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Melancolía de otoño con TDAH: cuando la luz baja y el ánimo también

Tu cerebro TDAH amplifica la melancolía de otoño sin que entiendas por qué. Menos luz, menos dopamina, más caos interno.

tdah

Septiembre trae lluvia, oscuridad y una melancolía que tu cerebro TDAH amplifica sin que entiendas por qué.

No es tristeza exactamente. Es algo más difuso. Como si alguien hubiera bajado el brillo de la pantalla de tu vida un 40% y nadie más se hubiera dado cuenta. Te levantas y ya estás cansado. Sales a la calle y el cielo parece un techo de hormigón. Llegas a casa a las seis de la tarde y ya es de noche.

Y tu cerebro, que en verano al menos tenía la excusa de salir, moverse, tomar el sol, ahora se queda encerrado en un bucle de sofá, manta y pensamientos que no van a ninguna parte.

Todos los años igual. Y todos los años te pilla por sorpresa.

¿Por qué el otoño afecta más a las personas con TDAH?

Porque tu cerebro ya iba justo de dopamina en julio. En otoño, directamente se queda en números rojos.

La luz solar regula la serotonina y la melatonina. Cuando los días se acortan, tu cuerpo produce menos serotonina (la que te mantiene estable) y más melatonina (la que te da sueño). Eso le pasa a todo el mundo. Es biología básica. Por eso existen las mantas con mangas y el chocolate caliente.

Pero si tienes TDAH, partes de una línea base más baja. Tu sistema de regulación emocional ya funciona con lo puesto. Y cuando el otoño le quita otro trozo de combustible, no es que notes un bajón. Es que te desplomas.

Es como conducir un coche que ya iba en reserva. En verano ibas tirando porque la carretera era recta y hacía buen tiempo. En septiembre la carretera se llena de curvas, empieza a llover, y tú sigues con la misma gasolina. O menos.

Tu cerebro no tiene regulador de volumen. Ni para la euforia ni para la melancolía. Lo que a otra persona le llega como "vaya, qué día tan gris", a ti te llega como "no le veo sentido a nada y no sé por qué".

¿Es melancolía o es algo más?

Buena pregunta. Porque aquí está la trampa.

La melancolía otoñal con TDAH se parece mucho a la depresión. Y a veces lo es. El TDAH y la depresión son compañeros de piso frecuentes, y el cambio de estación puede ser el detonante que encienda algo que ya estaba ahí debajo, esperando.

Pero otras veces no es depresión. Es tu cerebro reaccionando de forma desproporcionada a un cambio ambiental. Es la falta de luz, la falta de estímulo, la falta de novedad. Es septiembre diciendo "se acabó el chiringuito" y tu sistema nervioso interpretándolo como una amenaza existencial.

¿Cómo distinguirlo? Si en dos o tres semanas recuperas algo de energía, si los días buenos y los malos se alternan, si cuando aparece el sol te sientes distinto, probablemente es estacional. Si la cosa no levanta, si cada día pesa más que el anterior, si pierdes interés por cosas que antes te motivaban, habla con alguien. Un profesional. De verdad.

¿Qué pasa cuando la melancolía se mezcla con la fatiga?

Que te conviertes en un zombie funcional.

Te levantas. Haces cosas. Pero no estás ahí. Estás en piloto automático, moviendo las piernas pero sin saber muy bien hacia dónde. Y encima tu cerebro TDAH te exige tomar decisiones constantemente. Qué como. Qué hago primero. Contesto este email o aquel. Llamo al dentista o lo dejo para mañana.

La fatiga de decisión con TDAH

Y lo peor es que nadie a tu alrededor lo ve. Porque tú sigues funcionando. Sigues yendo a trabajar, sigues contestando mensajes, sigues haciendo la compra. Pero por dentro sientes que cada tarea te cuesta el triple. Como si estuvieras andando con un chaleco lastrado invisible que solo tú notas.

Ese desgaste invisible es el que te envejece por dentro

¿Se puede hacer algo o toca esperar a marzo?

Se puede hacer algo. No magia. No una solución que lo arregle todo de golpe. Pero sí cosas que mueven la aguja.

Luz. Parece obvio pero es lo que más funciona. Sal a la calle aunque haga frío. Aunque sean veinte minutos. La luz natural, incluso en un día nublado, le da a tu cerebro información que la pantalla del móvil no puede sustituir. Si vives en un sitio donde el sol desaparece en octubre, una lámpara de luz diurna por la mañana no es un capricho. Es una herramienta.

Movimiento. No te digo que te apuntes al gimnasio y vayas seis días a la semana. Te digo que camines. Que subas escaleras. Que pongas música y te muevas en la cocina mientras esperas a que hierva el agua. Tu cerebro necesita dopamina y el movimiento es la fuente más fiable que existe.

Rutina mínima. En otoño tu cerebro pierde estructura porque pierde señales externas. En verano te levantabas porque hacía sol. Ahora no hay sol a las siete de la mañana. Así que necesitas crear esas señales artificialmente. Una hora de despertar fija. Un café en el mismo sitio. Una actividad que no dependa de la motivación.

Compasión. Sí, compasión contigo mismo. Porque si tienes TDAH, llevas toda la vida forzando la máquina para rendir como alguien que no tiene tu cableado. Y en otoño la máquina dice basta. No es que seas débil. Es que tu cerebro lleva más kilómetros de los que aparenta.

No es pereza, es neuroquímica

Eso es lo que más me costó entender a mí. Que la melancolía de septiembre no era un defecto de carácter. No era que yo fuera más blandito que los demás. Era mi cerebro, con su dopamina justa, respondiendo a un cambio ambiental de forma más intensa de lo habitual.

Saber eso no quita la melancolía. Sigues sintiendo el peso del cielo gris y las tardes cortas. Pero al menos dejas de culparte. Y eso, cuando llevas años pensando que eres un drama, ya es bastante.

El otoño pasa. Siempre pasa. La cuestión es cómo lo cruzas. Si arrastrado y sintiéndote culpable, o entendiendo que tu cerebro necesita un poco más de cuidado cuando la luz se apaga antes de tiempo.

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