Cuidarte estando enfermo con TDAH: cuando tu cerebro ignora la fiebre
Tienes fiebre, pero tu cerebro TDAH no te deja descansar. Te olvidas del ibuprofeno y la sopa se quema. Por qué pasa y qué hacer.
Tienes 38,5 de fiebre y estás reorganizando un cajón.
No el cajón importante, no. El cajón de los cables viejos que llevas tres años ignorando. Pero ahora, con la nariz taponada y un escalofrío que te recorre la espalda, tu cerebro ha decidido que ese cajón es una prioridad vital.
La sopa se quema en la cocina. El ibuprofeno lleva dos horas en la mesita de noche, esperando que te acuerdes de que existe. Y tú estás sentado en el suelo del salón, rodeado de cargadores sin identificar, convencido de que esto es lo que necesitas hacer ahora mismo.
Bienvenido a estar enfermo con TDAH.
¿Por qué no puedo cuidarme cuando estoy enfermo si tengo TDAH?
Porque cuidarte cuando estás enfermo requiere exactamente las habilidades que tu cerebro no tiene.
Piénsalo. Estar enfermo de verdad, de "quédate en la cama y descansa", necesita que hagas esto:
- Recordar tomar la medicación cada X horas.
- Parar lo que estás haciendo para descansar.
- Comer aunque no tengas hambre.
- Beber agua de forma regular.
- No meterte en un proyecto nuevo a las 3 de la tarde con fiebre.
Eso es memoria de trabajo, regulación de impulsos, gestión del tiempo y capacidad de frenar. Las cuatro cosas que tu cerebro TDAH hace peor. Es como pedirle a alguien con la pierna rota que suba escaleras. Técnicamente puede intentarlo. Pero no va a salir bien.
Tu cerebro no distingue entre "estoy sano y puedo hacer cosas" y "estoy enfermo y debería parar". Para él, la señal de aburrimiento que le manda el sofá es más fuerte que la señal de fiebre que le manda el termómetro. Y como estar tumbado sin hacer nada es el infierno dopaminérgico, se busca estímulo donde sea. Reorganizar el cajón. Buscar recetas en el móvil. Decidir que este es el momento perfecto para cambiar de compañía de teléfono.
Todo menos descansar.
La medicación que se queda en la mesita
Porque ahora no es solo la pastilla de siempre. Son varias. El ibuprofeno cada 8 horas, el paracetamol alterno, el jarabe antes de dormir, el antibiótico si te lo han recetado. Son cuatro alarmas que deberías poner y no vas a poner. Son cuatro momentos del día en los que tu cerebro tiene que recordar algo en un estado en el que ya de por sí no recuerda nada.
Y luego está lo otro: saber cuándo tomaste la última. "¿Me he tomado ya el ibuprofeno? ¿Era a las 2 o a las 4? ¿O era el paracetamol? Creo que no me lo he tomado. O sí. Mejor espero. O mejor me lo tomo por si acaso."
Ese diálogo interno es un clásico. Y el resultado suele ser o saltarte dosis o duplicarlas, las dos cosas igualmente malas.
El descanso que tu cerebro sabotea
El médico dice "reposo". Tu cerebro escucha "tortura".
Porque descansar de verdad con TDAH ya es un reto cuando estás al 100%. Cuando tienes fiebre, el reto se multiplica. Tu cuerpo no puede moverse, pero tu mente va a mil. Es como estar encerrado en un coche con el motor revolucionado y el freno de mano echado. Todo vibra pero no vas a ningún sitio.
Te tumbas en el sofá. Aguantas diez minutos. Coges el móvil. Abres Twitter. Cierras Twitter. Abres YouTube. Ves medio vídeo. Te acuerdas de que tenías que contestar un email. Contestas el email. Ves otro email. Te metes en una madriguera de 45 minutos comparando precios de algo que no necesitas. Te duele la cabeza. Cierras el móvil. Te vuelves a tumbar. Aguantas tres minutos.
Eso no es descansar. Eso es estar tumbado mientras tu cerebro corre una maratón.
Lo básico se vuelve imposible
Cuando estás enfermo, tu vida se reduce a lo básico: comer, beber, dormir, tomar la medicina. Y resulta que lo básico no es nada básico con TDAH.
Comer algo caliente requiere acordarte de que tienes que comer, levantarte, preparar comida, no distraerte mientras la haces, y acordarte de apagarla. Son cinco pasos. Con fiebre, cada paso pesa como diez.
Beber agua parece lo más sencillo del mundo. Y sin embargo, te descubres a las 6 de la tarde sin haber bebido un vaso en todo el día. No es que no quieras. Es que la señal de sed se pierde entre todo el ruido que ya hay en tu cabeza.
Dormir. Tu cuerpo lo pide a gritos. Tu cerebro dice que no. Que antes hay que pensar en aquel proyecto pendiente. Que antes hay que preocuparse por el trabajo que se está acumulando. Que antes hay que ver qué han puesto nuevo en Netflix. Siempre hay un "antes" que poner delante del sueño.
¿Y qué hago entonces?
Aceptar una cosa: cuando estás enfermo con TDAH, necesitas más ayuda externa de lo normal. Más alarmas, más recordatorios, más estructura artificial. No porque seas incapaz, sino porque tu cerebro está funcionando al 30% de su capacidad habitual. Y si su capacidad habitual para estas cosas ya era irregular, al 30% es un desastre.
Ponle alarmas a todo. Cada toma de medicación, una alarma. No confíes en que te vas a acordar. No te vas a acordar.
Prepara la comida antes de que empeore. Si estás empezando a encontrarte mal, ese es el momento de dejar cosas preparadas. Cuando tengas 39 de fiebre no vas a cocinar. Eso lo sabes.
Déjate el agua al lado. Literalmente al lado. En el sofá, en la mesita, en el suelo si hace falta. Si la botella está en la cocina, no vas a ir a buscarla.
Y sobre todo: no te juzgues por no poder descansar como "la gente normal". No eres la gente normal. Tu cerebro no viene con modo reposo. Viene con modo "¿y si reorganizo el cajón de los cables?".
Estar enfermo no es un fracaso. Estar enfermo con TDAH y no saber cuidarte no es un defecto de carácter. Es tu cerebro haciendo lo que siempre hace: ignorar las señales importantes y obsesionarse con las que no lo son.
La fiebre baja. El cajón puede esperar.
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