Prometer cosas que luego no puedes cumplir con TDAH
Tu boca dice "sí, yo me encargo" y tu cerebro lo olvida en 5 minutos. Prometer y no cumplir con TDAH no es mala fe. Es neurología.
"Claro, yo me encargo." "Sí, te llamo mañana." "Este finde quedamos seguro."
Tu boca promete en presente. Tu cerebro olvida en futuro. Y la distancia entre lo que dices y lo que haces no es mala fe. Es un cerebro que no mide consecuencias a más de cinco minutos vista.
Yo he prometido tantas cosas que no he cumplido que si existiera un juzgado de promesas incumplidas, tendría expediente propio. Con carpeta gorda. De las que necesitan goma elástica.
El ciclo de la promesa con TDAH
La cosa funciona así. Alguien te pide algo. Y en ese momento, en ese instante exacto, tu cerebro dice: "Sí, claro, fácil, lo hago sin problema." Porque en ese instante lo sientes de verdad. No estás mintiendo. No estás manipulando. Tu cerebro, en ese segundo, genuinamente cree que va a hacerlo.
El problema es que tu cerebro vive en un presente perpetuo. Y en ese presente, todo parece posible. Llamar a tu madre. Enviar el documento. Quedar el viernes. Revisar el presupuesto. Ir a por el paquete de Correos. Todo. A la vez. Sin conflicto. Como si el tiempo fuera infinito y la energía también.
Y entonces pasan tres horas. O un día. O una semana. Y la promesa que hiciste con toda la convicción del mundo se ha evaporado de tu memoria como si nunca hubiera existido. No la borraste. No decidiste ignorarla. Simplemente dejó de existir en tu radar. Tu cerebro pasó a otra cosa sin avisarte de que había algo pendiente.
Hasta que te llaman. "Oye, ¿al final lo de mañana?" Y tú te quedas con cara de póker intentando recordar qué narices prometiste.
¿Por qué prometes cosas que sabes que no vas a cumplir con TDAH?
Aquí está la trampa. No lo sabes. En el momento de prometer, no sabes que no vas a cumplir. Tu cerebro no hace ese cálculo. Un cerebro neurotípico escucha "¿puedes encargarte de esto?" y antes de decir que sí hace un repaso mental: a ver, tengo la reunión del martes, el miércoles quedo con Luis, el jueves tengo que entregar el informe... vale, puedo el viernes. Eso es planificación futura. Eso es función ejecutiva.
Tu cerebro con TDAH no hace esa revisión. Tu cerebro escucha la petición, siente el impulso de decir que sí (porque decir que no es incómodo, porque quieres ayudar, porque en ese momento parece fácil), y contesta antes de que la parte racional tenga tiempo de intervenir.
Es como si tu boca tuviera línea directa con la impulsividad y la planificación llegara siempre tarde a la reunión. Cuando la parte de tu cerebro que gestiona el calendario quiere opinar, tú ya has dicho que sí a tres cosas incompatibles para el mismo jueves a las seis de la tarde.
Y luego está el otro factor: la dificultad para decir que no. Porque decir que no requiere tolerar la incomodidad del momento. Y tu cerebro prioriza escapar de la incomodidad inmediata por encima de cualquier consecuencia futura. Así que dices que sí para que el momento incómodo se acabe. Y el problema se muda al futuro. Que es donde viven todos tus problemas sin resolver.
La memoria que desaparece
Hay promesas que no cumples porque se te olvidan literalmente. No es una forma de hablar. Es que desaparecen de tu cabeza como si alguien hubiera pulsado "suprimir" en tu disco duro.
La memoria a corto plazo con TDAH
Y esto genera un patrón horrible. Tú olvidas la promesa. La otra persona no. Y cuando se da cuenta de que no has cumplido, no piensa "ah, es que tiene TDAH y se le ha olvidado". Piensa "le da igual". O peor: "me ha mentido". Y tú no puedes ni defenderte, porque ni siquiera recuerdas haber prometido nada.
El peso de ser "el que siempre falla"
Lo peor no es la promesa incumplida. Lo peor es la reputación que se construye a base de promesas incumplidas.
"No le digas a este que ya sabes que luego no viene." "No cuentes con él para nada importante." "Es muy majo, pero no te fíes de lo que te diga."
Y tú lo escuchas. O lo intuyes. Y duele. Porque sabes que no lo haces a propósito. Sabes que cuando dijiste "yo me encargo" lo sentías de verdad. Pero el resultado es el mismo: la gente deja de confiarte cosas. Y tú empiezas a dejar de confiar en ti mismo.
Ese es el daño invisible del TDAH. No es solo que olvidas hacer cosas. Es que cada cosa que olvidas erosiona un poco la imagen que los demás tienen de ti. Y lo que es peor, la imagen que tú tienes de ti mismo. Hasta que un día te defines como "el que siempre falla" y ni siquiera te cuestionas si esa etiqueta es justa.
Lo que funciona (y lo que no)
Lo que no funciona: prometer que vas a dejar de prometer cosas. La ironía es brutal pero es real. No puedes solucionar un problema de impulsividad con más fuerza de voluntad. Es como intentar arreglar un grifo que gotea dándole un puñetazo. Satisfactorio un segundo, inútil a largo plazo.
Lo que sí funciona es asumir que tu cerebro va a seguir diciendo que sí antes de pensar. Y diseñar sistemas para interceptar eso.
El más simple: la pausa de 10 segundos. Alguien te pide algo, y antes de contestar, dices "déjame que mire mi agenda y te confirmo". No dices que sí. No dices que no. Dices "te confirmo". Esas dos palabras te compran tiempo para que la parte racional de tu cerebro llegue a la reunión antes de que tu boca firme otro contrato que no puedes cumplir.
Y si ya has prometido algo, escríbelo. En ese instante. No "luego lo apunto". Ahora. Mientras lo estás diciendo. Porque si esperas 5 minutos, desaparece. Y si desaparece, se convierte en otra persona decepcionada y otro golpe a tu autoestima.
Otra cosa que ayuda: dejar de sobrecomprometerte. Que es básicamente aprender que tu capacidad real es la mitad de la que tu cerebro te dice que tienes. Si crees que puedes con 4 cosas, comprométete con 2. Si crees que puedes quedar 3 días esta semana, di que sí a 1. Tu cerebro siempre te vende un plan optimista que luego no puede ejecutar. Descuéntale el 50% y vivirás más tranquilo.
No eres una mala persona. Eres un cerebro sin filtro de salida.
La gente que no cumple lo que promete a propósito no siente culpa. Tú sí. Tú te acuerdas tres días después a las dos de la madrugada de que prometiste llamar a alguien y te comes la cabeza durante una hora. Eso no es negligencia. Es un cerebro que procesa las cosas en diferido y que no tiene sistema de alertas fiable.
No necesitas prometer menos. Necesitas un sistema entre tu boca y tu cerebro que haga de portero. Algo que frene la respuesta automática el tiempo suficiente para que puedas decidir si de verdad puedes cumplir lo que estás a punto de decir.
Porque tu palabra importa. Y tú quieres que importe. Solo necesitas que tu cerebro deje de escribir cheques que tu agenda no puede cobrar.
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