El mito de los años productivos con TDAH: la presión de rendir en tu mejor momento
Te dijeron que a los 30 tendrías la vida montada. Con TDAH, esa cuenta atrás se convierte en una trampa. Esto es lo que nadie te explica.
Te dicen que los 30 son tus mejores años. Que a los 40 deberías tener la vida montada. Y tú miras tu historial de trabajos, mudanzas y proyectos abandonados preguntándote cuándo se supone que empezaba lo bueno.
Porque hay un reloj invisible que todo el mundo parece llevar menos tú.
A los 25, carrera. A los 28, trabajo estable. A los 30, casa. A los 35, ascenso o negocio propio. A los 40, recoger frutos.
Y tú a los 35 estás en tu quinto intento de algo que todavía no tiene nombre, con tres carpetas de Notion abandonadas y una lista de propósitos de año nuevo que se repite desde 2019.
¿De dónde sale la idea de los "años productivos"?
De una narrativa que funciona para cerebros que van en línea recta.
La idea es simple: hay una ventana. Tienes energía, tienes tiempo, tienes salud. Úsalos. Invierte ahora, recoge después. Es la versión vital del interés compuesto. Trabaja duro a los 30 para vivir tranquilo a los 50.
Y sobre el papel tiene sentido. Si tu cerebro funciona con un sistema de prioridades estable, con una capacidad razonable de planificar a largo plazo, y con un mínimo de constancia ejecutiva.
Pero si tu cerebro funciona con dopamina en vez de disciplina, esa ventana no existe. O existe, pero se abre y se cierra cuando le da la gana, sin previo aviso, y a veces a las 3 de la mañana un martes.
El problema no es que no seas productivo. El problema es que tu productividad no encaja en el molde que te vendieron.
¿Existe una edad productiva con TDAH?
No como te la han contado.
Con TDAH no hay una década mágica en la que de repente todo hace clic y empiezas a rendir como se supone que deberías. Lo que hay son rachas. Momentos de hiperfoco donde sacas el trabajo de tres meses en dos semanas. Y después, desierto. Silencio ejecutivo. Tu cerebro decide que hoy no hay gasolina y da igual que tengas deadline, reunión o el alquiler pendiente.
Eso no se ajusta a un plan de vida lineal. Y cuando intentas forzarlo, pasan dos cosas:
Primera: te agitas. Trabajas el doble para compensar los días en blanco. Te metes en más proyectos, más cursos, más "esta vez sí". Tu cuerpo tira, pero tu cabeza ya está quemada.
Segunda: te comparas. Ves a gente de tu edad con la vida montada. Hipoteca, coche, vacaciones planificadas con seis meses de antelación. Y tú no sabes ni qué vas a cenar. Esa comparación es veneno puro cuando tienes TDAH. Porque estás comparando tu backstage con su escaparate.
Y lo peor es que muchos ni siquiera saben que tienen TDAH. Llevan años pensando que son vagos, inestables, o que simplemente no están hechos para funcionar como adultos. Crecer con TDAH sin saberlo es crecer creyendo que el problema eres tú, cuando el problema es que nadie te explicó cómo funciona tu cerebro.
La trampa de "ya debería haber..."
Hay una frase que aparece en la cabeza de casi todos los adultos con TDAH que conozco:
"Ya debería haber hecho esto hace años."
Ya debería tener un trabajo estable. Ya debería haber terminado la carrera. Ya debería saber qué quiero hacer con mi vida.
Ese "ya debería" es una losa. Porque no solo te dice que vas tarde. Te dice que el tiempo que has gastado no cuenta. Que los años que invertiste explorando, equivocándote, empezando de cero, fueron tiempo perdido.
Y no lo fueron.
Fueron el tiempo que tu cerebro necesitaba para entender cómo funciona. Sin manual. Sin diagnóstico. Sin que nadie te dijera "oye, es que tu sistema operativo es otro, necesitas configurarlo diferente".
Eso de no saber qué quieres ser con 35
¿Entonces qué haces con la presión?
Primero, la identificas.
Porque la presión de "tengo que rendir ahora" no viene de ti. Viene de un modelo que no se diseñó para cerebros como el tuyo. Viene de conversaciones familiares, de LinkedIn, de ese primo que a los 32 ya tiene dos pisos y una empresa. Viene de todas partes menos de tu realidad.
Segundo, dejas de medir tu progreso con la regla de otro.
Tu línea de vida no es una escalera. Es un garabato. Sube, baja, gira, a veces se sale del folio. Pero si la miras entera, tiene dirección. Solo que no la ves cuando estás en medio de un bajón.
Tercero, aceptas que tu mejor momento no tiene fecha.
Hay gente con TDAH que encuentra su sitio a los 25. Y gente que lo encuentra a los 45. Y gente que lo encuentra tres veces porque reinventarse es lo que hacen. No hay una ventana que se cierre. Hay ciclos. Rachas. Idas y vueltas. Y está bien.
Tu cerebro no es lento. Es diferente. Y "diferente" no significa "tarde". Significa que el GPS recalcula más a menudo. Pero el destino sigue ahí.
No le debes nada al calendario
La presión de los años productivos es una ficción útil para gente que encaja en el sistema por defecto. Si tu cerebro funciona de otra manera, esa ficción no te sirve. Y seguir creyéndotela solo te genera culpa, ansiedad y la sensación de que el tren ya pasó.
No pasó. Lo que pasa es que tu tren no tiene horario fijo. Y eso no es un defecto.
Es tu forma de funcionar.
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