"Los rockstars son así": por qué confundir TDAH con rock and roll es peligroso
Ozzy, Keith Richards, Jim Morrison. "Son rockstars, es normal". No. Confundir TDAH con actitud rock tiene consecuencias reales y peligrosas.
Ozzy muerde murciélagos. Keith Richards sobrevive a todo. Jim Morrison se autodestruye. Y todo el mundo dice "son rockstars, es normal". No. No es normal. Y esa confusión tiene consecuencias.
Porque cada vez que alguien mira a un músico con comportamiento errático, impulsivo, autodestructivo, y dice "bueno, es que los rockstars son así", está enterrando algo debajo de la alfombra. Algo que tiene nombre. Algo que se puede diagnosticar, tratar y gestionar.
Pero no lo hacemos. Porque mola más la leyenda.
¿Desde cuándo lo destructivo se convirtió en parte del espectáculo?
Hay un momento en la historia del rock en el que alguien decidió que destrozar una habitación de hotel era parte del trabajo. Que beber hasta perder el conocimiento era "vivir al límite". Que la incapacidad de mantener relaciones estables, de gestionar el dinero, de seguir un plan o de controlar impulsos era simplemente "la actitud rock and roll".
Y se nos quedó grabado a fuego.
Cuando Keith Moon destrozaba baterías y hoteles, la prensa lo celebraba. Cuando Ozzy hacía locuras en directo, la gente aplaudía. Cuando Jim Morrison se presentaba borracho en el escenario y provocaba al público hasta el punto de que le arrestaran, se convertía en leyenda.
Nadie se paraba a preguntar por qué.
Nadie decía "oye, igual este tío necesita ayuda". Porque la narrativa era mejor sin esa pregunta. El rockstar loco vende discos. El rockstar medicado no vende portadas.
El problema de romantizar el caos
Esto no es solo historia del rock. Esto sigue pasando hoy.
Cada vez que alguien describe comportamientos que encajan perfectamente con un TDAH no diagnosticado y los etiqueta como "personalidad artística", está haciendo algo peligroso. Está convirtiendo síntomas en estética.
La impulsividad no es actitud. Es un cerebro que toma decisiones sin que la parte racional tenga tiempo de intervenir.
La búsqueda constante de estímulos extremos no es vivir al límite. Es un sistema de dopamina que no funciona como debería y necesita dosis cada vez más altas para sentir algo.
La incapacidad de mantener rutinas, de cumplir compromisos, de gestionar emociones sin explotar, no es "ser un alma libre". Es desregulación ejecutiva y emocional.
Pero claro, "desregulación ejecutiva" no queda bien en la biografía de un disco de platino.
Es la misma trampa de siempre. La que convierte el sufrimiento real en una historia inspiradora que vender. Y como explican en este análisis sobre idealizar famosos con TDAH, esa trampa no solo es injusta con quienes la padecen. Es peligrosa para quienes se la creen.
¿Cuántos rockstars con TDAH hemos perdido por culpa del mito?
Esta es la pregunta que nadie quiere hacer.
Porque si empiezas a tirar del hilo, te encuentras con una lista de nombres que te revuelve el estómago. Músicos que murieron jóvenes. Que se autodestruyeron públicamente. Que pasaron años en espirales de adicción, comportamiento errático y relaciones rotas. Y que en vez de recibir ayuda, recibieron aplausos.
Jim Morrison murió a los 27 años. Janis Joplin, a los 27. Jimi Hendrix, a los 27. Keith Moon, a los 32. Amy Winehouse, a los 27. Bon Scott, a los 33.
No digo que todos tuvieran TDAH. No tengo sus historiales clínicos. Pero mira los patrones. Impulsividad extrema. Abuso de sustancias como automedicación. Incapacidad de gestionar el éxito, las emociones, las relaciones. Hipersensibilidad camuflada de dureza.
¿Cuántos de esos "excesos de rockstar" eran en realidad síntomas sin nombre?
No lo sabremos nunca. Porque en su época, el TDAH en adultos prácticamente no existía como diagnóstico. Y aunque hubiera existido, nadie habría querido escucharlo. Porque el mito era más rentable que la verdad.
Es lo mismo que pasa cuando alguien dice que triunfaron POR el TDAH. Es cómodo. Es bonito. Y es mentira. Triunfaron a pesar de un cerebro que nadie les ayudó a entender. Y algunos no triunfaron. Algunos simplemente no sobrevivieron.
La automedicación disfrazada de fiesta
Esto es lo que más me fastidia del mito del rockstar.
Las drogas y el alcohol en el mundo del rock no son solo "fiesta". Para muchos músicos, son la única forma que encontraron de regular un cerebro que no paraba. De bajar el volumen. De dormir. De funcionar.
Un cerebro con TDAH tiene un sistema de dopamina que no trabaja como debería. Necesita estimulación constante. Y cuando no la consigue de forma saludable, la busca donde puede. Sustancias. Riesgo. Excesos. Lo que sea que le dé al cerebro lo que le falta.
Eso no es actitud rock and roll. Es automedicación. Y cuando la cultura entera te aplaude por hacerlo en vez de preguntarte si estás bien, el resultado es predecible.
Porque nadie se automedica por diversión. Se automedica porque algo duele y no sabe qué es.
¿Por qué seguimos cayendo en lo mismo?
Porque el mito es cómodo para todos.
Para la industria musical, un artista caótico es un producto que se vende solo. La controversia genera titulares. Los excesos generan documentales. La muerte joven genera legado eterno.
Para el público, es más fácil admirar al "genio loco" que aceptar que estás viendo a alguien sufrir en directo. Porque si aceptas que lo que ves es sufrimiento, tienes la responsabilidad moral de no aplaudirlo. Y eso es incómodo.
Para la persona con TDAH sin diagnosticar que está en el público, es reconfortante pensar "soy así porque soy especial, como los rockstars". Porque la alternativa es pensar "igual necesito ayuda". Y eso da miedo.
Es el mismo mecanismo que funciona con la idea de los genios excéntricos. Convertimos la neurodivergencia en mitología para no tener que tratarla como lo que es: una condición real que necesita comprensión y, muchas veces, tratamiento.
Lo que cambiaría si dejáramos de comprar el mito
Imagina que en los años 60, alguien le hubiera dicho a Keith Moon: "Oye, lo que te pasa tiene nombre. No eres un loco. Tu cerebro funciona diferente. Y hay formas de gestionarlo sin destrozarte".
Imagina que en los 70, alguien le hubiera dicho a Jim Morrison lo mismo.
Imagina que a Amy Winehouse, en 2006, en vez de fotografiarla saliendo de un taxi descalza para vender portadas, alguien con poder en su entorno hubiera dicho: "Esto no es rock and roll. Esto es una persona que necesita ayuda de verdad".
No digo que el TDAH sea la explicación de todo. Pero sí digo que mientras sigamos llamando "actitud" a lo que podrían ser síntomas, vamos a seguir perdiendo gente. En la música y fuera de ella.
Porque el chaval de 22 años que no puede mantener un trabajo, que bebe de más los jueves, que toma decisiones impulsivas que luego no entiende, no necesita que le digan "eres un rockstar, tío". Necesita que alguien le pregunte cómo está de verdad.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza va a un ritmo que el mundo no entiende, que tus impulsos te llevan a sitios que luego no reconoces, puede que no sea actitud. Puede que sea un cerebro que funciona diferente y que nadie te ha ayudado a entender.
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