Ser cocinero profesional con TDAH: adrenalina con sartén
La cocina profesional con TDAH es pura adrenalina. Hasta que el servicio termina y tu cerebro se desploma. Esto nadie te lo cuenta.
Comandas gritadas, sartenes al fuego y un timing que no permite ni un segundo de desconexión. La cocina profesional con TDAH es adrenalina pura. Hasta que el servicio termina y tu cerebro se desploma.
Conozco a un tío que es cocinero. De los de verdad. De los que entran a las siete de la mañana y salen a las doce de la noche con los pies destrozados, quemaduras en los antebrazos y el olor a freidora metido hasta en el alma. Le diagnosticaron TDAH a los 32.
Su respuesta fue: "Eso explica mucho. Pero también explica por qué soy bueno en esto."
Y ahí está la trampa. Porque la cocina profesional, durante el servicio, es el entorno perfecto para un cerebro TDAH. Estímulo constante. Urgencia real. Recompensa inmediata. Cada plato que sale es un chute de dopamina. Cada comanda es un reto nuevo que exige toda tu atención.
Tu cerebro, que normalmente va saltando de una cosa a otra sin control, de repente tiene un foco. Y ese foco es: si no sacas esos cuatro platos en los próximos tres minutos, la mesa 7 se queda sin comer.
No hay nada como una deadline de verdad para que un cerebro TDAH funcione a toda máquina.
¿Puede un cocinero con TDAH sobrevivir al servicio?
Sobrevivir, sí. De hecho, durante el servicio muchos cocineros con TDAH rinden por encima de la media. Y no es magia. Es neurología.
El servicio en una cocina profesional tiene todo lo que un cerebro TDAH necesita para activarse:
- Presión temporal real (no inventada, no "a ver si lo hago hoy").
- Feedback inmediato (la comanda sale o no sale, el chef grita o no grita).
- Estímulo sensorial constante (fuego, ruido, olores, movimiento).
- Variedad (cada plato es distinto, cada servicio es distinto).
Es como si alguien hubiera diseñado un entorno laboral específicamente para cerebros que funcionan con adrenalina en vez de con rutina.
El problema no es el servicio.
El problema es todo lo demás.
¿Qué pasa cuando se apaga el fuego?
Aquí es donde la cosa se tuerce.
Porque una cocina profesional no es solo cocinar. Es inventarios. Es mise en place a las siete de la mañana cuando todavía tienes la cabeza en otro planeta. Es limpiar cuando tu cuerpo te pide morirte. Es planificar menús, controlar stocks, rellenar hojas de alérgenos. Son tareas repetitivas, sin urgencia inmediata, sin estímulo.
Y tu cerebro TDAH, que hace veinte minutos sacaba cuarenta platos como una máquina perfecta, ahora no es capaz de contar cuántas cebollas quedan en el almacén sin distraerse tres veces.
El contraste es brutal. Pasas de ser el mejor de la cocina a sentirte un inútil contando lechugas.
Los errores por descuido en el trabajo no aparecen cuando estás al fuego. Aparecen cuando tienes que revisar un pedido a las tres de la tarde con el cerebro ya medio fundido. Cuando te olvidas de anotar una alergia. Cuando confundes cantidades porque estabas pensando en otra cosa.
Y nadie entiende cómo el mismo tío que acaba de bordar un servicio de 200 cubiertos puede equivocarse contando bandejas de pollo.
¿Por qué la hostelería atrae a cerebros TDAH?
Porque es uno de los pocos sectores donde ser intenso, rápido y caótico no solo se tolera, se necesita.
En una oficina, si te levantas cada diez minutos, te miran raro. En una cocina, si no te mueves cada diez segundos, te echan.
En un trabajo de escritorio, tu energía es un problema. En una cocina, tu energía es el combustible.
Pero ojo. Que encajes bien en el caos del servicio no significa que el trabajo no te esté destrozando por dentro. Muchos cocineros con TDAH aguantan años a base de adrenalina sin darse cuenta de que están compensando constantemente. Fingen que las tareas administrativas no les cuestan. Trabajan el doble para cubrir los despistes. Se quedan más horas para repasar lo que otros hacen en la mitad de tiempo.
Eso tiene un nombre: masking. Y a largo plazo te destruye.
¿Qué se puede hacer con esto?
Lo primero, entender que no eres raro. Que tu cerebro rinde diferente según el contexto. Que no eres vago cuando no puedes con el inventario. Es que tu cerebro necesita estímulo para arrancar, y contar pimientos no se lo da.
Lo segundo, hablar. Con tu jefe de cocina, con tu equipo. No hace falta dar un discurso ni ponerte la camiseta del TDAH. Pero sí decir "oye, las tareas de stock me cuestan más, ¿puedo hacerlas justo después del servicio, cuando todavía tengo inercia?" o "¿puedo usar una lista en el móvil en vez de hacerlo de memoria?".
Existen adaptaciones laborales que puedes pedir sin drama. No son privilegios. Son herramientas para que tu cerebro rinda donde ya sabe rendir, y no se estrelle donde siempre se estrella.
Lo tercero, y esto es lo más difícil: vigilar el bajón post-servicio. Ese momento en que terminas, sales a fumarte un cigarro (o lo que sea), y de repente sientes un vacío enorme. Como si alguien te hubiera quitado las pilas. Tu cerebro pasa de mil a cero en un segundo y no sabe qué hacer con esa caída.
No es debilidad. Es que tu cerebro ha estado usando toda la dopamina disponible durante cuatro horas seguidas y ahora está en números rojos.
Esto va de conocerte, no de encajar
La cocina profesional con TDAH es una relación complicada. Te da lo que necesitas (intensidad, ritmo, recompensa inmediata) y al mismo tiempo te quita lo que te falta (descanso, estabilidad, calma).
Si eres cocinero y te has reconocido en algo de esto, no significa que tengas que dejar la profesión. Significa que tienes que dejar de pelearte con tu cerebro y empezar a entender cómo funciona.
Porque cuando lo entiendes, puedes usar el fuego a tu favor. En vez de quemarte con él.
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