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Me siento roto por dentro y no sé cómo explicarlo

No estás triste. No estás enfadado. Estás roto por dentro y nadie entiende por qué. Quizá tu cerebro lleva años sin las piezas que necesita.

tdah

No estoy triste exactamente. Estoy... roto. Como si dentro faltara una pieza que todo el mundo tiene menos yo.

No es una frase bonita para un post. Es lo que le dije a mi psicólogo un martes a las seis de la tarde, sentado en una silla que siempre me parece demasiado baja, sin saber muy bien cómo explicar algo que no tiene nombre concreto.

Porque no es tristeza. La tristeza la identifico. Tiene forma, tiene peso, tiene causa. Esto no. Esto es como abrir un cajón y que falte algo que sabes que estaba ahí, pero no recuerdas qué era. Y te quedas mirando el cajón vacío pensando "algo falta, algo falta, algo falta" sin poder ponerle nombre.

Y lo peor es que desde fuera nadie lo ve.

¿Por qué me siento roto si desde fuera parece que estoy bien?

Porque por fuera funcionas. Vas al trabajo. Contestas mensajes. Te ríes con tus colegas. Haces la compra. Pagas las facturas. Desde la perspectiva de cualquiera que te mire, estás bien. Más que bien. Normal.

Pero por dentro hay un ruido constante que no para. Una sensación de que estás interpretando un papel que todo el mundo se sabe de memoria menos tú. De que el guion existe, de que los demás lo leen sin esfuerzo, y de que tú estás improvisando cada línea rezando para que nadie se dé cuenta.

Eso no es estar triste. Eso es llevar años sintiéndote estúpido porque las cosas que a los demás les salen en automático, a ti te cuestan el triple.

Y llega un punto en que tu cerebro hace una cuenta muy sencilla: si todo me cuesta tanto y a los demás no, el problema soy yo. Estoy roto.

Esa ecuación es falsa. Pero tu cerebro lleva años repitiéndola.

El problema no es que estés roto. Es que nadie te explicó cómo funcionas.

Imagina que te dan un coche. Un buen coche. Motor potente, buena suspensión, todo en orden. Pero el manual de instrucciones es de otro modelo. Tú sigues las instrucciones al pie de la letra y el coche se cala. Giras donde dice girar y te metes en un callejón sin salida. Frenas cuando dice frenar y el coche acelera.

¿Está roto el coche? No. El manual es el equivocado.

Eso es el TDAH sin diagnosticar. Un cerebro que funciona, que puede funcionar increíblemente bien, pero con un manual que no es el suyo. Y como nadie te dio el manual correcto, llevas toda la vida creyendo que eres tú el que falla.

No fallas. Funcionas diferente. Que no es lo mismo.

Tu cerebro necesita más estímulo para arrancar. Necesita urgencia, novedad, interés. No va con disciplina pura, va con dopamina. Y cuando pasas años intentando funcionar con disciplina pura en un cerebro que no procesa así, el resultado no es rendimiento. Es agotamiento. Y después del agotamiento viene esa sensación de estar roto.

Lo que nadie te contó sobre la autoestima y el TDAH

Mira, la sensación de "estoy roto" no aparece de la nada. Se construye. Ladrillo a ladrillo, año tras año.

Empieza en el colegio. "Es muy listo, pero no se aplica." Eso te lo dicen desde los siete años. Y tú, con siete años, no entiendes por qué no puedes hacer lo que te piden. Solo sabes que los demás pueden y tú no.

Luego llega la adolescencia. Pierdes cosas. Llegas tarde. Se te olvidan los deberes. Te castigan. Te dicen que eres vago. Y tú empiezas a creértelo, porque no tienes otra explicación.

Después viene la universidad, o el trabajo, o la vida adulta. Y sigues tropezando con las mismas piedras. Pero ahora ya no te castigan. Ahora te castigas tú. La autoestima que te destruyeron de niño la sigues destruyendo tú solito, porque aprendiste que el problema eres tú.

Y un día te sientas en la silla del psicólogo y dices "me siento roto por dentro". Porque es la única frase que describe treinta años de no encajar sin saber por qué.

No estás roto. Estás cansado de compensar.

La palabra que buscas no es "roto". Es "agotado".

Agotado de aparentar que todo fluye cuando por dentro estás haciendo malabares con diecisiete pelotas. Agotado de llegar a casa y no tener energía ni para pensar porque te la has gastado toda en parecer normal. Agotado de sentir culpa por no ser como los demás cuando nadie te dijo que tu cerebro funciona con otras reglas.

Eso no es estar roto. Es lo que pasa cuando un cerebro diferente intenta vivir con las reglas de un cerebro estándar durante años sin descanso.

Y la buena noticia, si es que se puede llamar así, es que tiene solución. No una solución mágica. No una pastilla que te arregla de un día para otro. Sino algo más simple y más difícil a la vez: entender cómo funciona tu cerebro y dejar de pelearte con él.

Entender que necesitas más estructura externa porque tu estructura interna es caótica. Que necesitas listas, alarmas, recordatorios, sistemas. Que no es trampa, es adaptación. Que el hecho de necesitar apoyo no te hace más débil, te hace más listo.

Y sobre todo, entender que esa sensación de estar roto no es un diagnóstico. Es una consecuencia. Una consecuencia de años sin las herramientas correctas.

Las herramientas existen. El primer paso es entender que las necesitas.

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