Lo que Churchill nos enseña sobre decidir bajo presión con TDAH
Churchill tomaba decisiones geniales y catastróficas con la misma velocidad. Si tienes TDAH, eso te suena demasiado familiar.
En 1940, todo el gabinete británico quería negociar con Hitler.
Todos menos uno. Un tío de 65 años, con sobrepeso, adicto a los puros y al whisky, que llevaba años apartado de la política porque nadie se fiaba de su criterio. Y ese tío dijo "ni de coña, vamos a pelear". Y resultó ser la mejor decisión del siglo XX.
Veinticinco años antes, ese mismo tío había tomado otra decisión igual de rápida. Se llamó Gallipoli. Y fue un desastre tan monumental que lo mandó al destierro político durante una década. Miles de muertos. Su carrera, destruida.
Misma persona. Misma velocidad al decidir. Mismo cerebro.
Un resultado brillante y otro catastrófico.
Si tienes TDAH, esa montaña rusa te suena como si fuera tu biografía.
¿Churchill tenía TDAH?
Vamos a ser claros: nadie puede diagnosticar retroactivamente a alguien que murió en 1965. No hay informes clínicos, no hay evaluación formal, y cualquiera que te diga "Churchill tenía TDAH seguro" te está vendiendo humo.
Lo que sí hay son indicios que hacen levantar la ceja.
Energía desbordante seguida de periodos de hundimiento total (lo que él llamaba su "perro negro"). Impulsividad legendaria en la toma de decisiones. Incapacidad para quedarse quieto, para centrarse en una sola cosa, para seguir el camino convencional. Cambiaba de partido político como quien cambia de playlist un martes por la noche. Escribía, pintaba, construía muros de ladrillo, criaba mariposas. Todo a la vez. Todo con una intensidad absurda.
¿Era TDAH? Es altamente probable que su perfil encaje. Pero no es un diagnóstico. Es un espejo donde muchos nos vemos reflejados.
Y lo interesante no es la etiqueta. Es lo que hizo con ese cerebro.
La impulsividad como arma de doble filo
Aquí está la parte que nadie te cuenta de tomar decisiones impulsivas con TDAH: a veces aciertas precisamente porque no lo piensas demasiado.
Churchill dijo que sí a resistir a los nazis cuando todo el análisis racional del momento decía que no. Los datos estaban en contra. Los generales estaban en contra. La lógica pura y dura estaba en contra. Pero su instinto le dijo "esto no se negocia" y el instinto tenía razón.
Eso es lo que pasa cuando tu cerebro no tiene el freno de mano puesto. A veces te saltas el análisis y aterrizas directamente en la respuesta correcta. Como un GPS que se salta tres rotondas y te lleva por un camino de cabras, pero llegas antes que todos.
El problema es que el mismo GPS, con la misma lógica, a veces te mete por un barranco.
Gallipoli fue el barranco. Churchill decidió atacar el estrecho de los Dardanelos para abrir un nuevo frente en la Primera Guerra Mundial. Decisión rápida, intuición pura, sin esperar al análisis completo. El resultado: una campaña que se alargó ocho meses y costó más de cien mil bajas aliadas.
Misma impulsividad. Resultado opuesto.
Y eso es exactamente lo que vive cualquiera con TDAH a escala cotidiana. El lunes tomas una decisión de negocio en diez minutos que resulta ser genial. El miércoles contestas un email en caliente y prendes fuego a una relación profesional. El viernes compras algo carísimo sin pensarlo y resulta que era justo lo que necesitabas. El domingo te apuntas a tres cosas nuevas y no terminas ninguna.
No es que seas bueno o malo decidiendo. Es que tu cerebro decide a una velocidad que no viene con control de calidad incluido.
¿Qué hizo Churchill para no destruirse?
Y aquí viene la lección de verdad.
Churchill no eliminó su impulsividad. No podía. Era parte de cómo funcionaba. Pero después de Gallipoli aprendió algo crucial: se rodeó de gente que le frenara.
Su famoso gabinete de guerra no era solo un grupo de asesores militares. Era un sistema de frenos para un cerebro que iba a doscientos por hora. Tenía generales que le decían "espera". Tenía consejeros que le obligaban a revisar los datos antes de actuar. Tenía a gente cuyo trabajo literal era decirle "Winston, para un momento".
No siempre les hacía caso. Pero el simple hecho de que estuvieran ahí cambiaba la ecuación. Porque entre "decido solo en tres segundos" y "decido en tres segundos pero alguien me hace pausar cinco minutos", hay un mundo de diferencia.
Y no le funcionaba porque fuera Churchill. Le funcionaba porque tu cerebro no necesita más disciplina, necesita mejor estructura. Necesita un entorno que compense lo que tú solo no puedes compensar.
¿Cómo se monta un gabinete de guerra personal?
No necesitas generales ni consejeros de Estado. Necesitas tres cosas:
Un amigo realista. Alguien que te quiera lo suficiente como para decirte "eso es una idea horrible" cuando hace falta. No un pesimista. Un realista. Alguien que cuando tú dices "voy a dejarlo todo y montar una granja de alpacas en Teruel" te pregunte "vale, pero ¿has mirado cuánto come una alpaca al mes?".
Un socio analítico. O un compañero. O un accountability partner. Alguien que piense con datos cuando tú piensas con tripas. No para anularte, sino para completarte. Churchill sin sus generales habría ganado algunas batallas, pero habría perdido la guerra. Literalmente.
Una regla de las 24 horas. Esto no es una persona, es un hábito. Antes de cualquier decisión grande, esperas un día. Solo uno. Si mañana sigues pensando que es buena idea, adelante. Si mañana te despiertas y dices "pero en qué estaba pensando", acabas de esquivar una bala.
La impulsividad TDAH no es un defecto que tengas que eliminar. Es un motor que tienes que aprender a conducir. Churchill con ese motor ganó una guerra mundial. Churchill sin frenos mandó a miles de soldados a morir en una playa turca.
El motor es el mismo. Lo que cambia es si tienes a alguien al lado que te diga "espera" antes de girar el volante.
Lo que Churchill enseña de verdad
La lección no es "los genios tienen TDAH". Eso es clickbait barato.
La lección es que un cerebro rápido, impulsivo, que funciona a ráfagas, puede ser tu mayor ventaja o tu peor enemigo dependiendo de una sola cosa: si decides solo o decides acompañado.
Churchill solo era peligroso. Para los demás y para sí mismo.
Churchill con su gabinete de guerra cambió la historia.
Tú no tienes que cambiar la historia. Pero sí tienes que decidir si sigues tomando todas tus decisiones a las tres de la mañana, solo, con el cerebro a mil, o si construyes tu propio equipo de gente que te frene cuando hace falta y te empuje cuando toca.
Porque la impulsividad no es el problema.
El problema es la impulsividad sin red.
Si te identificas con esa forma de tomar decisiones (brillante un día, desastrosa al siguiente), puede que tu cerebro funcione con reglas diferentes a las que te enseñaron. Descúbrelo en 10 minutos.
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