Recién casados con TDAH: la luna de miel acaba y empieza la convivencia real
La boda fue genial. La convivencia, otra historia. Cuando el TDAH aparece entre platos sin fregar y conversaciones a medias, todo cambia.
La boda fue increíble. El viaje, genial. Pero ya estáis en casa. Juntos. Todos los días. Y empiezan a aparecer cosas que antes no veíais: los platos sin fregar, las facturas olvidadas, las conversaciones que no terminan.
No es que el amor se haya acabado. Es que la luna de miel funcionaba como un parque de atracciones: todo era novedad, dopamina gratis, estímulo constante. Y ahora estáis en la vida real. Donde hay que sacar la basura un martes a las diez de la noche y acordarse de que mañana viene el fontanero.
Y el cerebro con TDAH, que en la luna de miel estaba encantado porque cada día era diferente, ahora mira la rutina de la convivencia y dice: "¿Esto? ¿Para siempre? ¿En serio?".
¿Qué pasa cuando la luna de miel se acaba y el TDAH aparece en la convivencia?
Pasa algo que nadie te cuenta antes de casarte: que convivir no es solo quererse. Es gestionar. Y gestionar es exactamente lo que peor se le da a un cerebro con TDAH.
Las primeras semanas después del viaje son raras. No malas, raras. Porque seguís enamorados, seguís bien, pero empiezan a aparecer fricciones que antes no existían. O que sí existían, pero no las veíais porque estabais demasiado ocupados eligiendo flores y discutiendo sobre la lista de invitados.
Fricciones del tipo:
"¿Por qué no has puesto la lavadora si te lo dije ayer?" "Porque no me acuerdo. Literalmente. No es que no me importe. Es que mi cerebro no lo registró."
O del tipo:
"Llevamos veinte minutos hablando y siento que no me estás escuchando." "Estoy escuchando. Pero también estoy pensando en que hay que cambiar el seguro del coche, en una canción que me suena de fondo, y en si dejé el gas encendido."
Estas conversaciones, repetidas tres veces por semana durante dos meses, generan algo muy concreto: resentimiento. No porque nadie sea mala persona. Sino porque una parte de la pareja siente que carga con todo lo invisible y la otra siente que falla constantemente sin saber por qué.
¿Por qué la convivencia amplifica el TDAH?
Porque la convivencia es el hábitat natural de todo lo que el TDAH gestiona peor.
Antes de casaros, cada uno tenía su espacio. Sus horarios. Sus formas de funcionar. Si tú dejabas los calcetines en el suelo tres días, nadie te decía nada. Si te olvidabas de comprar leche, ibas al Mercadona a las once de la noche y listo.
Ahora hay otra persona que ve todo eso. En tiempo real. Y esa persona, si no tiene TDAH, interpreta esos olvidos como falta de interés. Como "si me quisieras, te acordarías". Como si olvidar fuera una elección.
Y no lo es.
El TDAH no elige olvidar. No elige distraerse a mitad de una conversación importante. No elige empezar a ordenar el armario cuando había quedado en hacer la cena. Es un cerebro que funciona diferente, no un cerebro que pasa de ti.
Pero explicar eso cuando tu pareja está cabreada porque es la cuarta vez esta semana que se te ha olvidado algo... es complicado. Porque suena a excusa. Aunque no lo sea.
¿Y la otra persona? ¿Qué siente la pareja sin TDAH?
Frustración. Cansancio. Y una sensación horrible de que se está convirtiendo en la madre o el padre de su propia pareja.
Porque cuando uno de los dos olvida sistemáticamente, el otro compensa. Lleva las cuentas. Recuerda las citas médicas. Organiza las vacaciones. Revisa que todo esté hecho. Y eso, con el tiempo, mata la atracción. Nadie quiere acostarse con alguien a quien ha tenido que recordarle tres veces que pague el recibo de la luz.
Es una trampa. Porque la persona sin TDAH empieza a controlar más, y la persona con TDAH se siente más controlada, y se retira. Y cuanto más se retira, más controla el otro. Y el bucle no para.
Las mismas discusiones, una y otra vez
¿Qué se puede hacer antes de que la cosa se pudra?
Tres cosas. Solo tres. Pero las tres son importantes.
Primero: nombrar lo que está pasando. Si uno de los dos tiene TDAH (diagnosticado o sospechado), hay que ponerlo encima de la mesa. No como excusa. Como contexto. "Oye, mi cerebro funciona así. No es que no me importe. Es que necesito sistemas externos porque mi memoria de trabajo es un colador."
Segundo: separar el TDAH de la persona. No es "tú nunca te acuerdas de nada". Es "el TDAH hace que tu memoria de trabajo falle, y necesitamos un sistema para que eso no nos afecte". La diferencia entre esas dos frases es la diferencia entre una discusión de hora y media y una conversación de diez minutos.
Tercero: aprender a comunicarse de otra manera. Porque la comunicación estándar no funciona cuando uno de los dos cerebros filtra la información de forma diferente. No vale con "ya te lo dije". Hay que repetir. Hay que escribir. Hay que crear sistemas compartidos. Hay que dejar de asumir que decir algo una vez equivale a que el otro lo ha procesado.
Esto no es romanticismo. Es fontanería emocional. No es bonito. Pero es lo que mantiene la casa en pie.
No estáis rotos. Estáis aprendiendo a vivir juntos con un cerebro que no venía con manual
Lo peor que podéis hacer es pensar que esto significa que os habéis equivocado. Que no deberíais haberos casado. Que si fuera la persona correcta, todo fluiría.
No. Todo no fluye. Nunca. Con nadie. La diferencia es que cuando hay TDAH de por medio, las fricciones normales se amplifican. Lo que para otra pareja es "se te ha olvidado comprar pan", para vosotros es el detonante de una conversación sobre si de verdad te importa esta relación.
Y eso agota.
Pero se puede trabajar. Se trabaja nombrando las cosas, entendiendo cómo funciona el cerebro del otro, dejando de culparse mutuamente y creando sistemas que compensen lo que el TDAH se lleva por delante.
No necesitáis ser la pareja perfecta. Necesitáis ser la pareja que sabe lo que tiene y trabaja con ello en vez de contra ello.
La luna de miel se acabó. La convivencia real ha empezado. Y eso no es el final de nada. Es el principio de lo que de verdad importa.
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