Cuidar a un padre enfermo cuando tienes TDAH: el caos que no puedes permitirte
Tu padre necesita citas, medicación y compañía. Tú no recuerdas ni las tuyas. Cuidar a un familiar enfermo con TDAH es otro nivel.
Tu padre tiene cita con el oncólogo el jueves a las 10:30.
Tienes que pedir la receta de la tensión antes del viernes. Llamar al seguro para lo de la resonancia. Comprar el suplemento que le mandó la nutricionista, el que tiene un nombre que parece un villano de Marvel. Y acompañarle al análisis de sangre el lunes, que no puede ir solo porque se marea.
Todo eso lo sabes. Lo tienes claro. Lo has repasado mentalmente catorce veces.
Y aun así, el jueves a las 10:45 estás mirando el móvil y piensas: "La cita del oncólogo era hoy".
El peso que no te cabe en la cabeza
Cuidar a un padre enfermo es duro para cualquiera. Es agotador emocionalmente, logísticamente, económicamente. No hay nadie en el mundo que lo lleve "bien" del todo.
Pero cuando tienes TDAH, la cosa se complica de una forma que casi nadie entiende.
Porque no es solo el peso emocional. Es que el tipo de tareas que implica cuidar a alguien enfermo son exactamente las que peor se le dan a tu cerebro. Citas recurrentes. Medicación con horarios. Trámites administrativos. Llamadas a teléfonos que te tienen veinte minutos en espera con músicaclásica. Seguimiento de pruebas, resultados, informes.
Es gestión pura. Gestión repetitiva, sin recompensa inmediata, sin dopamina.
Es como si alguien hubiera diseñado el peor escenario posible para un cerebro con TDAH y le hubiera puesto encima una capa de culpa del tamaño de un contenedor.
¿Cómo cuidar a un familiar enfermo cuando tienes TDAH?
La respuesta honesta es: mal. Al menos al principio.
Porque tu primer instinto es intentar hacerlo todo de memoria. "Ya me acordaré." "Lo tengo en la cabeza." "No hace falta apuntarlo."
Sí hace falta. Hace mucha falta.
Lo primero que hice cuando mi padre empezó con sus historias médicas fue sacar todo de mi cabeza. Todo. Cada cita, cada medicamento, cada teléfono, cada nombre de médico. Todo a un sitio externo. Me daba igual si era un cuaderno, una app o un post-it en la nevera. El caso es que no dependiera de mi memoria, porque mi memoria es como un colador de pasta: retiene lo grande pero se le escapa el agua, que es justo lo que necesitas.
Después, simplifiqué. Porque cuando tienes TDAH, la fatiga de decisión te come vivo. Y cuidar a alguien enfermo implica tomar cuarenta decisiones al día que no querías tomar. ¿Le doy la pastilla antes o después de comer? ¿Llamo ahora o espero al lunes? ¿Pido cita con el de la rodilla o primero el de digestivo?
Si cada decisión la tomas en el momento, te quedas sin batería a las 11 de la mañana. Así que lo que funcionó fue tomar todas las decisiones posibles de golpe, una vez a la semana. Un rato el domingo para organizar la semana médica de mi padre. Qué citas hay, qué hay que comprar, qué llamadas hacer. Y el resto de la semana, solo ejecutar.
No es glamuroso. No es una revelación mística. Pero funciona.
La culpa es el verdadero enemigo
Lo peor de cuidar a un padre enfermo con TDAH no son las citas que se olvidan. Es la culpa.
Porque sabes que se te va a olvidar algo. Y cuando pasa, no piensas "vaya, se me ha ido". Piensas "soy un desastre, no puedo ni cuidar de mi padre, qué clase de hijo soy".
Esa voz la conozco bien. Es la misma que te dice que eres un vago cuando no puedes concentrarte. La misma que te dice que no te importa tu familia porque no llamas tanto como deberías. La misma que lleva años convenciéndote de que el problema eres tú.
Pero el problema no eres tú. El problema es que estás intentando gestionar una situación de alta complejidad con un cerebro que procesa la complejidad de forma diferente. Y nadie te ha dado las herramientas para hacerlo.
No es que no te importe. Es que te importa tanto que la presión te paraliza. Y la parálisis alimenta la culpa, y la culpa alimenta la parálisis. Un bucle precioso.
Lo que nadie te dice
Que está bien pedir ayuda. Que no tienes que ser tú solo. Que repartir tareas con hermanos, primos o quien sea no es "escurrir el bulto", es sobrevivir.
Que puedes querer mucho a tu padre y aun así olvidarte de su cita. Las dos cosas son compatibles.
Que el burnout del cuidador existe, y que con TDAH llega antes. Mucho antes. Porque tu cerebro ya estaba funcionando al límite antes de que la enfermedad de tu padre apareciera.
Y que si necesitas poner alarmas para la medicación de tu padre, eso no te hace peor hijo. Te hace un hijo que conoce sus limitaciones y busca soluciones en vez de fingir que no las tiene.
Pequeñas cosas que a mí me funcionaron
No voy a venderte un sistema de productividad para cuidadores. Pero sí te digo lo que me ayudó:
Una alarma por cada medicamento. No una nota, una alarma. De las que suenan y no te dejan en paz hasta que la apagas.
Un documento compartido con mi familia con todas las citas, teléfonos y medicaciones. Así, cuando se me escapaba algo, había alguien más que lo tenía.
Decir "no puedo con todo" en voz alta. Suena simple, pero para alguien con TDAH que lleva toda la vida compensando, admitir que no llegas es casi terapéutico.
Y perdonarme. Perdonarme cada vez que algo se me olvidaba. Porque la alternativa es vivir en un estado permanente de culpa que no ayuda ni a tu padre ni a ti.
Esto no se arregla con fuerza de voluntad
Se arregla con estructura. Con sistemas externos. Con ayuda. Y con la honestidad de decir "mi cerebro funciona diferente y necesito adaptar las cosas para que funcionen".
Tu padre no necesita un hijo perfecto. Necesita un hijo presente. Y estar presente cuando tienes TDAH requiere más esfuerzo del que la gente ve. Pero ese esfuerzo cuenta. Aunque se te olvide la cita del jueves.
Sobre todo si después la reprogramas para el viernes y te pones tres alarmas.
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