La autoestima que te destruyeron de niño: crecer con TDAH sin saberlo
"Es muy listo pero no se esfuerza." Esa frase te marcó más de lo que crees. Crecer con TDAH sin diagnóstico destroza la autoestima desde dentro.
"Es muy listo pero no se esfuerza."
Esa frase te la dijeron tantas veces que al final te la creíste. Y la creencia se quedó 30 años.
En cada reunión de padres, en cada boletín de notas, en cada conversación de pasillo entre tu madre y la tutora. Siempre la misma cantinela. Como si fuera un mantra budista pero sin la paz interior. "Tiene capacidad, pero no la aprovecha." "Si se aplicara un poco más..." "Es que se distrae con cualquier cosa."
Y tú, con 9 años, escuchabas eso y pensabas: tienen razón. No me esfuerzo lo suficiente. Soy vago. Soy el problema.
¿Cómo destruye la infancia sin diagnóstico la autoestima?
Imagina que juegas a un videojuego donde las reglas cambian cada dos minutos pero nadie te avisa. Tú sigues jugando con las reglas anteriores. Pierdes. Una y otra vez. Y todos a tu alrededor ganan sin problema.
¿Qué conclusión sacas? Que eres malo en el juego.
No se te ocurre pensar que el juego tiene un bug que solo te afecta a ti. Porque nadie te ha dicho que ese bug existe.
Eso es crecer con TDAH en los 90. Un cerebro que funciona con reglas distintas en un sistema educativo que solo reconoce una forma de funcionar. Sentado, quieto, atendiendo 50 minutos seguidos, sin hablar, sin moverte, sin mirar por la ventana. Si no encajabas en ese molde, el problema eras tú.
Y lo peor no es que los profesores pensaran eso. Lo peor es que tú también lo pensabas.
¿Por qué los 90 fueron especialmente brutales?
Porque el TDAH en niños era "hiperactividad" y punto. Si no estabas subido a las lámparas, no tenías nada. Eras vago, desordenado, o simplemente "poco motivado".
No existía el diagnóstico matizado. No existía el TDAH inatento. No existía la idea de que un niño pudiera ser inteligente y a la vez incapaz de organizar su mochila.
Tu cerebro gritaba "necesito ayuda" y el sistema respondía "necesitas esforzarte más".
Y tú te esforzabas. Vaya si te esforzabas. Te quedabas estudiando hasta las tantas. Escribías las cosas tres veces. Te hacías esquemas que nunca volvías a mirar. Ponías alarmas que ignorabas. Y aun así, llegaba el examen y te quedabas en blanco. O aprobabas raspando. O sacabas un 9 en algo que te gustaba y un 3 en lo demás, y la gente decía "¿ves? Si quiere, puede".
Esa frase. "Si quiere, puede." La segunda bala en la recámara. Porque implica que cuando no puedes, es porque no quieres. Que tu fracaso es una elección.
Con 10 años no tienes herramientas para cuestionar eso. Te lo tragas. Y se te queda dentro como un virus en segundo plano que consume recursos sin que lo veas.
¿Qué pasa cuando un niño se cree vago durante 20 años?
Pasa que construyes toda tu identidad sobre cimientos podridos.
Cada decisión que tomas de adulto está filtrada por esa creencia. No me presento a ese trabajo porque total, no voy a dar la talla. No empiezo ese proyecto porque lo voy a dejar a medias. No digo lo que pienso porque seguro que es una tontería.
La culpa del diagnóstico tardío
Es como descubrir a los 35 que llevas toda la vida corriendo con una mochila de 20 kilos que los demás no llevan. Y que encima te han criticado por correr lento.
La rabia que da eso no se explica en un artículo. Pero si la has sentido, ya sabes de qué hablo.
¿Se puede reconstruir lo que se rompió tan pronto?
Sí. Pero no con frases motivacionales en Instagram.
No se trata de repetirte "soy válido" delante del espejo como si fueras el meme del gato. Se trata de entender de dónde vienen las creencias que tienes sobre ti mismo y cuestionar cada una.
"Soy vago" se convierte en "mi cerebro necesita más estímulo para arrancar con las tareas aburridas". No es lo mismo. No tiene nada que ver.
"No termino nada" se convierte en "mi cerebro tiene dificultad con la función ejecutiva, y necesito sistemas externos que me ayuden". Otra película completamente distinta.
Reconstruir la autoestima con TDAH
¿Y la vergüenza? Porque hay mucha vergüenza
Claro que la hay. Vergüenza de haber sido el raro. El que suspendía. El que se olvidaba los deberes. El que interrumpía en clase. El que no tenía amigos porque era "demasiado intenso".
Lo que quiero que sepas es que esa vergüenza no es tuya. Te la pusieron. Un sistema que no sabía qué hacer contigo decidió que el problema eras tú, y tú te lo creíste porque eras un niño y los niños se creen lo que les dicen los adultos.
No eras vago. No eras tonto. No eras el problema
Eras un crío con un cerebro diferente en un mundo que no estaba preparado para entenderlo.
Y ahora eres un adulto que tiene la oportunidad de reescribir esa historia. No para olvidarla. Sino para dejar de dejar que te defina.
No es fácil. Nadie ha dicho que lo sea. Pero es necesario. Porque seguir viviendo con la autoestima que te construyeron cuando tenías 9 años es como navegar con un mapa de cuando todavía no se había descubierto América. Te va a llevar a algún sitio, pero no al que necesitas ir.
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