Perfeccionismo y TDAH: cuando no hacerlo perfecto es no hacerlo
Llevas meses sin empezar el proyecto porque sabes que no va a quedar perfecto. No es pereza. Es perfeccionismo con TDAH. Y es una trampa.
No empiezo el proyecto porque sé que no va a quedar perfecto. Y si no va a quedar perfecto, ¿para qué empezarlo?
Y así llevo seis meses con la carpeta vacía.
No es una frase dramática. Es literal. Tengo una carpeta en el escritorio del ordenador que se llama "Proyecto nuevo". Lleva ahí desde junio. Vacía. La abro de vez en cuando, la miro, y la cierro. Como quien abre la nevera sin hambre. Solo para confirmar que sigue ahí. Que sigue vacía. Que sigo sin hacer nada.
Y lo peor es que sé perfectamente qué tengo que hacer. No es un problema de no saber. Es un problema de no poder empezar algo que no voy a hacer bien a la primera.
¿Desde cuándo los que no terminamos nada somos perfeccionistas?
Parece contradictorio. TDAH y perfeccionismo en la misma frase suena a broma. Si soy un desastre, si pierdo las llaves tres veces por semana, si tengo 40 pestañas abiertas y no recuerdo por qué abrí ninguna, ¿cómo voy a ser perfeccionista?
Pues así.
Porque el perfeccionismo del TDAH no es el de la persona ordenada que pule cada detalle con calma. No es el cirujano que revisa cada punto de sutura. El perfeccionismo del TDAH es paralizante. Es el que te impide empezar porque tu cerebro ya ha calculado todas las formas en las que va a salir mal, y ha decidido que es mejor no intentarlo.
Es un mecanismo de defensa. Si no empiezo, no fracaso. Si no fracaso, no me siento como una basura. Si no me siento como una basura, sobrevivo un día más sin enfrentarme a la evidencia de que no soy capaz.
Spoiler: sí eres capaz. Pero tu cerebro lleva años convenciéndote de lo contrario.
El bucle del todo o nada
Esto funciona así.
Tienes una idea. Te emociona. Tu cerebro suelta un chorro de dopamina y durante 20 minutos eres la persona más motivada del planeta. Ya te ves terminando el proyecto, enseñándoselo a la gente, recibiendo aplausos. La película completa.
Luego te sientas a hacerlo.
Y la realidad no se parece a la película. El primer párrafo es mediocre. El diseño no queda como lo imaginabas. El código tiene un error. Y tu cerebro, que hace cinco minutos estaba celebrando, ahora dice: "esto es una porquería. Déjalo. No vale la pena."
Y lo dejas.
No lo dejas porque seas vago. Lo dejas porque tu cerebro necesita urgencia real para arrancar, y la urgencia no aparece cuando el estándar que te has puesto es la perfección. Porque la perfección no tiene fecha límite. La perfección es un horizonte que se aleja cada vez que das un paso.
Así que te quedas quieto. Es más fácil.
La trampa de "cuando esté listo"
"Empiezo cuando tenga más tiempo." "Empiezo cuando sepa más." "Empiezo cuando tenga claro cómo va a ser."
Mentira.
No vas a empezar cuando estés listo porque nunca vas a estar listo. El listo no existe. Es una ilusión que tu cerebro crea para justificar la inacción. Y funciona de maravilla porque suena responsable. Suena a prudencia. Suena a "no quiero hacer las cosas mal".
Pero lo que realmente está pasando es que tienes miedo. Miedo a que salga mal. Miedo a que no sea suficiente. Miedo a que alguien lo vea y piense que eres un fraude.
Y ese miedo se alimenta de cada proyecto que no empezaste, de cada idea que se quedó en la cabeza, de cada carpeta vacía que llevas meses mirando sin abrir. Porque cada vez que no empiezas, tu cerebro anota: "¿ves? No pudiste. Otra vez." Y la siguiente vez el miedo es un poco más grande.
¿Por qué el cerebro con TDAH es tan buen perfeccionista?
Porque ha aprendido a compensar.
Cuando llevas toda la vida recibiendo mensajes de que eres despistado, de que no te esfuerzas lo suficiente, de que podrías dar más, tu cerebro desarrolla un sistema de compensación. Y ese sistema dice: si lo voy a hacer, tiene que ser perfecto. Porque si es perfecto, nadie puede criticarme. Si es perfecto, demuestro que no soy lo que dicen.
Es la misma lógica que te hace reescribir un email siete veces antes de enviarlo en el trabajo. No lo haces por profesionalidad. Lo haces porque cada error, por pequeño que sea, confirma la narrativa de que no eres suficiente.
Y tu cerebro, que funciona con dopamina y no con disciplina, no puede sostenerse en ese nivel de exigencia. Así que se rinde antes de empezar. Porque empezar mal es peor que no empezar.
Al menos eso es lo que te dice. Y tú le crees.
Imperfecto pero publicado
La frase que más me ha costado interiorizar en mi vida es esta: imperfecto pero publicado.
Tres palabras que van en contra de todo lo que mi cerebro me dice. Porque mi cerebro dice: si no está perfecto, no lo publiques. Si no está perfecto, no lo enseñes. Si no está perfecto, no existe.
Pero la realidad es que el 80% de las cosas que he publicado, de los proyectos que he sacado adelante, de los vídeos que he subido, eran imperfectos. Todos. Sin excepción. Y nadie se murió. Y algunos de esos proyectos imperfectos son los que mejor han funcionado.
Porque el mundo no quiere perfección. El mundo quiere cosas que existan. Y una cosa mediocre que existe le gana siempre a una cosa perfecta que nunca salió de tu cabeza.
El primer vídeo de cualquier youtuber es malo. La primera versión de cualquier producto es mala. El primer borrador de cualquier libro es malo. Pero existen. Y porque existen, pueden mejorar. La carpeta vacía no puede mejorar. No hay nada que mejorar.
¿Y cómo se sale de esto?
No con motivación. No con frases bonitas. No con "cree en ti mismo" ni con "hazlo con miedo".
Se sale con la barrera invisible entre tú y la tarea reducida al mínimo. Con trucos sucios. Con engaños a tu propio cerebro.
El que mejor me funciona: hacer la versión mala a propósito.
No "intentar hacerlo bien y que salga como salga". No. Hacerlo mal deliberadamente. Sentarte y decir: voy a escribir la peor versión posible de esto. La más cutre. La que da vergüenza.
Y la escribes.
Y pasa algo curioso. Una vez que la versión mala existe, tu cerebro deja de tenerle miedo. Ya no es una página en blanco. Ya no es la promesa incumplida de algo perfecto. Es un borrador feo con faltas de ortografía y párrafos que no tienen sentido. Pero existe. Y ahora puedes editarlo. Puedes mejorarlo. Puedes convertirlo en algo decente.
El secreto no es hacer cosas perfectas. Es hacer cosas que existan.
Porque tu cerebro te va a decir que si no es perfecto, no vale. Y tu cerebro miente. Vale más un proyecto mediocre terminado que cien proyectos perfectos que nunca empezaste. Vale más una carpeta con un archivo feo dentro que una carpeta vacía con un nombre bonito.
Abre la carpeta. Escribe la primera línea. Que sea mala. Que dé vergüenza.
Ya la arreglas luego.
Si llevas meses sin empezar cosas porque sabes que no van a salir perfectas, el problema no es la pereza. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero es un punto de partida para entender por qué tu cerebro prefiere no hacer nada antes que hacerlo mal. 10 minutos.
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