Envejecer antes de tiempo: el desgaste invisible de vivir con TDAH
El TDAH no solo te agota mentalmente. El estrés crónico, la falta de sueño y compensar sin parar te envejecen por dentro. Y nadie habla de ello.
Tienes 35 años y sientes que llevas 50 encima.
No es que estés enfermo. No es que hagas mal deporte ni que comas fatal (bueno, lo del kebab a las 2 de la mañana quizá no ayude). Es algo más sutil. Es que te miras al espejo un lunes por la mañana y piensas "tío, yo no debería estar así de reventado".
Y no lo estás por la edad. Lo estás por todo lo demás.
Por las noches sin dormir. Por el estrés crónico que ya ni notas porque llevas tantos años con él que lo confundes con tu personalidad. Por el desgaste de vivir compensando. Cada día. Cada hora. Cada conversación donde finges que no se te ha olvidado lo que te acaban de decir hace tres minutos.
El TDAH no solo te agota mentalmente. Te envejece. Por dentro y por fuera. Y casi nadie habla de esto.
¿El TDAH envejece tu cerebro y tu cuerpo más rápido?
La respuesta corta: sí.
Y no lo digo yo desde mi sofá. Hay estudios que asocian el TDAH no tratado con marcadores de envejecimiento acelerado. Estrés oxidativo más alto, telómeros más cortos (esas capas protectoras del ADN que se acortan con la edad), inflamación crónica de bajo grado. Tu cuerpo lleva años funcionando en modo emergencia. Y eso tiene un coste biológico.
Piénsalo así: tu cerebro es como un motor que está siempre en segunda marcha. Funciona, sí. Pero fuerza todo el rato. Gasta más, se calienta más, y se desgasta más rápido que uno que va en la marcha correcta. No es que el motor sea malo. Es que nadie le ha puesto el aceite que necesita.
El cortisol, la hormona del estrés, es una de las culpables. Cuando vives con TDAH sin diagnosticar, tu cuerpo produce cortisol como si estuviera huyendo de un león. Todos los días. Mientras desayunas. Mientras contestas emails. Mientras intentas recordar si cerraste la puerta con llave o no.
Y el cortisol crónico no es broma. Afecta a la memoria, al sistema inmune, a la piel, al sueño, al metabolismo. Es como dejar el grifo abierto gota a gota durante años. No ves la inundación hasta que un día el suelo cede.
¿Por qué nadie te ha dicho esto antes?
Porque el TDAH se sigue viendo como un problema de "no prestar atención". Algo de niños. Algo que se soluciona con una agenda y fuerza de voluntad.
Pero lo que pasa dentro de tu cuerpo cuando vives décadas compensando es otra historia.
El masking, eso de fingir que eres normal, no solo quema tu energía mental. Quema tu cuerpo. Estar todo el día en modo "que no se note" activa los mismos circuitos de estrés que una situación de peligro real. Tu sistema nervioso no distingue entre "me persigue un oso" y "llevo 8 horas fingiendo que soy organizado en una reunión". Para él, todo es amenaza.
Y luego está el sueño.
El sueño es donde tu cuerpo se repara. Donde tu cerebro limpia residuos, consolida memoria, recupera energía. Es el taller mecánico nocturno que mantiene todo en marcha.
¿Y qué pasa cuando tienes TDAH? Que a las 11 de la noche tu cerebro decide que es el momento perfecto para redecorar mentalmente tu habitación, repasar esa conversación incómoda de 2017 y buscar vuelos a Japón. El sueño se va a freír espárragos. Y sin sueño reparador, el envejecimiento celular se acelera. No es opinión. Es biología.
¿Qué pasa con los hábitos que supuestamente te protegen?
Aquí viene lo cruel.
Todo el mundo sabe que dormir bien, hacer ejercicio, comer equilibrado y gestionar el estrés son las claves para envejecer más despacio. Es sentido común. Tu médico te lo dice, tu madre te lo dice, los artículos de salud te lo dicen.
Lo que nadie te dice es que esos cuatro pilares son exactamente las cuatro cosas que el TDAH te sabotea.
Dormir bien. Ya hemos hablado del cerebro fiestas a las 2 de la mañana.
Hacer ejercicio. Empiezas el gimnasio con toda la ilusión del mundo. Dura tres semanas. Luego un día te da pereza, otro día se te olvida, y al tercero ya ni te acuerdas de dónde dejaste las zapatillas. El patrón de abandonar hábitos de salud cada dos semanas no es pereza. Es TDAH haciendo lo suyo.
Comer equilibrado. Tu cerebro busca dopamina rápida. Y la dopamina rápida vive en el azúcar, los ultraprocesados y esa cuarta tostada con nocilla que no necesitabas pero que tu cerebro pedía a gritos.
Gestionar el estrés. Difícil de gestionar algo que ni siquiera reconoces como estrés. Para ti es normal. Siempre has vivido así. No sabes lo que es no estar en alerta permanente.
Resultado: las personas con TDAH tienen peor acceso a los factores que previenen el envejecimiento. No porque no quieran. Sino porque su propio cerebro les pone palos en las ruedas cada vez que intentan cuidarse.
¿Y entonces qué? ¿Estamos condenados?
No.
Pero sí que necesitas entender algo: el autocuidado con TDAH no funciona igual que para el resto del mundo. Las estrategias genéricas de "bebe agua y medita 20 minutos" están diseñadas para cerebros neurotípicos.
Tu cerebro necesita otra cosa.
Necesita descanso que no te haga sentir culpable. Necesita rutinas que no dependan de tu memoria sino de tu entorno. Necesita que dejes de comparar tu rendimiento con el de alguien que no lleva 35 años peleando con su propio sistema operativo.
Y sobre todo, necesita que entiendas que el desgaste que sientes no es normal. No es "ser adulto". No es "la vida es dura para todos". Es tu cerebro funcionando de una forma concreta, con un coste concreto, que tiene nombre y que se puede gestionar.
Ignorar el TDAH no hace que desaparezca. Solo hace que el desgaste se acumule. Y un día te miras al espejo a los 35 y ves la cara de alguien que ha vivido el doble.
Esto no es para asustarte
Es para que pares un segundo y te des cuenta de que cuidarte no es un lujo. Es una necesidad. Especialmente si tu cerebro gasta el triple que el de al lado solo para hacer las mismas cosas.
No necesitas una dieta perfecta ni un plan de entrenamiento de atleta olímpico. Necesitas entender cómo funciona tu cerebro. Qué le cuesta más. Qué le desgasta. Y empezar a tomar decisiones desde ahí, no desde lo que funciona para los demás.
Porque envejecer es inevitable. Pero envejecer el doble de rápido porque nadie te dijo que tu cerebro necesitaba un manual diferente, eso sí es evitable.
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