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Nostalgia crónica con TDAH: echar de menos épocas que ni siquiera fueron buenas

Idealizas el pasado aunque fuera un desastre. Tu cerebro con TDAH regula mal las emociones temporales y convierte recuerdos malos en nostalgia.

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Echas de menos una época de tu vida que, si te paras a pensarlo dos segundos, era un desastre.

Echo de menos mis años de universidad. De verdad. Los echo de menos con una intensidad absurda. Hay tardes en las que me viene una imagen muy concreta: yo sentado en la cafetería de la facultad, con un café con leche que sabía a agua sucia, un portátil que tardaba siete minutos en arrancar, y cero euros en la cuenta del banco.

Y mi cerebro dice: "Qué bonito era aquello".

Bonito. Una época en la que suspendía la mitad de las asignaturas, no dormía, comía fatal, y mi mayor logro semanal era no quedarme dormido en clase de ocho a nueve de la mañana.

Pero ahí estoy, echándolo de menos como si hubiera sido el mejor momento de mi vida.

¿Por qué con TDAH idealizas el pasado aunque no fuera bueno?

Porque tu cerebro no recuerda las cosas como fueron. Recuerda cómo se sintieron. Y luego edita la película.

Cuando tienes TDAH, tu sistema emocional no tiene regulador de volumen. Todo se siente más fuerte. La alegría. La frustración. La rabia. Y también la nostalgia. Tu cerebro coge un recuerdo, lo baña en emoción, le quita los detalles incómodos, y te lo devuelve empaquetado como si fuera una época dorada.

Es como un filtro de Instagram, pero para tu memoria. Todo más cálido, más suave, más bonito. Los exámenes suspendidos desaparecen. El agobio constante se difumina. Y lo que queda es la sensación de libertad, de juventud, de que todo estaba por pasar.

El problema no es recordar. El problema es que tu cerebro te miente sobre lo que recuerda.

No es romanticismo. Es desregulación emocional con retraso.

La nostalgia crónica del TDAH no es ser una persona sensible o poética. Es un patrón emocional con nombre y apellidos.

Tu cerebro regula mal las emociones en el presente. Eso ya lo sabes. Sentir todo al máximo volumen es el pan de cada día. Pero lo que no se habla tanto es que también regula mal las emociones hacia el pasado.

Funciona así: tu cerebro necesita dopamina. La dopamina en el presente a veces escasea. El futuro da miedo. Pero el pasado... el pasado es seguro. Ya ocurrió. No puede salir mal. Y tu cerebro lo sabe, así que recurre a los recuerdos como fuente de estímulo emocional.

El problema es que no selecciona los recuerdos con precisión. Los selecciona con intensidad. Y un recuerdo malo vivido con mucha emoción puede disfrazarse de recuerdo bonito simplemente porque fue intenso.

Es como confundir una montaña rusa que te dio náuseas con una que te encantó. Las dos iban rápido. Las dos te hicieron gritar. Pero una era terror y la otra era diversión. Tu cerebro, años después, solo recuerda la velocidad.

¿Por qué es un problema y no solo una manía simpática?

Porque te paraliza.

Si idealizas el pasado, el presente siempre pierde. Da igual lo que consigas ahora, da igual lo que construyas, porque tu cerebro siempre va a comparar con una versión editada de algo que ya pasó. Y esa versión es imbatible. Porque no es real.

Es como competir contra un personaje de ficción. No puedes ganarle porque no existe.

Y entonces aparece el duelo. Echas de menos una vida que no fue tan buena como la recuerdas, pero tu cerebro la siente como si fuera perfecta. Y cada vez que el presente no está a la altura de esa fantasía, te frustras. Te entristeces. Te desconectas.

Hay personas con TDAH que llevan años atascadas en una versión idealizada de su pasado. No avanzan porque están mirando hacia atrás, convencidas de que lo mejor ya pasó. Cuando en realidad, lo que pasó era un desastre que su cerebro ha convertido en una película de Pixar.

¿Se puede hacer algo con esto?

Sí. Pero no es "deja de pensar en el pasado". Eso no funciona. Decirle a un cerebro con TDAH que deje de hacer algo es como pedirle a un gato que no se suba a la mesa. Va a subirse. La cuestión es qué haces después.

Lo primero: ser consciente de que tu cerebro edita recuerdos. No confiar ciegamente en la nostalgia. Cuando notes que estás idealizando algo, pararte un segundo y preguntarte: "¿De verdad era tan bueno, o es que mi cerebro ha quitado las partes malas?"

Lo segundo: anclar los recuerdos con hechos. No con sensaciones, con datos. "¿Cómo estaba mi cuenta bancaria? ¿Dormía bien? ¿Estaba contento de verdad o estaba sobreviviendo?" Los hechos no tienen filtro de Instagram.

Y lo tercero, que es lo más difícil: aceptar que el presente nunca va a sentirse como el pasado editado. Pero que eso no significa que sea peor. Significa que es real. Y lo real no viene con banda sonora ni con iluminación bonita. Viene con facturas, con lunes, y con el WiFi que se cae justo cuando estás a punto de enviar algo importante.

Pero es tuyo. Y es verdad. Que no es poco.

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