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Leer el mensaje, pensar la respuesta perfecta y no contestar nunca

Leíste el mensaje hace tres días. Pensaste qué decir. Y nunca contestaste. No contestar mensajes con TDAH no es dejadez, es tu cerebro.

tdah

Leíste el mensaje hace tres días. Pensaste la respuesta. La tenías perfecta en la cabeza. Y nunca la escribiste.

Y ahora ha pasado tanto tiempo que contestar sería más raro que no hacerlo.

Así que no contestas. Y el mensaje se queda ahí, en leído, mirándote con cara de reproche cada vez que abres la conversación. Y tú lo miras, piensas "tengo que contestar a esto", y cierras la app.

Otra vez.

¿Por qué no contestas si ya sabes lo que quieres decir?

Porque contestar no es solo escribir palabras. Es una operación de cinco pasos que tu cerebro tiene que ejecutar en secuencia. Abrir la app. Localizar la conversación. Recordar de qué iba. Formular la respuesta. Escribirla.

Cinco pasos.

Para un cerebro neurotípico, eso es automático. Es como respirar. Ves el mensaje, contestas, sigues con tu vida.

Para un cerebro con TDAH, cada uno de esos pasos es una tarea independiente. Y entre el paso uno y el paso cinco hay 47 posibilidades de que tu cerebro se distraiga con otra cosa. O peor: que decida que ya has contestado. Porque pensaste la respuesta, y tu cerebro la registró como hecha. La pensaste tan claramente que para tu cabeza, ya la enviaste.

No la enviaste.

Está ahí, flotando en algún lugar de tu memoria de trabajo, junto con las otras 30 cosas que ibas a hacer hoy y no hiciste. Junto con la cita que ibas a pedir, el email que ibas a mandar, y la compra que ibas a hacer.

Tu cerebro te dio el visto bueno. "Listo, mensaje contestado." Y tú le creíste.

El ciclo de la culpa silenciosa

Lo peor no es no contestar. Lo peor es lo que viene después.

Primero es una hora. "Ahora contesto." Luego son tres horas. "Contesto esta noche." Luego es un día. "Mañana a primera hora." Luego son tres días. Y a los tres días ya no puedes contestar un "jajaja sí" porque han pasado tres días y parece que te da igual.

Entonces necesitas una respuesta mejor. Algo que justifique el retraso. Algo que compense los tres días de silencio. Algo que diga "no me he olvidado de ti, es que soy así" sin sonar como una excusa patética.

Y la respuesta que necesitas es tan elaborada que tu cerebro la clasifica como tarea grande. Y las tareas grandes se posponen. Y posponer es tu deporte olímpico. Así que el mensaje pasa de tres días a una semana. De una semana a dos. De dos semanas a un punto donde ya no tiene sentido contestar.

Y entonces sientes culpa. Una culpa que se acumula como los platos sucios en el fregadero. Culpa por no ser capaz de hacer algo tan simple como contestar un mensaje. Culpa por saber que la otra persona piensa que no te importa. Culpa por ser ese amigo que desaparece sin motivo y pierde gente por el camino.

Porque sabes que te importa. Te importa mucho. Pero entre que te importa y que tu cerebro ejecute la acción hay un abismo que no sabes cruzar.

No es que no te importen las personas

Esto es lo que más duele.

Que la gente asuma que no contestas porque te da igual. Que interpreten tu silencio como indiferencia. Que piensen que si de verdad te importara, habrías contestado.

Y tú no puedes explicarlo. Porque "pensé la respuesta pero no la escribí" suena a excusa de alguien que no quiere hacer el esfuerzo. Suena a que te dan igual. Suena a todo lo que no eres.

Lo que pasa es que tu cerebro tiene un sistema de prioridades que tú no controlas. Y ese sistema decide, sin consultarte, qué cosas son urgentes y qué cosas pueden esperar. Y los mensajes casi nunca son urgentes. No tienen deadline. No tienen alarma. No tienen consecuencia inmediata. Y todo lo que no tiene consecuencia inmediata para un cerebro con TDAH es invisible.

No es que la persona no te importe. Es que tu cerebro no le da a esa tarea la urgencia que merece. Y cuando por fin se la da, ya ha pasado demasiado tiempo.

El buzón de mensajes como cementerio de buenas intenciones

Abre tu WhatsApp ahora mismo. Mira la lista de conversaciones.

¿Cuántas tienen mensajes sin contestar? ¿Cuántas llevan días, semanas, meses esperando una respuesta que pensaste pero no enviaste?

El mío tiene un historial que parece un cementerio de buenas intenciones. Mensajes que leí con todo el interés del mundo. Respuestas que formulé mentalmente con detalle, con gracia, con cariño. Y que nunca llegaron a la pantalla.

Y cada una de esas conversaciones silenciadas es una persona que no sabe por qué callé. Que probablemente piensa que la ignoré. Que quizá ha dejado de escribirme porque aprendió que yo no contesto.

No es que no conteste. Es que mi cerebro registra "pensado" como "hecho" y sigue adelante. Y yo me entero de que no contesté cuando veo el mensaje tres semanas después y siento un puñetazo en el estómago.

¿Y qué haces con eso?

No tengo una solución mágica. No es magia chamánica.

Lo que sí he aprendido es que esperar a la respuesta perfecta es la trampa. La respuesta perfecta no existe. Y si existe, va a llegar tarde. Y una respuesta tarde y perfecta vale menos que una respuesta ahora e imperfecta.

Contesta feo. Contesta corto. Contesta con un emoji si hace falta. Pero contesta ahora, en el momento en que lees el mensaje, antes de que tu cerebro lo archive como "hecho" sin haberlo hecho.

Porque si lo cierras, no vuelves. Lo sabes. Yo lo sé. Todos los que tenemos TDAH lo sabemos. Si no es ahora, es nunca.

Y si ya ha pasado el tiempo, contesta de todas formas. Sí, van a pensar que eres raro. Sí, van a notar que han pasado dos semanas. Pero es mejor contestar tarde que pasarte la vida disculpándote por cosas que tu cerebro no te dejó hacer a tiempo.

"Perdona, se me fue" es una frase corta, honesta, y perfectamente válida.

No eres mala persona. Eres una persona con un cerebro difícil.

Mala persona es quien lee tu mensaje, le da igual, y lo ignora a propósito.

Tú no lo ignoras a propósito. Tú lo lees, te importa, piensas qué decir, y tu cerebro te traiciona en el último paso. Es como tener una carta escrita, sellada y con dirección, pero nunca llegar hasta el buzón. La intención está. La ejecución falla.

Y eso no te convierte en mal amigo, ni en mala pareja, ni en mala persona.

Te convierte en alguien que tiene que pelear con su propia cabeza para hacer cosas que otros hacen sin pensar.

Que ya es bastante.

Si esto te suena demasiado familiar, quizá es hora de entender por qué tu cerebro funciona así. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas. No es un diagnóstico, pero sí un primer paso para dejar de culparte por cosas que no son culpa tuya. 10 minutos.

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