5 libros que no existirían sin un cerebro que no para
Don Quijote, El Origen de las Especies, Frankenstein, Tom Sawyer, El Patito Feo. Las obras literarias más importantes las escribieron cerebros inquietos.
Hay algo que nadie te cuenta en el colegio cuando te hacen leer un clásico.
Las condiciones en las que fue escrito.
Porque si las supieras, probablemente no serían los libros aburridos que crees que son. Serían algo mucho más interesante: la prueba de que detrás de algunas de las obras más importantes de la historia había un cerebro que, según los estándares actuales, no funcionaba precisamente de forma convencional.
Vamos con cinco casos.
¿Qué tienen en común Cervantes, Darwin y Mary Shelley?
Que los tres escribieron sus obras más importantes en condiciones que para cualquier persona "normal" habrían sido paralizantes.
No es inspiración divina. No es talento innato. Es un cerebro que, cuando se engancha a algo, no puede parar aunque el mundo entero le esté diciendo que sí.
Pero no me adelanto.
¿Cómo escribes el libro más famoso del mundo en la cárcel?
Miguel de Cervantes concibió El Quijote en la cárcel de Sevilla.
No en un estudio bonito con luz natural y una taza de té. En la cárcel. Con ruido, sin privacidad, rodeado de gente que no tenía absolutamente nada que ver con la literatura.
Y eso no es lo más llamativo de su vida. Lo más llamativo es el resto de su biografía: soldado, esclavo durante cinco años en Argel, recaudador de impuestos, encarcelado varias veces por asuntos de cuentas. Cervantes no tuvo una vida ordenada que le permitiera escribir. Tuvo una vida que cualquier planificador de agenda consideraría un desastre absoluto.
Y sin embargo.
El Quijote es el primer libro moderno de la historia. Una novela que lleva cuatro siglos sin perder relevancia. Escrita por un tío que pasó media vida en situaciones en las que la mayoría de la gente no habría podido concentrarse ni para hacer la lista de la compra.
Cuando el cerebro decide que algo es lo más importante del mundo, el contexto externo deja de importar. La cárcel, el ruido, el caos. Todo eso queda en segundo plano. No porque Cervantes fuera un monje budista de la concentración. Sino porque su cerebro había encontrado algo que le enganchaba de verdad, y cuando eso pasa, no hay forma de pararlo.
Hay una buena razón por la que la historia de Cervantes y el TDAH aparece una y otra vez cuando se estudia la relación entre creatividad y estos cerebros.
¿Cuántos años puedes procrastinar el libro más importante de tu vida?
Charles Darwin tardó veinte años en publicar El Origen de las Especies.
Veinte.
Tenía las notas. Tenía las conclusiones. Tenía la teoría completa después de su viaje en el Beagle. Y pasó dos décadas revisando, ampliando, postergando y diciéndose a sí mismo que aún no estaba listo.
Lo que finalmente le hizo publicar no fue la inspiración ni la disciplina. Fue que Alfred Russell Wallace le escribió una carta explicándole que había llegado exactamente a las mismas conclusiones. Darwin publicó en dos semanas lo que había estado "casi listo" durante veinte años.
Eso no es procrastinación por vagancia. Eso es un cerebro que tiene una relación muy particular con el momento en que algo está "suficientemente terminado". La misma hipersensibilidad a los errores que hace que algunos cerebros no puedan entregar nada hasta que esté perfecto, incluso cuando perfecto nunca llega.
El resultado de esos veinte años de procrastinación es el libro que cambió para siempre la forma en que entendemos la vida en la Tierra.
Si esto te suena a algo que podrías haber escrito tú sobre un proyecto tuyo, puede que valga la pena que explores por qué tu cerebro funciona así.
¿Cómo escribes Frankenstein con 18 años en una noche de tormenta?
Mary Shelley tenía 18 años cuando empezó a escribir Frankenstein.
Lord Byron organizó una especie de concurso de relatos de terror en una villa suiza durante un verano de lluvia constante. Los participantes eran adultos con carreras literarias establecidas. Mary era la más joven. La única mujer. Y la que acabó escribiendo el libro.
Lo que a veces no se cuenta es que Mary Shelley había empezado a escribir con 14 años. Que su vida era un caos emocional continuo: su madre había muerto al nacer ella, estaba enamorada de un poeta casado con el que acabaría fugándose, y vivía en un estado de intensidad emocional que para la mayoría de la gente sería insostenible.
Frankenstein no salió de la nada. Salió de un cerebro que llevaba años acumulando imágenes, ideas, miedos y obsesiones sin tener muy bien dónde ponerlos. La tormenta, la noche, el concurso de Byron, fueron la chispa. El combustible llevaba años ahí.
El libro que inventó la ciencia ficción moderna lo escribió una adolescente de 18 años que no sabía dormir bien y que sentía las cosas con una intensidad que el mundo de su época no tenía muy claro cómo gestionar.
Eso tampoco es un accidente.
¿Puede el humor más ácido de la literatura venir de alguien que no puede callarse?
Mark Twain tenía un problema: no podía parar de hablar.
Sus amigos y editores lo documentaron. Sus conferencias se alargaban horas porque se le ocurrían historias sobre la marcha y no podía resistirse a contarlas. Sus cartas eran interminables. Sus diarios cambiaban de tema cada tres párrafos.
Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn no son libros de aventuras infantiles. Son sátiras sociales brutales sobre el racismo, la hipocresía religiosa y la corrupción americana, envueltas en un humor que parece inocente pero no lo es en absoluto. El tipo de humor que se le ocurre a alguien que ve las contradicciones del mundo con una claridad que al resto le resulta incómoda.
Twain era impulsivo, cambiaba de proyecto constantemente, invertía dinero en inventos que nunca funcionaban y se arruinó varias veces. También dejó atrás una obra que sigue siendo la referencia obligatoria de la literatura americana.
La impulsividad que le hacía tomar malas decisiones financieras es la misma que le hacía soltar la frase más certera de una conversación antes de que nadie más la hubiera pensado. No hay forma de separar las dos cosas. Vienen del mismo cableado.
La relación entre el humor, la impulsividad y cómo funcionan estos cerebros
¿Y si El Patito Feo lo escribió alguien que se sintió así durante toda su vida?
Hans Christian Andersen era incapaz de quedarse quieto.
Viajó por media Europa de forma compulsiva durante décadas. Sus diarios están llenos de cambios de planes repentinos, decisiones impulsivas, ciudades a las que llegaba sin saber muy bien por qué y de las que se iba con la misma lógica. Era socialmente torpe, se enamoraba de personas que no le correspondían, y tenía una hipersensibilidad emocional que le hacía tomarse las críticas de forma devastadora.
El Patito Feo es el cuento de un ser que no encaja en el mundo donde nació y que acaba descubriendo que su diferencia no era un defecto sino su naturaleza real.
Andersen no escribió ese cuento de la nada. Lo escribió desde dentro. Era el patito feo. El que no encajaba en ningún sitio, el que parecía torpe e inadecuado en todos los contextos en los que intentaba funcionar, y que sin embargo producía algo que el resto del mundo no podía.
Hay algo en ese patrón que resulta familiar si sabes de lo que estamos hablando.
Lo que tienen en común estos cinco libros
Cervantes escribió en la cárcel.
Darwin tardó veinte años en publicar lo que ya tenía.
Mary Shelley volcó toda su intensidad emocional adolescente en un libro que inventó un género.
Twain no podía callarse y eso le convirtió en el escritor más ácido de su época.
Andersen se pasó la vida sin encajar y escribió el cuento más conocido sobre no encajar.
Ninguno funcionaba de la forma que el mundo consideraba normal. Todos tenían una relación con sus ideas, sus emociones y su trabajo que el resto de la gente veía como excesiva o directamente incomprensible. Y esa relación, esa incapacidad de hacer las cosas a medias, es exactamente lo que produjo algunos de los libros más importantes que se han escrito.
No te estoy diciendo que si tienes TDAH vas a escribir el próximo clásico universal.
Te estoy diciendo que el mismo cableado que hace que no puedas soltar una idea que te ha enganchado, que hace que tus emociones sean más intensas de lo que el mundo espera, que hace que te cueste funcionar en contextos que no te interesan pero que seas imparable cuando algo te importa de verdad... ese cableado tiene una historia muy larga.
No es un defecto de fábrica.
Es el mismo cableado que usaron algunos de los cerebros más importantes que ha dado la humanidad.
El problema no es cómo funciona tu cabeza.
Es que nadie te ha explicado cómo sacarle partido.
Si quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro, he preparado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor punto de partida que conozco.
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