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La impulsividad de Napoleón: dictaba a 4 secretarios a la vez

Napoleón dormía 4 horas, dictaba a 4 secretarios a la vez y ganó Austerlitz por impulso. La misma impulsividad que te machaca también te da superpoderes.

tdahfamosos

Napoleón dictaba cartas a cuatro secretarios al mismo tiempo.

Cuatro. A la vez. Sobre temas distintos. Uno recibía órdenes militares para el frente del este. Otro, instrucciones diplomáticas para París. Otro, reformas del código civil. Y el cuarto, probablemente, algo sobre lo que había que cenar.

Si eso no te suena a cerebro con la mulitarea a tope, es que no conoces el TDAH por dentro.

¿Qué hace un cerebro así cuando tiene un imperio que gestionar?

El tío dormía cuatro horas. No porque fuera un asceta con disciplina de monje, sino porque su cabeza no paraba. Comía en diez minutos. Se movía constantemente. Sus generales tardaban días en tomar decisiones que él resolvía en segundos mirando un mapa.

No era solo velocidad. Era una forma distinta de procesar el mundo.

En campaña, Napoleón era capaz de reorganizar un ejército entero sobre la marcha mientras mantenía tres conversaciones distintas. Sus secretarios contaban que era agotador estar cerca de él. Que cambiaba de tema sin avisar, que saltaba de una orden militar a un debate sobre derecho romano, que era imposible seguirle el ritmo.

Eso te suena a alguien, ¿no?

Ahora bien: esto es especulación. Napoleón vivió hace más de doscientos años y nadie le hizo un test clínico. Pero hay rasgos que son tan consistentes, tan documentados, que vale la pena mirarlos de cerca. No para diagnosticar a un muerto, sino para entender algo sobre cómo funciona este tipo de cerebro cuando se lo dan a alguien que tiene donde canalizarlo.

La batalla de Austerlitz, o cómo ganar por impulso

Austerlitz, 1805. Considerada la obra maestra táctica de Napoleón. El ejército austro-ruso tenía más hombres. Tenía mejor posición, en teoría. Tenía todo a su favor.

Napoleón vio un hueco. Un movimiento que nadie esperaba. Y actuó antes de que le diera tiempo a analizar si era buena idea.

Sus generales habrían pedido tres días para estudiar el terreno. Napoleón lo vio en veinte minutos y dio la orden.

Resultado: victoria aplastante. Una de las batallas más estudiadas en academias militares de todo el mundo.

Eso es la impulsividad en su mejor versión: velocidad de conexión entre lo que ves y lo que haces, sin el freno que pone el análisis excesivo. Lo que en un aula se convierte en "no puede esperar su turno" o "actúa sin pensar", en un campo de batalla se convierte en una maniobra que nadie anticipó porque nadie más la hubiera ejecutado tan rápido.

La misma impulsividad que convierte las decisiones en una montaña rusa puede ser, en el contexto adecuado, la diferencia entre ganar y perder.

La invasión de Rusia, o cómo perder por lo mismo

1812. El mismo Napoleón. El mismo cerebro.

La invasión de Rusia es, por consenso histórico, uno de los errores estratégicos más grandes de la historia militar. Sus asesores le advirtieron. Sus generales pusieron objeciones. Había argumentos sólidos para no hacerlo. Los inviernos rusos. Las distancias. La logística imposible.

Napoleón lo hizo igual.

Porque el mismo mecanismo que le hizo ganar Austerlitz en veinte minutos le hizo lanzar medio millón de hombres a una campaña que acabó en catástrofe. La impulsividad no distingue entre buenas y malas decisiones. Es una forma de procesar, no un filtro de calidad.

Y aquí está la parte incómoda para los que tenemos este tipo de cerebro: ese patrón de decisiones rápidas no viene con garantía de resultado. A veces sale Austerlitz. A veces sale Rusia.

Lo que no cambia es el mecanismo.

¿Por qué esto importa si tú no tienes un ejército?

Porque la impulsividad no solo se expresa con ejércitos o islas en el Caribe.

Se expresa cuando mandas ese mensaje que no debías mandar. Cuando compras algo a las doce de la noche porque "lo necesitas". Cuando cambias de proyecto antes de terminar el anterior. Cuando dices que sí a algo sin haber pensado si tienes tiempo. Cuando empiezas una discusión que podrías haber evitado con dos segundos de pausa.

El cerebro impulsivo actúa antes de que llegue la señal de freno. Eso no es un defecto de carácter. Es una configuración neurológica. Igual que Napoleón no elegía ser así, tú tampoco elegiste esto.

La diferencia entre Napoleón en Austerlitz y Napoleón en Rusia no era el cerebro. Era el contexto, la información disponible, y si alguien había puesto sistemas alrededor de ese impulso para filtrarlo cuando necesitaba ser filtrado.

Él tenía un Estado Mayor que, cuando funcionaba bien, complementaba sus impulsos con análisis. Cuando lo ignoró del todo, pasó lo que pasó.

La lección no es "controla tu impulsividad y sé normal". La lección es que la impulsividad sin sistema produce resultados aleatorios. A veces geniales, a veces desastrosos, siempre intensos.

La multitarea como superpoder real

Volvamos a los cuatro secretarios.

Napoleón no solo reorganizó Francia en medio de guerras. Reformó el sistema educativo, el sistema legal, la administración pública y el sistema bancario. El Código Napoleónico sigue siendo la base del derecho civil en docenas de países. Lo hizo mientras dirigía campañas militares en varios frentes simultáneos.

Eso no es multitarea en el sentido de "miro el móvil mientras como". Es una capacidad real de mantener varios hilos activos en la cabeza al mismo tiempo. De no necesitar cerrar un tema para abrir otro. De procesar información de fuentes distintas sin que se mezclen del todo.

Los cerebros con esta configuración suelen hacer una de dos cosas: se dispersan en quince proyectos que nunca terminan, o encuentran un campo donde esa capacidad es exactamente lo que se necesita y la explotan al máximo.

Napoleón encontró el suyo. Con todo lo que eso implica, incluyendo Rusia.

¿Y tú qué haces con tu impulsividad?

No te estoy diciendo que seas Napoleón.

Te estoy diciendo que ese rasgo que probablemente te han señalado toda la vida como un problema, ese "actúas sin pensar", ese "nunca puedes esperar", ese "cómo se te ocurre hacer eso", no es una avería.

Es un rasgo con dos caras. Una que gana batallas imposibles y otra que invade Rusia.

Lo que determina cuál de las dos sale más a menudo no es fuerza de voluntad. Es estructura. Es saber cuándo frenarte, quién te complementa, qué sistemas pones alrededor de ese motor para que no salga disparado en la dirección equivocada.

El tío dictaba a cuatro secretarios a la vez. Tú quizás tienes cuatro pestañas abiertas, tres notas de voz sin escuchar y un proyecto a medias desde hace tres semanas. El mecanismo es el mismo. La escala, distinta.

Pero antes de gestionar nada, ayuda entender cómo funciona tu cerebro de verdad.

He construido un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero en diez minutos vas a tener más claridad sobre cómo funciona tu cabeza que en años de "es que soy despistado".

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