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Carnaval con TDAH: cuando la fiesta es demasiado para tu cerebro

Música, disfraces, purpurina y 400 estímulos a la vez. Tu cerebro con TDAH en carnaval no celebra, sobrevive.

tdah

Música a todo volumen. Gente disfrazada. Purpurina hasta en sitios imposibles. Tu cerebro intenta procesar 400 estímulos a la vez y decide apagarse en mitad de la fiesta.

Estás ahí, rodeado de gente que lo está pasando genial, y tú solo quieres irte a casa.

No porque seas aburrido. No porque no te gusten las fiestas. Sino porque tu cerebro lleva diez minutos intentando escuchar lo que te dice tu amigo mientras procesa la música, los gritos, el tío disfrazado de Bob Esponja que pasa por detrás, el olor a churro mezclado con perfume barato y el confeti que te entra en los ojos.

Todo a la vez. Sin filtro. Sin pausa.

Y de repente ya no estás disfrutando. Estás sobreviviendo.

¿Por qué las fiestas multitudinarias son una tortura para un cerebro con TDAH?

Porque tu cerebro no tiene portero en la puerta.

Un cerebro neurotípico hace algo que parece simple pero que es increíblemente complejo: filtra. Decide qué estímulos son importantes y cuáles puede ignorar. La música de fondo la manda al fondo. La conversación la pone en primer plano. Los gritos lejanos los descarta. El olor a comida lo registra sin darle prioridad.

Tu cerebro con TDAH no hace eso. Tu cerebro lo procesa todo a la vez, al mismo volumen, con la misma urgencia. La música es tan importante como la conversación. El confeti es tan relevante como la cara de tu amigo. El tío de Bob Esponja compite en atención con lo que te están diciendo.

No es que seas sensible. Es que tu sistema de filtrado funciona diferente.

Y en un entorno normal, con estímulos controlados, puedes compensar. Pero el carnaval no es un entorno normal. El carnaval es una bomba sensorial diseñada para sobreestimular. Colores saturados, ruido constante, gente por todos lados, movimiento en cada dirección. Es el equivalente a meterle 47 pestañas abiertas a un navegador que ya iba lento.

Tu cerebro hace lo único que puede hacer: colapsar.

¿Eso quiere decir que no puedo disfrutar del carnaval?

No. Quiere decir que lo disfrutas diferente. Y que necesitas saber cómo funciona tu cerebro para no acabar la noche preguntándote qué te pasa.

Porque eso es lo peor. No la sobreestimulación en sí. Sino la historia que te cuentas después.

"Todo el mundo se lo pasa bien menos yo." "Soy raro." "No sé disfrutar de nada."

Esa es la parte que duele de verdad. La comparación. Ver a todo el mundo celebrando mientras tú necesitas salir a la calle a respirar cinco minutos porque el ruido te está comiendo vivo.

Y no es que seas antisocial. No es que tengas un problema con la diversión. Es que tu cerebro tiene una sensibilidad sensorial que la mayoría de la gente no entiende porque no la experimenta. Para ti, ese nivel de estímulos no es fiesta. Es asalto.

¿Qué puedes hacer sin renunciar a todo?

Primero, dejar de obligarte a disfrutar como los demás. Eso es como pedirle a alguien que no sabe nadar que disfrute de una piscina olímpica. Puedes disfrutar del agua. Pero quizá no en la parte honda.

Algunas cosas que a mí me funcionan:

Ir con un plan de escape. Suena dramático, pero es liberador. Saber que puedes irte cuando quieras, sin dar explicaciones, sin sentir que fallas, cambia completamente la experiencia. No es lo mismo estar atrapado que estar eligiendo quedarte.

Buscar los bordes. Las fiestas tienen centro y tienen periferia. El centro es donde están los altavoces, la masa de gente y el caos máximo. Los bordes son donde puedes respirar. Yo siempre acabo en una esquina hablando con tres personas, y lo paso mejor que metiéndome en el mogollón.

Pausas sin culpa. Salir cinco minutos. Ir al baño aunque no tengas ganas. Mirar el móvil un rato. Lo que sea que le dé a tu cerebro un descanso de procesar tanto estímulo junto. No eres débil por necesitarlo. Eres listo por dártelo.

Elegir tus batallas. No tienes que ir a todo. No tienes que quedarte hasta el final. No tienes que demostrar que puedes aguantar. Nadie te va a dar un premio por forzarte hasta que tu cerebro diga basta.

¿Y la parte social?

Ahí entra otro monstruo. Porque el carnaval no es solo ruido y luces. Es gente. Mucha gente. Y gestionar interacciones sociales con un cerebro que ya está saturado es como intentar hacer un examen de mates mientras alguien te tira pelotas a la cara.

La ansiedad social y el TDAH

Es agotador. Y es real. Y no, no se soluciona con "relájate y pásatelo bien".

No eres el problema

El carnaval no está diseñado para cerebros que procesan todo. Está diseñado para cerebros que filtran sin esfuerzo, que bajan el volumen de lo que no importa, que disfrutan del caos porque su sistema nervioso lo gestiona automáticamente.

Tu cerebro no hace eso. Y no es un defecto. Es una diferencia.

La misma sensibilidad que te hace sufrir en una fiesta multitudinaria es la que te hace notar detalles que nadie más ve. La que te permite conectar ideas que a otros ni se les ocurren. La que hace que cuando algo te interesa de verdad, te sumerjas con una intensidad que la mayoría de la gente no conoce.

Pero en el carnaval, esa sensibilidad juega en tu contra. Y lo único que puedes hacer es saberlo, aceptarlo, y dejar de castigarte por no ser como los demás.

Porque la fiesta que tú necesitas no tiene por qué ser la misma que la del resto.

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Si lo de procesar todo a la vez, saturarte en sitios con mucha gente y sentir que tu cerebro funciona diferente te suena demasiado familiar, hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero te da más información sobre tu cerebro que una noche de carnaval intentando encajar. 10 minutos, gratis, y sin confeti.

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