Seis horas de actividad constante y el email seguía en blanco

Seis horas delante de un email en blanco. Lo que la gente llama pereza tiene otro nombre. Y no es falta de ganas. Es parálisis ejecutiva.

Me senté a escribir un email a las 4 de la tarde. A las 10 de la noche tenía la cocina limpia, tres vídeos vistos, y un artículo sobre dinosaurios leído. El email seguía exactamente igual que a las 4. En blanco. Ni una coma.

Si midieras mi productividad por actividad, fui productivísimo. Seis horas sin parar de hacer cosas. Pero si la mides por lo que tenía que hacer, fui un desastre con matrícula de honor.

La cocina estaba reluciente. El email, intacto. Mis conocimientos sobre el Spinosaurus, eso sí, por las nubes.

Y lo peor no es que no lo hiciera. Lo peor es que en ningún momento decidí no hacerlo. Nunca me levanté de la silla y dije "paso del email, me voy a ver vídeos."

Eso habría sido una decisión. Una decisión la puedes cambiar. Lo que me pasó es otra cosa. Mi cerebro lo hizo solo, sin consultarme, sin pedirme permiso.

Funciona como un hipervínculo humano. Abro el documento.

Leo la primera frase. Esa frase me recuerda a algo.

Ese algo me lleva a otra cosa. Y de repente estoy leyendo sobre el Spinosaurus y no tengo ni la más remota idea de cómo he llegado ahí. Si alguien me hubiera grabado desde fuera, habría parecido que estaba ocupadísimo. Y lo estaba. Solo que en nada de lo que tenía que estar.

Eso es lo que hace el TDAH. No te roba las ganas.

Te roba el control del interruptor. El interruptor funciona perfectamente.

Enciende cosas. Te mete en modo concentración absoluta.

Pero no para lo que tú quieres. Funciona para lo que tu cerebro quiere.

Y tu cerebro quiere estímulo. Quiere novedad. Quiere ese subidoncito de dopamina que le da abrir una pestaña nueva, descubrir un dato curioso, limpiar algo que ya estaba limpio. El email no le da nada de eso. Así que el cerebro pasa olímpicamente del email y se busca la vida por otro lado.

Es como un chaval de 5 años en una tienda de chuches. No va a coger la manzana que le has puesto en la mochila. Va a ir directo a lo que brilla. Y la manzana se queda ahí, intacta, mientras el chaval lleva tres chupachups y una bolsa de gominolas.

A eso la gente le llama pereza. "Es que no te organizas." "Es que no pones voluntad." "Es que si de verdad quisieras, lo harías."

Claro. Como si fuera tan fácil. Como si yo no hubiera intentado mil sistemas, mil apps, mil post-its en la pantalla del ordenador, mil alarmas en el móvil. El problema no es que no quiera. El problema es que mi cerebro tiene sus propias prioridades y yo me entero de cuáles eran tres horas después, cuando ya estoy metido en un agujero de Wikipedia sobre fósiles marinos.

Y el email sigue en blanco.

Hay un muro invisible entre saber lo que tienes que hacer y hacerlo. La gente sin TDAH no entiende ese muro porque para ellos no existe.

Se sientan, lo hacen, y ya. Para nosotros, sentarnos es solo el primer paso de una carrera de obstáculos que nuestro propio cerebro ha montado. Sin avisarnos. Sin manual de instrucciones.

No es pereza. Es un cerebro que funciona diferente. Y una vez que lo entiendes, al menos puedes dejar de machacarte por ello. Que ya es algo.

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Por cierto, mi psicóloga me enseñó un truco que ojalá me hubieran contado hace años. Lo he dejado gratis aquí por si te sirve.

Esto es experiencia, no diagnóstico. Si crees que el TDAH explica cosas que llevas años sin entender, el siguiente paso es un profesional.

El truco de la psicóloga

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