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La sensación de ir siempre un paso por detrás con TDAH

Todos avanzan, tú corres sin moverte. La sensación de ir por detrás con TDAH no es falta de esfuerzo: tu cerebro gasta el triple de energía para hacer lo mismo.

tdah

Todos han terminado la carrera. Tú sigues en segundo.

No porque no fueras a clase. No porque no estudiaras. Sino porque mientras ellos avanzaban, tú ibas apagando incendios. Entregabas una cosa y se te olvidaban dos. Llegabas a tiempo a lo urgente y dejabas caer lo importante. Y al final del año, mirabas alrededor y todo el mundo había dado un paso al frente. Tú seguías en el mismo sitio.

Esa sensación. La de correr y no moverte.

¿Por qué sientes que siempre vas un paso por detrás?

Porque el TDAH no te quita capacidad. Te quita eficiencia.

Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y nadie te la explica. La capacidad es lo que puedes hacer. La eficiencia es a qué coste lo haces. Y con TDAH, el coste es siempre más alto.

Tu cerebro necesita tres veces más energía para arrancar una tarea que no le activa. Necesita el doble de atención para no perder el hilo en una reunión. Gasta recursos extra en gestionar los estímulos que los demás filtran de forma automática. Cosas que para una persona neurotípica son procesos en segundo plano, para ti son procesos en primer plano. Siempre visibles. Siempre consumiendo.

El resultado es que llegas al final del día más agotado que cualquiera de tu alrededor, habiendo hecho la mitad de lo que ellos han hecho. No porque hayas trabajado menos. Sino porque has trabajado el doble para llegar hasta la mitad.

Eso es ir por detrás. No es pereza. Es una fuga de energía constante que nadie ve porque no tiene síntomas visibles.

La carrera que nunca empieza igual para todos

Imagina una carrera de cien metros. Todo el mundo en la línea de salida. Suena el pistoletazo. Salen.

Pero tú no sales del todo. Tu cerebro primero tiene que decidir si la carrera le interesa lo suficiente para activarse. Luego tiene que ignorar al señor del fondo que tose. Luego recuerda que no ha respondido un mensaje de hace tres días. Luego calcula si tiene tiempo de ir al baño antes del siguiente sprint. Para cuando arrancas de verdad, los demás llevan veinte metros.

Y corres. Corres más rápido que nadie cuando te activas. Hay momentos en que adelantas a todos. Momentos de hiperfoco, de urgencia, de "esta vez sí". Y entonces algo cambia, el ritmo baja, el estímulo desaparece, y te quedas parado en mitad de la pista mirando cómo te vuelven a adelantar.

Así es cada día. No una carrera. Mil carreras pequeñas. Mil arranques y mil frenazos. Mil intentos de llegar a tiempo a algo que para los demás es automático.

Y al final del día, cuando haces balance, la sensación es siempre la misma. Que no has llegado. Que has hecho cosas pero no las que tocaban. Que mañana volverá a pasar. Que algo en ti no funciona como debería.

Las llaves, el nombre, el mensaje sin responder

Hay versiones pequeñas de esto que pasan varias veces al día.

Las llaves. Siempre las llaves. Llevas diez minutos buscándolas, vas a llegar tarde, y mientras las buscas tu cerebro empieza a generar hipótesis sobre dónde pueden estar basándose en si ayer llovía o no. Las encuentras. En el bolsillo del abrigo. El que revisaste hace ocho minutos.

El nombre de esa persona que te presentaron hace tres semanas y que deberías recordar porque volvéis a quedar. Sabes que lo sabes. Lo tienes en algún lado. Pero en el momento exacto en que lo necesitas, no está.

El mensaje que leíste, que pensaste contestar, que no contestaste, que ahora tiene cuatro días y ya no sabes si responder o fingir que no lo viste.

Cada una de estas cosas parece pequeña. Insignificante. "Cosas que le pasan a todo el mundo." Pero no le pasan a todo el mundo con esta frecuencia. Y no le generan a todo el mundo la misma carga. Porque cada vez que te pasa, hay un registro mental que se actualiza. Un archivo que dice: "otra vez". Y ese archivo acaba pesando más de lo que parece.

Lo que describes como ir siempre por detrás es también el resultado de vivir años con la sensación de que eres vago cuando en realidad tu cerebro funciona diferente. El agotamiento no es solo físico. Es el agotamiento de explicarte a ti mismo por qué hoy tampoco has llegado.

El esfuerzo que nadie ve

Esta es la parte que más cuesta entender desde fuera.

Que te esfuerzas. Que de verdad te esfuerzas. Que no es que no quieras llegar a tiempo, tener la casa organizada, responder los mensajes, terminar lo que empiezas. Es que el esfuerzo que necesitas para hacer esas cosas es desproporcionado respecto al resultado.

Una persona sin TDAH puede sentarse a hacer una declaración de la renta y hacerla. No le gusta, pero la hace. Su cerebro genera suficiente señal de "esto es importante, terminarlo tiene recompensa" para sostener la tarea el tiempo que hace falta.

Tu cerebro no genera esa señal de forma fiable. O la genera y luego la pierde. O la genera demasiado tarde, cuando el plazo ya ha pasado y la urgencia por fin lo activa todo. Y para entonces ya es tarde para hacerlo bien, así que lo haces rápido, y el resultado no es el que querías, y vuelves a sentir que has fallado.

No has fallado. Has tenido que usar tres veces más esfuerzo para llegar a la mitad del resultado. Eso no es un fracaso de carácter. Es un problema de diseño. Tu sistema operativo no tiene el mismo piloto automático que el de los demás, y nadie te avisó.

Es el mismo mecanismo que hay detrás del síndrome del "casi": llegar siempre al 90% y quedarte a un paso de cerrar. No porque no puedas. Sino porque el 10% final requiere exactamente el tipo de energía sostenida que más te cuesta mantener.

Por qué compararte no funciona

El problema con la sensación de ir por detrás es que siempre necesita una referencia. Un punto de comparación. Y el punto de comparación suele ser alguien que no tiene TDAH.

Tu compañero que entrega a tiempo. Tu amiga que tiene la casa en orden. Tu primo que parece tener su vida controlada. Y tú ahí, haciendo malabares con cosas que para ellos son rutina, sintiéndote el único que no llegó al memo de cómo funciona el mundo.

Pero compararte con ellos es comparar dos sistemas diferentes y esperar el mismo rendimiento. No funciona así. No porque seas mejor ni peor. Sino porque compararte con personas que tienen otro sistema operativo no te da información útil, solo te genera frustración.

Lo que sí tiene sentido es compararte con tu versión de hace un año. ¿Entiendes mejor lo que pasa en tu cabeza? ¿Tienes aunque sea un sistema, una herramienta, un contexto en el que funciones mejor? Eso es progreso real. Aunque desde fuera no parezca suficiente.

Ir por detrás no significa que vayas mal

Aquí está el reencuadre que más cuesta aceptar.

Que ir por detrás no es lo mismo que ir en la dirección equivocada.

Si tu cerebro necesita más tiempo para procesar, más energía para arrancar, más estructura externa para sostenerse, ir al mismo ritmo que los demás no es el objetivo realista. El objetivo realista es encontrar el ritmo en el que tú llegas. Aunque sea más tarde. Aunque sea por otro camino. Aunque la ruta parezca menos lineal.

No es rendirse. Es dejar de usar una vara de medir que no está calibrada para ti.

La sensación de ir por detrás con TDAH es real. No te la inventas. Pero lo que no es real es que eso signifique que vas mal. Significa que vas con un cerebro que consume más recursos, que necesita condiciones específicas para funcionar bien, y que nadie te equipó con el manual correcto.

Eso tiene solución. No de golpe. Pero tiene solución.

Si llevas años con esta sensación y nunca supiste ponerle nombre, quizá valga la pena buscarla. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero puede ser el primer paso para dejar de culparte por no llegar al ritmo de los demás.

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