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El email que reescribes 7 veces y al final no envías con TDAH

Con TDAH cada email se convierte en una tesis que reescribes 7 veces. Demasiado seco, demasiado largo, demasiado raro. Y al final cierras Gmail.

tdah

Primer borrador demasiado seco. Segundo demasiado largo. Tercero suena raro. Cuarto parece enfadado. Quinto es peor que el primero. Sexto lo borras entero. Séptimo cierras Gmail.

Con TDAH cada email es una tesis doctoral que nunca se defiende.

Y lo peor no es el tiempo que pierdes. Lo peor es que el email original tenía tres líneas. Tres. "Hola, te envío el documento adjunto. Si tienes dudas, me dices." Eso era todo. Pero tu cerebro decidió que esas tres líneas podían malinterpretarse de diecisiete formas distintas y que necesitabas blindar cada una.

¿Por qué un simple email se convierte en una obra de ingeniería con TDAH?

Porque tu cerebro no lee lo que has escrito. Lee lo que el otro podría interpretar. Y como las posibilidades de interpretación son infinitas, las revisiones también lo son.

"Te envío el documento." ¿Suena demasiado seco? Mejor añadir un "espero que te sea útil". Pero ahora suena demasiado servil. Quita eso. Pon un "cualquier cosa me dices". Pero eso es muy informal para tu jefe. Cámbialo a "quedo a tu disposición". Ahora suenas como un contestador automático de 1997.

Y así entras en el bucle. Cada cambio genera un nuevo problema. Cada corrección abre una nueva puerta a la duda. Es como intentar arreglar un grifo y acabar con toda la cocina desmontada.

Esto tiene nombre: se llama parálisis por perfeccionismo. Tu cerebro con TDAH tiene una relación tóxica con el perfeccionismo. No te deja enviar nada que no sea perfecto. Y como perfecto no existe, no envías nada.

El coste invisible de un email de tres líneas

Treinta minutos. Eso es lo que tarda de media una persona con TDAH en enviar un email que un cerebro neurotípico despacha en dos minutos. Y no es un número inventado. Piénsalo. Cuántas veces has mirado la hora después de pelear con un correo y has pensado "no puede ser que haya pasado media hora".

Pero el coste real no es el tiempo. Es la energía.

Reescribir un email siete veces quema la misma energía mental que resolver un problema complejo. Tu cerebro no distingue entre "redactar tres líneas para recursos humanos" y "diseñar la estrategia de un lanzamiento". Para él, todo requiere el mismo nivel de procesamiento. Y cuando terminas ese email de tres líneas, estás tan agotado como si hubieras corrido un maratón. Un maratón en el que no has avanzado ni un metro.

Por eso al final del día tienes la bandeja llena de borradores y cero emails enviados. Es lo mismo que quedarte seis horas delante del email y que el email siga en blanco. No es que no quieras contestar. Es que tu cerebro convierte cada respuesta en un examen final.

La trampa del tono perfecto

Hay algo que la gente sin TDAH no entiende. No reescribes el email porque no sepas qué decir. Lo reescribes porque no sabes cómo suena.

Lees tus propias palabras con la voz del otro. Y esa voz siempre encuentra algo mal. Demasiado frío. Demasiado entusiasta. Demasiado corto y parece que pasas del tema. Demasiado largo y parece que estás desesperado. Es como intentar elegir outfit mirándote en un espejo que cambia de forma cada vez que pestañeas.

Y luego está el clásico: escribes el email perfecto, lo relees una última vez antes de darle a enviar, y de repente te parece horrible. Todo horrible. El saludo, el cuerpo, la despedida, la firma. Todo. Así que lo borras y empiezas de cero. Otra vez.

La séptima versión suele ser casi idéntica a la primera. Pero han pasado 40 minutos y ya no tienes energía para darte cuenta.

Lo que realmente pasa cuando no contestas

Los emails se acumulan. Obviamente. Pero no se acumulan en la bandeja de entrada. Se acumulan en tu cabeza.

Cada email sin contestar es una pestaña abierta en tu cerebro. Y tu cerebro con TDAH ya tiene demasiadas pestañas abiertas. Así que los correos pendientes no solo están ahí. Están consumiendo RAM en segundo plano las 24 horas del día.

Y cada día que pasa sin contestar, contestar se vuelve más difícil. Porque ahora no solo tienes que escribir el email. Tienes que justificar el retraso. "Perdona por tardar en contestar" es una frase que has escrito tantas veces que deberías tenerla en el autocompletado. Y esa frase genera su propia espiral de reescritura. Porque "perdona por tardar" suena a excusa. Y "disculpa la demora" suena a robot.

Es el mismo patrón de los emails del trabajo que se quedan sin contestar. No es dejadez. Es un sistema nervioso que convierte cada notificación en una microcrisis de decisión.

El email que nunca necesitó siete versiones

La verdad que nadie te dice es que la primera versión estaba bien. Casi siempre está bien. El problema no era el email. El problema es que tu cerebro necesita certeza antes de actuar, y los emails son el terreno más incierto que existe. No ves la cara del otro. No oyes su tono. No sabes si leerá tu "ok" como un "ok, perfecto" o como un "ok, me da igual lo que digas".

Y esa incertidumbre es gasolina para la rumiación.

Lo que me funciona a mí no es escribir mejor. Es escribir peor a propósito. Primer borrador, enviar. Sin releer. Sin ajustar. Sin la quinta revisión del tono. Porque un email imperfecto enviado vale infinitamente más que un email perfecto que sigue en borradores.

No vas a dejar de reescribir de un día para otro. Tu cerebro lleva años entrenado para revisar cada palabra como si fuera un contrato legal. Pero puedes empezar por algo pequeño. El próximo email que tenga menos de cinco líneas, envíalo a la primera. Sin releer. Sin tocar nada. Dale a enviar como quien arranca una tirita. Rápido y sin pensar.

El mundo no se acaba. Te lo prometo. Y tu bandeja de borradores te lo agradecerá.

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Si reescribes cada email como si fuera un tratado de paz internacional y al final lo dejas en borradores de todos modos, quizá el problema no es tu redacción. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. 10 minutos para entender por qué tu cerebro convierte tres líneas en una batalla campal.

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