¿Tenía Napoleón TDAH? El estratega que dormía 4 horas
Dormía 4 horas, dictaba cartas a 4 secretarios a la vez y reorganizó Francia mientras dirigía guerras. ¿Era TDAH o simplemente un genio militar?
Napoleón Bonaparte dormía cuatro horas por noche.
Y con esas cuatro horas reorganizó el código civil francés, el sistema educativo, el banco de Francia, y de paso conquistó media Europa.
No está mal para alguien que también comía en diez minutos porque no podía quedarse sentado más tiempo.
Cuando lees su biografía por primera vez, hay un momento en que piensas: "espera, esto me suena". No el conquistar Europa, eso ya me cuesta más. Sino la parte de no poder parar, de tomar decisiones en segundos, de tener cien cosas en la cabeza a la vez y que aparentemente todas funcionen.
O casi todas. Porque también está la parte de Rusia. Pero eso ya lo vemos.
¿Qué rasgos de Napoleón apuntan al TDAH?
Empecemos por lo que salta a la vista.
Napoleón dictaba cartas a cuatro secretarios simultáneamente. Literalmente, cuatro personas distintas tomando notas al mismo tiempo, cada una sobre un tema diferente. Uno sobre asuntos militares, otro sobre leyes, otro sobre economía, otro sobre lo que fuera que le cruzara por la cabeza en ese momento. Y cada carta era coherente, argumentada, con instrucciones concretas.
Eso no es lo que hace alguien con un cerebro estándar. Eso es multitarea a un nivel que me resulta completamente familiar y completamente inaccesible al mismo tiempo.
Luego está la energía. Los que convivieron con él lo describían como alguien que no se cansaba nunca. Que seguía cuando todos los demás habían palmado ya hace horas. Que aparecía en reuniones a las dos de la mañana con más energía que a las nueve. Ese tipo de energía que no viene de la disciplina ni del café, sino de un cerebro que simplemente no tiene el interruptor de apagado bien instalado.
La toma de decisiones también es llamativa. Napoleón era conocido por decidir en segundos situaciones que otros generales tardaban días en evaluar. No porque tuviera más información, sino porque procesaba más rápido y toleraba peor la incertidumbre de no decidir. Prefería una decisión imperfecta ahora a una perfecta demasiado tarde.
Eso resuena mucho con lo que se sabe de la impulsividad en el TDAH: no es que la persona no piense, es que el coste de esperar se siente insoportable.
Y encima de todo eso: la incapacidad de quedarse quieto. Napoleón no descansaba. Cuando no estaba en campaña, estaba reformando leyes. Cuando no reformaba leyes, estaba reorganizando la educación. Cuando no hacía eso, estaba planificando la siguiente campaña. Había una inquietud constante que lo empujaba a estar siempre haciendo algo, construyendo algo, cambiando algo.
Hasta aquí, el caso parece claro. Pero entonces viene la parte incómoda.
¿Y si el contexto lo explica todo?
Aquí es donde hay que frenar un poco.
Napoleón vivió en un contexto que favorecía exactamente ese tipo de personalidad. Una época de guerras constantes, donde la velocidad de decisión marcaba la diferencia entre ganar y morir. Un entorno donde la energía desbordante era una ventaja real, no una excentricidad. Donde no había expectativa de que te sentaras ocho horas a trabajar en silencio.
Dicho de otra manera: si pones a Napoleón en una oficina moderna con reuniones de equipo, un gestor de tareas y un formulario de solicitud de vacaciones, igual el diagnóstico aparece más claro. Pero en el siglo XVIII, ese mismo perfil era sencillamente un líder excepcional.
También hay que decir que la ambición y el genio militar explican mucho de lo que atribuimos al TDAH. El poco sueño puede ser una elección en alguien que siente que tiene una misión histórica. La multitarea puede ser habilidad desarrollada, no rasgo neurológico. La impulsividad puede ser decisión estratégica bien disfrazada.
No es lo mismo que a ti se te olvide comprar el pan porque tu cabeza iba a mil, que conquistar Europa con un plan que cambias sobre la marcha. Lo segundo tiene mucho más de genio que de desorden.
Y luego, claro, está Rusia.
La impulsividad que lo destruyó
En 1812, Napoleón tomó una de las decisiones más catastróficas de la historia militar: invadir Rusia en invierno.
Todos los que lo rodeaban le dijeron que no. Los consejeros militares, los diplomáticos, los generales más experimentados. Las señales eran claras. La campaña era un suicidio logístico. Y Napoleón lo hizo igualmente.
Murieron más de 400.000 soldados. La Grande Armée quedó destruida. Y el declive de Napoleón empezó ahí.
Eso es tomar decisiones impulsivas a escala imperial. La misma característica que lo hacía genial en batalla, la velocidad de decisión, la intolerancia a la parálisis, la confianza absoluta en su propio juicio, se convirtió en catastrófica cuando el problema era demasiado complejo para resolverse a golpe de intuición.
No lo estoy diciendo como crítica. Lo estoy diciendo porque ese patrón, el del don que se convierte en trampa, lo conozco bien. La misma energía que me permite hacer cinco cosas a la vez es la que me hace empezar cinco cosas a la vez y terminar dos. El mismo impulso que me lleva a lanzar algo antes de que esté perfecto es el que a veces me lleva a lanzar algo antes de que esté listo.
La escala es diferente. El mecanismo no tanto.
¿Se puede diagnosticar a alguien que murió en 1821?
No. Y eso importa.
Hay una tendencia muy humana de mirar genios del pasado y buscarles diagnósticos retroactivos. En parte porque normaliza la condición, en parte porque nos hace sentir mejor: "si Napoleón tenía TDAH y cambió la historia, yo también puedo". Lo entiendo. Pero es trampa.
El TDAH no necesita embajadores famosos para ser válido.
Lo que sí podemos decir es que Napoleón tenía un perfil que hoy llamaríamos atípico. Una mente que funcionaba a una velocidad y con una intensidad que no encajaba del todo con lo esperado. Que tenía ventajas brutales en ciertos contextos y puntos ciegos también bastante brutales en otros.
Como pasa con el TDAH en adultos: el diagnóstico en sí mismo importa menos que entender cómo funciona tu cerebro y en qué condiciones ese funcionamiento te ayuda o te hunde.
Napoleón nunca tuvo esa conversación consigo mismo. Murió exiliado en Santa Elena, en una isla en mitad del Atlántico sur, con cincuenta y un años. Probablemente sin entender muy bien por qué su mayor fortaleza lo llevó también a su mayor derrota.
Entonces, ¿qué nos lleva Napoleón?
Que los cerebros que funcionan diferente no son ni héroes ni villanos.
Son cerebros que necesitan entenderse.
La energía desbordante de Napoleón le permitió hacer en veinte años lo que otros no habrían hecho en cincuenta. Esa misma energía, sin freno, sin autocrítica, sin nadie que le pusiera un espejo delante, lo llevó a Rusia y luego a Santa Elena.
No es que el TDAH sea un superpoder. No es que sea una maldición. Es que sin las herramientas para entender cómo funciona tu cabeza, puedes tener el cerebro más potente del planeta y igualmente acabar tomando decisiones que te destruyen.
Y eso aplica tanto si eres el Emperador de Francia como si simplemente estás intentando terminar tu semana sin haber dejado tres proyectos a medias.
Si sientes que tu cabeza va a una velocidad diferente a la del resto, lo primero es entender qué tipo de velocidad es esa.
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