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Siempre pierdo el hilo de lo que estoy diciendo y la gente me mira raro

Estás hablando, pierdes el hilo de la conversación y todo el mundo te mira. No es despiste: tu cerebro funciona diferente.

tdah

Estás contando algo. Algo importante. Llevas 30 segundos y de repente... ¿de qué estabas hablando? La otra persona espera. Y tú solo quieres que te trague la tierra.

Lo peor no es perder el hilo. Lo peor es la cara del otro. Esa mezcla de paciencia forzada y confusión educada que dice "te estoy esperando pero no sé cuánto más puedo fingir".

Y tú ahí, sonriendo como si no pasara nada, mientras tu cerebro rebusca entre cajones vacíos intentando recordar por dónde ibas.

"¿Qué estaba diciendo?"

"No sé, algo de tu jefe."

"Ah sí. Bueno, da igual."

No da igual. Pero es más fácil dejarlo pasar que admitir que tu cerebro acaba de hacer un hard reset en mitad de una frase.

¿Por qué pierdo el hilo de lo que estoy diciendo a mitad de frase?

Porque tu cerebro no funciona como una autopista con un solo carril. Funciona como una rotonda con 14 salidas y ninguna señal.

Mientras hablas, tu cabeza está procesando lo que dices, lo que vas a decir, lo que ha dicho la otra persona, el ruido de fondo, esa cosa que tienes que comprar en el súper, y un recuerdo aleatorio de cuando tenías 12 años. Todo a la vez. En paralelo.

Y en algún momento, uno de esos pensamientos secundarios se cruza delante del principal. Tu atención se va detrás de él durante medio segundo. Y cuando vuelve, la frase que estabas construyendo ya no está.

Se ha ido. Como si alguien hubiera borrado la pizarra.

Esto no es falta de inteligencia. No es que no te importe la conversación. Es que tu atención funciona como un foco roto que alumbra donde le da la gana, y a veces ese foco decide cambiar de dirección justo cuando más lo necesitas.

No es solo perder el hilo. Es todo lo que viene después.

Lo de perder el hilo es el síntoma visible. Pero por debajo hay una cascada de cosas que nadie ve.

Primero, la vergüenza. Esa sensación de "soy tonto" que te asalta cada vez que pasa. Da igual que lleves toda la vida siendo una persona capaz. En ese momento, te sientes como el único que no puede hacer algo tan básico como terminar una frase.

Después, la compensación. Empiezas a hablar más rápido para llegar al punto antes de que tu cerebro te traicione. O te enrollas con detalles innecesarios para ganar tiempo mientras intentas recordar a dónde ibas. O directamente hablas antes de pensar porque si te lo guardas dos segundos más, desaparece.

Y luego, la evitación. Dejas de contar historias largas. Dejas de participar en conversaciones de grupo. Te vuelves el que escucha, el que asiente, el que dice "sí, totalmente" mientras piensa "menos mal que no me han preguntado a mí".

Todo eso por un cerebro que no regula bien la memoria de trabajo.

¿Qué es la memoria de trabajo y por qué la tuya se va de vacaciones?

La memoria de trabajo es como el escritorio de tu ordenador. Es el espacio donde tienes abiertas las cosas con las que estás trabajando ahora mismo. La frase que estás diciendo, el contexto de la conversación, lo que quieres decir después.

En un cerebro neurotípico, ese escritorio tiene espacio de sobra. Puedes tener abiertos tres o cuatro archivos sin problema.

En un cerebro con TDAH, ese escritorio tiene el tamaño de un post-it. Y encima alguien lo sacude cada pocos segundos.

Tu cerebro no pierde el hilo porque sea defectuoso. Lo pierde porque la dopamina que necesita para mantener esa información activa no llega como debería. Tu concentración dura lo que dura un anuncio de YouTube: a veces suficiente, a veces no, y casi nunca cuando más la necesitas.

Es como tener una mesa donde puedes poner tres cosas, pero cada 20 segundos alguien te tira una al suelo. A veces la recoges a tiempo. A veces no.

Lo que la gente no entiende

"Es que no me escuchas."

Sí te escucho. Probablemente te escucho más que la mayoría, porque estoy haciendo un esfuerzo consciente y brutal para seguir la conversación. Lo que pasa es que ese esfuerzo se agota. Y cuando se agota, mi cerebro decide que es buen momento para pensar en si cerré la puerta del coche.

"Siempre te pierdes en las reuniones."

Sí. Porque una reunión de una hora para un cerebro con TDAH es como correr una maratón con zapatillas dos tallas menos. Puedes, pero no sin consecuencias.

La gente asume que escuchar es pasivo. Que solo tienes que estar ahí y prestar atención. Pero para nosotros, prestar atención es un deporte. Un deporte que practicamos todo el día, todos los días, sin descanso. Y a veces nos quedamos sin piernas a mitad del partido.

¿Se puede hacer algo o estoy condenado a esto?

Se puede. No se cura, porque no es una enfermedad. Pero se gestiona.

Algunas cosas que a mí me funcionan:

Aceptar que va a pasar. Suena tonto, pero dejar de pelear contra ello quita presión. "Se me ha ido, dame un segundo." Eso. Sin drama. Sin disculpas de tres minutos. Normalízalo y la otra persona lo normaliza también.

Hablar con estructura. Antes de soltar una historia, piensa en el remate. Si sabes a dónde vas, es más fácil volver cuando te pierdes. No siempre funciona, pero ayuda.

Verbalizar el pensamiento parásito. A veces, cuando un pensamiento random te interrumpe, lo mejor es decirlo en voz alta. "Espera, acabo de pensar en algo completamente random, ignórame un segundo." La gente lo entiende mejor de lo que crees.

Apoyarte en la otra persona. "¿Qué estaba diciendo?" no es debilidad. Es una herramienta. Las personas que te quieren no te van a juzgar por ello. Y las que sí te juzgan probablemente no merecen la versión larga de tus historias.

Tu cerebro no tiene un fallo. Tiene un estilo.

Perder el hilo no te hace tonto, ni maleducado, ni despistado crónico. Te hace alguien con un cerebro que procesa demasiadas cosas a la vez y a veces se tropieza con sus propios cables.

No es que no te importe lo que dice la otra persona. Es que tu cabeza tiene tantas puertas abiertas que el viento se lleva las cosas de vez en cuando.

Y sí, es frustrante. Y sí, hay días que te gustaría tener un cerebro que simplemente funcionara en línea recta. Pero ese cerebro también es el que conecta ideas que nadie más conecta. El que ve patrones donde otros ven caos. El que tiene historias de las buenas, aunque a veces tarde dos intentos en contarlas.

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