Segundo matrimonio con TDAH: lo que aprendiste y lo que tu cerebro olvidó
El primer matrimonio falló por cosas que ahora tienen nombre. El segundo empieza con más información pero el mismo cerebro disperso.
El primer matrimonio falló por cosas que ahora tienen nombre.
Falta de atención. Desregulación emocional. Impulsividad. Olvidos crónicos. La sensación constante de que tu pareja hablaba y tú estabas físicamente ahí pero mentalmente en Saturno.
Entonces no lo sabías. Ahora sí. Tienes un diagnóstico, tienes información, tienes libros leídos y vídeos vistos y quizá hasta medicación. Llegas al segundo matrimonio pensando "esta vez va a ser diferente".
Y sí. Es diferente.
Pero tu cerebro sigue siendo el mismo.
¿Qué cambia en un segundo matrimonio con TDAH?
Cambia que ya no eres ignorante. Y eso es enorme, de verdad.
Sabes que cuando tu pareja te dice algo importante y tú asientes con la cabeza, hay un 40% de probabilidades de que no hayas procesado ni la mitad. Sabes que tus arranques emocionales no son porque seas mala persona, sino porque tu cerebro va de 0 a 100 sin pasar por el 50. Sabes que olvidar una fecha importante no significa que no te importe.
Lo sabes.
El problema es que saberlo y poder evitarlo son cosas distintas.
Es como saber que el café a las 11 de la noche te va a desvelar. Lo sabes. Lo has comprobado 47 veces. Y el miércoles a las 23:15 estás ahí, con tu taza, diciendo "esta vez será diferente". Spoiler: no es diferente.
Tu cerebro no funciona con conocimiento acumulado. Funciona con dopamina. Y la dopamina no entiende de lecciones aprendidas.
¿Por qué el segundo intento puede ser mejor y peor a la vez?
Mejor porque llegas con contexto. Puedes explicar lo que te pasa. Puedes decir "oye, si me ves desconectar en una conversación, no es que no me importes, es que mi cabeza se ha ido a calcular cuántos escalones tiene la escalera del portal".
Tu nueva pareja tiene la oportunidad de entender algo que la anterior nunca tuvo herramientas para comprender. Y eso cambia la dinámica por completo. Cuando tu pareja por fin entiende tu TDAH, deja de tomarse las cosas como ataques personales y empieza a verlas como lo que son: un cerebro que funciona diferente.
Pero también puede ser peor. Porque ahora tienes presión extra.
La presión de "ya no tengo excusa". Ya sé lo que tengo. Ya sé lo que pasa. Si vuelvo a fallar, no puedo culpar a la ignorancia. Y esa presión, si no la gestionas, se convierte en ansiedad. En perfeccionismo. En intentar ser la versión perfecta de ti mismo 24 horas al día.
Y eso es insostenible.
¿Qué se repite aunque no quieras?
Los patrones. Siempre los patrones.
El TDAH tiene patrones de relación que se repiten con independencia de quién tengas al lado. No porque seas un desastre. Sino porque tu cerebro tiene formas de funcionar que no cambian con el cambio de pareja.
La hiperfocalización del principio. Ese período donde la otra persona es lo más fascinante del universo y le dedicas toda tu atención. Eso no es amor, es dopamina nueva. Y cuando se normaliza (que se normaliza siempre), tu pareja siente que ha dejado de interesarte. Otra vez.
Los olvidos domésticos. Da igual si es tu primer matrimonio o tu quinto. Si tu cerebro no registra "comprar leche" como algo estimulante, la leche no va a aparecer sola en la nevera. Y tu pareja, por muy comprensiva que sea, al tercer mes de "se me ha olvidado otra vez" empieza a cansarse.
Las discusiones que escalan sin motivo. Tú dices algo impulsivo. Tu pareja reacciona. Tú reaccionas a la reacción. En 90 segundos estáis discutiendo sobre quién dejó la luz del baño encendida como si fuera un juicio en La Haya.
Nada de esto es nuevo. Todo esto ya pasó en el primer matrimonio. Y puede volver a pasar en el segundo.
¿Qué puedes hacer distinto de verdad?
No basta con saber. Hay que construir sistemas.
No estoy hablando de "pon alarmas en el móvil" (aunque eso también). Estoy hablando de acuerdos explícitos con tu pareja.
Acuerdos del tipo:
"Si noto que me estoy desconectando en una conversación, voy a decirlo en voz alta en lugar de fingir que escucho."
"Si discutimos y me doy cuenta de que estoy reaccionando en caliente, me voy a dar 10 minutos antes de contestar. No porque me dé igual, sino porque necesito que mi cerebro baje de revoluciones."
"Vamos a tener una lista compartida para las cosas de casa. No porque yo sea incapaz, sino porque mi memoria de trabajo es la de un pez dorado con jet lag."
Sistemas. Acuerdos. Protocolos. Suena poco romántico, lo sé. Pero es infinitamente más romántico que repetir la misma pelea 200 veces hasta que todo se rompe. Otra vez.
¿Y si tu nueva pareja no tiene TDAH?
Entonces necesita entender una cosa: no vas a dejar de tener TDAH.
No con terapia. No con medicación. No con amor. El TDAH no se cura. Se gestiona. Y hay días buenos y días malos. Días donde todo fluye y días donde pierdes las llaves, llegas tarde a cenar y olvidas que habíais quedado con sus padres.
Tu pareja no tiene que ser tu terapeuta. No tiene que ser tu alarma humana. No tiene que ser quien te recuerde todo y luego sonría cuando lo olvides por quinta vez.
Pero sí tiene que entender que esto es neurología, no negligencia. Que olvidar no es no querer. Que desconectar no es despreciar.
Y tú tienes que entender que su paciencia tiene límites. Que "tengo TDAH" explica las cosas pero no las justifica todas. Que la convivencia real con TDAH requiere trabajo de los dos, no solo comprensión de uno.
Lo que nadie te dice sobre volver a intentarlo
Nadie te dice que vas a tener flashbacks.
Que en medio de una discusión normalísima vas a sentir exactamente lo mismo que sentías en tu primer matrimonio. El mismo nudo en el estómago. La misma voz interna diciendo "ya está, esto se va a romper también". El mismo impulso de salir corriendo o de decir algo que no puedes retirar.
Y nadie te dice que eso es normal. Que el divorcio con TDAH deja huellas que no desaparecen por firmar nuevos papeles.
El segundo matrimonio con TDAH no es borrón y cuenta nueva. Es cuenta nueva con el mismo cerebro, las mismas tendencias y un historial que tu sistema nervioso recuerda aunque tú intentes olvidarlo.
Pero también es una oportunidad que el primero no tuvo: la de saber qué está pasando mientras pasa. La de tener nombre para las cosas. La de poder decir "esto que estoy haciendo es un patrón, no una sentencia".
Y eso, aunque no lo parezca, lo cambia todo.
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