciona es entender. Poner nombre. Dejar de pensar que eres un desastre y empezar a pensar que tienes un cerebro que funciona diferente. Que siempre ha funcionado diferente. Y que eso no te hace peor abuelo. Te hace un abuelo que necesita herramientas distintas.
Las llaves van en un cuenco junto a la puerta. Siempre. La cita del médico va en el móvil con alarma. Los horarios de los nietos, escritos en un papel pegado en la nevera. No porque seas tonto. Porque tu cerebro necesita apoyos externos para hacer lo que otros hacen de forma automática.
Y eso está bien.
Llevas 65 años sobreviviendo sin saber que jugabas con las reglas cambiadas. Solo por eso ya mereces un aplauso. Ahora imagina lo que podrías hacer con las reglas correctas.
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